martes, 29 de enero de 2013

Para vos Mary sunshine:

Hasta este preciso momento (Enero 2013) no reconozco en mi, esa iluminada advertencia de haberme dado cuenta, que todo lo comprendiste o que por lo menos, entendías acerca de lo que escribías..., pero por sobre todo, de lo que hacías aquí...

 "Éramos unos niños"
            por Patti Smith
               
             La cantante Patti Smith, ganó el Premio Nacional de literatura de
            EE.UU. por el libro "Just Kids", (Éramos unos niños) un libro de
            memorias en el que relata la historia de amistad que unió a
            Mapplethorpe y Patti Smith contada por ella misma. Nacida en Chicago
            en 1946, Smith saltó a la fama durante el movimiento punk con su
            álbum debut Horses. La llamada «madrina del punk» aportó un punto de
            vista feminista e intelectual al movimiento y se convirtió en una de
            las artistas más influyentes dentro de la música rock, integrándola
            con un estilo de poesía beat. Los inicios de su carrera estuvieron
            marcados por su amistad con el fotógrafo Mapplethorpe con quien,
            según ella, se casó para disimular su homosexualidad. Estas memorias
            son un recorrido por las calles del Nueva York de finales de los
            años setenta y principios de los ochenta, un mundo ya perdido donde
            circulaban Allen Ginsberg o Andy Warhol y sus chicos, y donde se
            creaban las grandes bandas de música que marcaron el fin del siglo
            XX.
            Todo el ingenio poético de la polifacética cantautora al servicio de
            su recuerdo. Obra maravillosa que, más allá de una exaltación barata
            de los días pasados, supone un canto a la vida y a la amistad,
            ejemplificada en dos artistas que coincidieron en la bohemia new
            yorkina cuando la gran manzana se convirtió en la capital mundial de
            la cultura. Cruce de caminos entre muchos nombres que deja, como
            legado, la moraleja de que en esta vida sólo mediante el amor
            verdadero se alcanza la inmortalidad.
            Eramos unos niños es una oda a Mapplethorpe, pero también es una
            carta de amor al arte de los años setenta en Nueva York. Time Out
            New York
            Aquí puedes leer unas pocas páginas del Libro.
            
            Cuando era pequeña, mi madre me llevaba de paseo por el parque
            Humboldt, junto a la orilla del río Prairie. Tengo recuerdos
            borrosos, semejantes a huellas dactilares en platos de cristal, de
            un viejo cobertizo para barcos, una glorieta circular, un puente de
            piedra con arcos. El río desembocaba en una vasta laguna y en su
            superficie presencié un milagro singular. Un largo cuello curvo se
            alzó de un vestido de plumas blancas.
            «Cisne», dijo mi madre, percibiendo mi emoción. El ave golpeteó el
            agua resplandeciente con sus grandes alas y alzó el vuelo.
            La palabra en sí apenas dio fe de su grandeza ni transmitió la
            emoción que me produjo. Su imagen me generó un deseo para el que no
            tenía palabras, un deseo de hablar del cisne, de decir algo acerca
            de su blancura, la naturaleza explosiva de su movimiento y la
            lentitud con que había batido las alas.
            El cisne se fundió con el cielo. Me esforcé por hallar palabras que
            expresaran mi noción de él. «Cisne», repetí, no enteramente
            satisfecha, y sentí un cosquilleo, un anhelo curioso, imperceptible
            para los transeúntes, mi madre, los árboles o las nubes.
            Nací un lunes, en el North Side de Chicago durante la gran nevada de
            1946. Me adelanté un día, porque los niños nacidos en la víspera de
            Año Nuevo salían del hospital con un frigorífico nuevo. Pese a sus
            esfuerzos por no dejarme salir, mi madre comenzó a tener fuertes
            dolores de parto mientras el taxi atravesaba a paso de tortuga la
            ventisca que azotaba el lago Michigan. A decir de mi padre, nací
            larga, flaca y aquejada de bronconeumonía, y él me mantuvo con vida
            sosteniéndome sobre una bañera humeante.
            Me siguió mi hermana Linda, que también nació durante una nevada en
            1948. Por necesidad, me vi obligada a despabilarme muy pronto.
            Mi madre planchaba para otros mientras yo permanecía sentada en las
            escaleras de nuestra pensión, esperando al heladero y los pocos
            carros de caballos que aún quedaban. El heladero me daba pedacitos
            de hielo envueltos en papel de estraza. Yo me metía uno en el
            bolsillo para mi hermana menor, pero, cuando más adeante iba a
            sacarlo, descubría que ya no estaba.
