viernes, 18 de enero de 2013
Para vos Mary Sunshine:Para vos Mary Sunshine:
Para vos Mary Sunshine:
Si bien "la existencia precede a la esencia", nauseabunda es la espantosa sensación que provoca el no sanarse de si mismo, pero si de una compleja afección viral y/o de un trastorno de la personalidad.
Asimismo, lo horrible no es la condena a no saber qué hacer con la libertad; lo terrible es darse cuenta que nacemos sin objeto alguno y que no tan solo "el infierno son los otros", sino que la mentira es la virtud necesaria para fungir nuestra vida sin sentido en el establecido orden institucional del Estado y en el amor...
"La mentira"
por Raymond Carver
Traducción de Leandro Arellano
Es mentira, dijo mi esposa. ¿Cómo puedes creer una cosa así? Ella
está celosa, eso es todo. Giró la cabeza y me miró fijamente. Aún no
se había quitado el sombrero ni el abrigo, y estaba ruborizada por
la acusación. ¿Me crees a mí, no? ¿Seguramente no creerás aquello?
Me encogí de hombros y le dije: ¿Por qué iba a mentir? ¿Con qué
objeto? ¿Qué obtendría con ello? Me sentía incómodo, pero permanecí
allí en pantuflas, abriendo y cerrando los puños, con la sensación
de estar haciendo el ridículo, exhibiéndome, no obstante las
circunstancias. No tengo madera para hacer el papel de inquisidor.
En ese momento deseaba que nunca hubiese llegado a mis oídos, que
todo pudiera ser como antes. Se supone que es amiga, amiga de los
dos, comenté.
¡Una hija de puta, eso es lo que es! ¿Te crees que un amigo, aunque
sea lejano, incluso un simple conocido, diría una cosa así, una
mentira tan evidente? Simplemente no lo crees. Movió la cabeza ante
mi necedad. Desabrochó su sombrero y se sacó los guantes, poniendo
todo en la mesa. Luego se quitó el abrigo y lo arrojó sobre el
respaldo de una silla.
Ya no sé qué creer, le dije, quisiera creerte a ti.
Entonces créeme, dijo ella. Que me creas, es todo lo que te pido. Te
digo la verdad. No iba a mentir en un asunto así. Anda, di que no es
cierto cariño, di que no lo crees.
La amo. Deseaba abrazarla, estrecharla en mis brazos, decirle que le
creía. Mas la mentira, de ser mentira, se interponía ya entre
nosotros. Me acerqué a la ventana.
Debes creerme, dijo. Sabes que eso es una estupidez. Sabes que te
digo la verdad.
Permanecí junto a la ventana, observando el tráfico que se movía
lento allá abajo. Si levantaba la vista podía distinguir a mi esposa
reflejaba en los cristales. Soy un hombre de criterio amplio, pensé.
Puedo resolver esto. Comencé a pensar en mi esposa, en nuestra vida,
juntos, en la verdad y la ficción, en la honestidad y la impostura,
en la ilusión y la realidad. Recordé la película Blow-up, que
habíamos visto recién, y recordé también la biografía de León
Tolstoi que yacía en la mesita, las cosas que dice sobre la verdad,
el escándalo que produjo en la vieja Rusia. Entonces me vino a la
memoria un amigo de la secundaria, de hacía mucho. Era un tipo
incapaz de decir la verdad, un mentiroso absoluto e incurable y, con
todo, una persona agradable y bien intencionada y, sin duda, un
auténtico amigo durante los dos o tres años de un período difícil de
mi vida. Me alegró mucho el descubrimiento de aquel mentiroso de mi
adolescencia, era un precedente al cual podía acogerme en la actual
crisis de nuestro –hasta aquel momento– feliz matrimonio. Esa
persona, ese consumado mentiroso podía muy bien probar la teoría de
mi esposa de que existía esa clase de gente en el mundo. Me puse
feliz de nuevo. Me volteé para hablar, sabía lo que quería decir:
sí, puede ser verdad, es verdad: hay gente que miente de modo
incontrolable, quizás inconscientemente, a veces de modo enfermizo,
sin medir las consecuencias. Quien me contó pertenecía a esa
categoría, sin duda. Pero justo en ese momento mi esposa se sentó en
el sofá, se cubrió la cara con las manos y dijo: Es cierto... Que
Dios me perdone. Todo lo que ella te contó es verdad. Mentí cuando
dije que no sabía nada.