            Al quedarse mi madre embarazada de mi hermano, Todd, abandonamos
            nuestro estrecho alojamiento de Logan Square y nos mudamos a
            Germantown, en Pensilvania. Durante los años siguientes, habitamos
            en viviendas temporales para militares y sus hijos: barracones
            encalados con vistas a un campo abandonado rebosante de flores
            silvestres. Lo llamábamos La Parcela y en verano los adultos
            charlaban, fumaban y se pasaban jarras de vino de diente de león
            mientras los niños jugábamos. Mi madre nos enseñó los juegos de su
            infancia: las estatuas, el Martín pescador y Simón dice. Hacíamos
            guirnaldas de margaritas para adornarnos el cuello y la cabeza. Por
            la noche, recogíamos luciérnagas en botes de conserva, les
            extraíamos la luz y nos hacíamos anillos.
            Mi madre me enseñó a rezar; me enseñó la oración que su madre le
            había enseñado a ella. Now I lay me down to sleep, I pray the Lord
            my soul to keep: «Ahora que me acuesto, ruego al Señor que vele por
            mi alma». Al anochecer, me arrodillaba delante de mi camita mientras
            ella, con su omnipresente cigarrillo, me escuchaba recitarla. Nada
            me gustaba más que decir mis oraciones, pero aquellas palabras me
            inquietaban y la acosaba a preguntas. ¿Qué es el alma? ¿De qué color
            es? Yo sospechaba que mi alma, como era traviesa, podía escabullirse
            mientras soñaba y no regresar. Hacía todo lo posible por no quedarme
            dormida, para mantenerla dentro de mí, donde debía estar.
            Quizá para satisfacer mi curiosidad, mi madre me apuntó a
            catequesis.
            A fuerza de repetir aprendíamos versículos de la Biblia y las
            palabras de Jesús. Después nos colocaban en fila y nos recompensaban
            con una cucharada de miel. Solo había una cuchara para servir a un
            montón de niños con tos. Yo rehuía la cuchara de forma instintiva,
            pero enseguida acepté la noción de Dios. Me gustaba imaginarme una
            presencia por encima de nosotros, en continuo movimiento, como
            estrellas líquidas.
            No satisfecha con mi oración infantil, pronto pedí a mi madre que me
            dejara inventar las mías. Fue un alivio no tener que seguir
            repitiendo las palabras If I should die before I wake, I pray the
            Lord my soul to take y poder expresar, en cambio, lo que tenía en el
            corazón. Acostada en mi cama junto a la estufa de carbón, me sentía
            libre para murmurar largas cartas a Dios. No dormía mucho y debí de
            irritarlo con mis interminables promesas, visiones y proyectos.
            Pero, conforme pasó el tiempo, terminé experimentando una clase
            distinta de oración, una oración silenciosa que requería escuchar
            más que hablar.
            Mi riachuelo de palabras se disipó en una compleja noción de
            expansión y alejamiento. Fue mi entrada en el fulgor de la
            imaginación.
            Aquel proceso se acentuó con los estados febriles debidos a la
            gripe, el sarampión, la varicela y las paperas. Contraje todas
            aquellas enfermedades y, con cada una, tuve el privilegio de
            alcanzar un nuevo grado de conciencia. En profunda comunión conmigo
            misma, mientras la simetría de un copo de nieve giraba sobre mí y se
            intensificaba a través de los párpados cerrados, accedía a una
            visión del más alto valor, un fragmento del calidoscopio celestial.
            Poco a poco, mi amor por los libros fue desbancando mi amor por la
            oración. Me quedaba sentada a los pies de mi madre, viéndola tomar
            café y fumar con un libro en el regazo. Su ensimismamiento me
            fascinaba.
            Aunque aún no iba a la guardería, me gustaba mirar sus libros,
            acariciar las páginas y levantar el papel de seda que protegía los
            frontispicios.
            Quería saber qué contenían, qué captaba tanto su atención.
            Cuando mi madre descubrió que había escondido su tomo carmesí de El
            libro de los mártires de John Foxe debajo de mi almohada, con la
            esperanza de absorber su significado, se sentó conmigo y comenzó el
            laborioso proceso de enseñarme a leer. Con sumo esfuerzo, pasamos de
            la mamá Gansa a los cuentos de Dr. Seuss. Cuando ya no necesité más
            instrucción, me permitía unirme a ella en nuestro duro sofá mientras
            leía Las sandalias del pescador y Las zapatillas rojas.
            Leer me apasionaba. Anhelaba leerlo todo, y lo que leía me creaba
            nuevos anhelos. A veces me iba a África y ofrecía mis servicios a
            Albert Schweitzer o, engalanada con mi gorro de piel de mapache y mi
            polvorera de cuerno, defendía al pueblo como Davy Crockett. Podía
            escalar el Himalaya y vivir en una cueva donde haría girar una rueda
            de oración para mantener la tierra en movimiento. Pero la necesidad
            de expresarme era mi deseo más fuerte, y mis hermanos fueron los
            primeros que conspiraron conmigo para sacar partido a mi
            imaginación. Escucharon atentamente mis historias, se prestaron a
            actuar en mis obras de teatro y combatieron en mis guerras con
            arrojo. Con ellos de mi parte, cualquier cosa parecía posible.
            En los meses de primavera, estaba enferma a menudo y me vi obligada
            a guardar cama mientras oía jugar a mis camaradas al otro lado de la
            ventana. En los meses de verano, los más pequeños me informaban de
            cuánta parte de nuestro campo sin arar habíamos ganado al enemigo
            mientras yo seguía enferma. Perdimos muchas batallas en mi ausencia,
            y mis cansadas tropas se reunían alrededor de mi cama para que yo
            las bendijera con nuestra biblia infantil, Jardín de versos para
            niños de Robert Louis Stevenson.
            En invierno, construimos fuertes en la nieve y yo capitaneé nuestra
            campaña, trazando mapas y elaborando estrategias de ataque y
            retirada.
            Libramos las guerras de nuestros abuelos irlandeses. Entre naranjas
            y verdes. Íbamos de naranja, pero desconocíamos su significado. Solo
            era nuestro color. Cuando la atención decaía, yo instauraba una
            tregua y visitaba a mi amiga Stephanie. Se estaba recuperando de una
            enfermedad que yo no comprendía, una forma de leucemia. Era mayor
            que yo.
            Debía de tener doce años, mientras que yo tenía ocho. Yo no tenía
            mucho que decirle y puede que no le fuera de mucho consuelo, pero
            ella parecía disfrutar con mi compañía. En realidad, creo que lo que
            me inducía a visitarla no era mi buen corazón, sino mi fascinación
            por sus cosas. Su hermana mayor colgaba mi ropa mojada y nos traía
            una bandeja con chocolate caliente y galletas. Stephanie se
            recostaba en un montículo de almohadones y yo le contaba cuentos y
            le leía tebeos.
            Me maravillaba su extensa colección de tebeos, fruto de una infancia
            pasada en la cama, que incluía todos los números de Superman , La
            pequeña Lulú , Classic Comics y House of Mystery. Su vieja caja de
            puros contenía todos los colgantes clásicos en 1953: una ruleta, una
            máquina de escribir, una patinadora sobre hielo, el caballo rojo
            alado de Exxon Mobil, la torre Eiffel, una zapatilla de bailarina y
            colgantes con la forma de los cuarenta y ocho estados de Estados
            Unidos. Nunca me cansaba de jugar con ellos y en ocasiones, si tenía
            alguno repetido, Stephanie me lo regalaba.
            Yo tenía un escondite secreto cerca de mi cama, bajo las tablas del
            suelo. En él guardaba mi alijo, lo que ganaba jugando a las canicas,
            cromos, objetos religiosos que rescataba de cubos de la basura
            católicos: viejas estampas, raídos escapularios, santos de escayola
            con las manos y los pies mellados. Metía allí el botín de Stephanie.
            Algo me decía que no debería aceptar regalos de una niña enferma,
            pero yo lo hacía y los escondía, un poco avergonzada.
            Había prometido visitarla el día de San Valentín, pero no lo hice.
            Mis deberes como general de mi ejército de hermanos y niños del
            vecindario eran agotadores y había mucha nieve que franquear. Fue un
            invierno crudo el de aquel año. Al día siguiente, abandoné mi puesto
            para pasar la tarde con ella y tomar chocolate caliente. Stephanie
            estuvo muy callada y me suplicó que me quedara aunque se durmiera.