¿De veras?, pregunté, sentándome en una de las sillas junto a la
ventana.
Ella asintió. Aún se cubría la cara con sus manos.
¿Por qué lo negaste entonces?, le dije. Nunca nos habíamos mentido.
¿No nos hemos dicho siempre la verdad?
Estaba avergonzada, me dijo. Me miraba y movía la cabeza. Sentía
vergüenza, no te imaginas cuánta, no quería que lo creyeras.
Creo que lo entiendo, dije.
De una sacudida se quitó los zapatos y se recostó de nuevo en el
sofá. Pero enseguida se sentó y se quitó el suéter de un tirón y
luego se acomodó el cabello. Cogió un cigarrillo de la mesita. Le
ofrecí fuego sosteniendo el encendedor y por unos momentos me quedé
pasmado ante la visión de sus dedos alargados y pálidos, igual que
de sus uñas relucientes. Me pareció que los observaba de modo
novedoso y un tanto revelador.
Dio una fumada y, un minuto después, dijo: ¿Y cómo te fue hoy,
querido? En general, quiero decir... Tú sabes a qué me refiero.
Mantuvo el cigarrillo entre los labios el minuto durante el cual se
levantó para deshacerse de su falda. ¡Ah!, dijo.
Más o menos, le respondí. Aunque no lo creas, por la tarde estuvo
aquí un policía con una orden judicial, buscaba a una persona que
vivió abajo. El mismo gerente del edificio avisó que cortarían el
agua por una media hora, entre las tres y las tres y media, en lo
que hacían algunas reparaciones. En realidad, ahora que lo pienso
mejor, fue sólo durante el tiempo que el policía estuvo aquí cuando
tuvieron que cortar el agua.
¿De veras?, dijo ella, poniendo las manos sobre sus caderas. Luego
se estiró, cerró los ojos, bostezó y sacudió su larga cabellera.
También leí una buena parte del libro de Tolstoi, le dije.
Magnífico, dijo, y empezó a comer nueces. Con la mano derecha
lanzaba una tras otra hasta su boca, mientras que en la izquierda
sostenía el cigarrillo entre los dedos. A ratos paraba de comer, el
tiempo justo para limpiar sus labios con el dorso de la mano y dar
una fumada. Para entonces se había librado ya de su ropa interior.
Con las piernas cruzadas bajo su cuerpo se posó en el sofá. ¿Y qué
tal? preguntó.
Tenía ideas interesantes, respondí. Era todo un personaje. Los dedos
de las manos me hormigueaban y mi sangre empezaba a agitarse. Igual,
me sentía débil.
Venga acá mi mujikito, dijo de repente.
Quiero saber la verdad, dije débilmente, postrado a gatas. La
frescura y suavidad de la alfombra me excitaron. Había andado a
gatas hasta el sofá y puesto mi mejilla sobre uno de los cojines.
Ella deslizó su mano entre mi cabello, sonriendo. Unos granitos de
sal brillaban en sus labios carnosos hasta que, de momento, observé
cómo sus ojos se llenaban de una inexpresable tristeza y, a pesar de
ello, continuaba sonriendo y mesándome el cabello.
A ver mi pachá, dijo. Venga aquí mi bollito. ¿En verdad creyó usted
a aquella mujer horrorosa esa mentira inmunda? Venga acá, recueste
su cabecita en el seno de mami... Así, así, ahora cierre sus ojos.
¡Así! ¿Cómo pudo creer semejante cosa? Usted me decepciona. Usted me
conoce mejor que eso. Mentir es nada más un deporte para cierta
gente
FIN
.
JUS LIKE A WOMAN
(of Bob Dylan)
http://www.youtube.com/watch?v=pOmqNuH3Y5s
AnarkoPanck