            Hurgué en su joyero. Era de color rosa y, cuando lo abrías, una
            bailarina daba vueltas como el hada de los confites. Dentro, había
            un alfiler de una patinadora y me fascinó tanto que me lo metí en la
            manopla.
            Me quedé sentada junto a Stephanie durante mucho rato, paralizada, y
            me marché con sigilo mientras dormía. Guardé el alfiler en mi
            escondrijo.
            Esa noche, mis remordimientos por lo que había hecho me despertaron
            muchas veces. Por la mañana, estaba demasiado enferma para ir a
            clase y me quedé en la cama, atormentada por la culpa. Prometí
            devolver el alfiler y pedirle perdón.
            Al día siguiente era el cumpleaños de mi hermana Linda, pero no hubo
            ninguna fiesta en su honor. El estado de Stephanie se había agravado
            y mis padres fueron a donar sangre al hospital. Cuando regresaron,
            mi padre estaba llorando y mi madre se arrodilló junto a mí para
            decirme que Stephanie había muerto. Su dolor enseguida se trocó en
            preocupación cuando me tocó la frente. Yo tenía muchísima fiebre.
            Pusieron nuestro piso en cuarentena. Había contraído la escarlatina.
            En los años cincuenta, era una enfermedad muy temida porque a menudo
            evolucionaba en una forma mortal de fiebre reumática. Pintaron de
            amarillo la puerta de nuestro piso. Confinada en la cama, no pude
            asistir al funeral de Stephanie. Su madre me trajo montones de
            tebeos y la caja de puros que contenía sus colgantes. Ahora que
            tenía todos sus tesoros, estaba demasiado enferma para mirarlos
            siquiera. Fue entonces cuando conocí el peso del pecado, incluso de
            un pecado tan nimio como robar un alfiler de una patinadora.
            Reflexioné sobre el hecho de que, por muy buena que ansiara ser,
            jamás obtendría el perdón de Stephanie. Pero, mientras estuve en
            cama noche tras noche, se me ocurrió que a lo mejor era posible
            hablar con ella rezándole o, al menos, pedir a Dios que intercediera
            por mí.
            A Robert le fascinaba aquella historia y, a veces, en un domingo
            frío y lánguido, me suplicaba que se la volviera a contar. «Quiero
            volver a escuchar la historia de Stephanie», decía. Yo no omitía
            ningún detalle en las largas mañanas que pasábamos bajo las mantas
            entreteniéndonos con las historias de mi infancia, con sus pesares y
            su magia, para intentar olvidar el hambre. Y siempre, cuando llegaba
            a la parte en que abría el joyero, él gritaba: «Patti, no.».
            Solíamos reírnos de cuando éramos pequeños. Decíamos que yo había
            sido una niña mala que intentaba ser buena y él un niño bueno que
            intentaba ser malo. A lo largo de los años, aquellos papeles se
            fueron invirtiendo hasta que terminamos aceptando nuestra doble
            naturaleza.
            Albergábamos principios opuestos, luz y oscuridad.
            Yo era una niña soñadora y sonámbula. Irritaba a mis profesores con
            mi precoz capacidad lectora unida a una incapacidad para aplicarla a
            nada que ellos consideraran práctico. Todos acababan diciendo que
            fantaseaba demasiado, que siempre tenía la cabeza en otro sitio. No
            sé dónde estaría ese sitio, pero yo a menudo terminaba en el rincón,
            sentada en una banqueta a la vista de todos con un sombrero cónico
            de papel.
            Más adelante, hice a Robert dibujos grandes y muy detallados de
            aquellos cómicos momentos de humillación. Él disfrutaba con ellos y
            parecía valorar todas las cualidades que repugnaban a otros o los
            alejaban de mí. A través de aquel diálogo visual, mis recuerdos de
            infancia se hicieron suyos.
            Me disgusté cuando nos echaron de La Parcela y nos vimos obligados a
            hacer las maletas para comenzar una nueva vida en el sur de Nueva
            Jersey.
            Mi madre tuvo su cuarto hijo, una niñita enfermiza pero alegre
            llamada Kimberly a cuya crianza contribuimos todos. Yo me sentía
            aislada y desconectada en los humedales, melocotonares y granjas
            porcinas circundantes. Me sumergí en los libros y en el proyecto de
            una enciclopedia de la que solo redacté la entrada para Simón
            Bolívar. Mi padre me inició en la ciencia ficción y, durante un
            tiempo, lo acompañé al salón de baile country local, desde donde
            buscaba ovnis en el cielo mientras se cuestionaba el origen de
            nuestra existencia.
            Cuando tenía apenas once años, nada me complacía más que dar largos
            paseos con mi perro por el bosque circundante. Había arísaros,
            mirtos y col fétida por doquier, brotando de la roja tierra
            arcillosa. Yo buscaba un buen sitio para estar un poco en soledad,
            para detenerme y apoyar la cabeza en un tronco caído junto a un
            arroyo repleto de renacuajos.
            En verano, con mi hermano y leal teniente Todd, reptábamos por los
            polvorientos campos próximos a las canteras. Mi obediente hermana
            estaba en su puesto, lista para vendarnos las heridas y darnos de
            beber con la cantimplora del ejército de mi padre.
            En un día así, cuando regresaba renqueando a la retaguardia bajo un
            sol de justicia, mi madre me abordó.
            -¡Patricia -me reprendió-, ponte una camiseta!
            -Hace demasiado calor -me quejé-. Nadie más lleva camiseta.
            -Haga o no calor, ya es hora de que empieces a ponerte camiseta.
            Estás a punto de convertirte en una señorita.
            Yo protesté con vehemencia y anuncié que no iba a convertirme nunca
            en nada salvo en mí misma, que pertenecía al clan de Peter Pan y
            nosotros no nos hacíamos adultos.
            Mi madre ganó la discusión y me puse la camiseta, pero no puedo ni
            decir lo traidora que me sentí en aquel momento. Observé tristemente
            a mi madre mientras realizaba sus tareas femeninas, fijándome
            en su voluptuoso cuerpo de mujer. Todo parecía ser contrario a mi
            naturaleza.
            El penetrante olor de su perfume y el color rojo de su barra de
            labios, tan fuerte en los años cincuenta, me repugnaban. Ella era la
            mensajera y también el mensaje. Aturdida y altiva, con mi perro al
            lado, soñé con viajar. Con huir y alistarme en la Legión Extranjera,
            con ser ascendida y atravesar el desierto con mis hombres.
            Hallé consuelo en los libros. Curiosamente, fue Louisa May Alcott
            quien me procuró una perspectiva positiva de mi destino como mujer.
            Jo, la chicazo de las cuatro hermanas March en Mujercitas , escribe
            para contribuir al sostén de su familia, que está pasando graves
            apuros económicos durante la guerra de Secesión. Llena páginas
            enteras de sus desordenados garabatos, más adelante publicados en la
            sección literaria del periódico local. Ella me dio valor para
            fijarme una nueva meta y pronto estaba ideando cuentecitos y
            contando largos relatos a mis hermanos.
            A partir de entonces, acaricié la idea de que un día escribiría un
            libro.
            Al año siguiente, mi padre hizo la excepción de llevarnos al Museo
            de Arte de Filadelfia. Mis padres trabajaban mucho, y llevar a
            cuatro niños a Filadelfia en autobús resultó caro y agotador. Fue la
            única salida de aquella clase que hicimos en familia y la primera
            vez que me encontré cara a cara con el arte. Sentí cierta
            identificación física con los largos y lánguidos Modiglianis; me
            conmovieron los elegantes bodegones de Sargent y Thomas Eakins; me
            deslumbró la luz que emanaba de los impresionistas. Pero fueron las
            obras de una sala dedicada a Picasso, de sus arlequines a su
            cubismo, lo que más hondo me caló. Su confianza brutal me dejó sin
            respiración.
            Mi padre admiraba la calidad técnica y el simbolismo de la obra de
            Salvador Dalí, pero no veía ningún mérito en Picasso, lo cual motivó
            nuestro primer desacuerdo serio. Mi madre se ocupó de reunir a mis
            hermanos, que estaban deslizándose por los impecables suelos de
            mármol.
            Sé que, mientras bajábamos la suntuosa escalera en fila india, yo
            parecía la misma de siempre, una niña de doce años carilarga y
            desgarbada.
            Pero, en mi fuero interno, sabía que me había transformado,
            conmovida por la revelación de que los seres humanos crean arte, de
            que ser artista era ver lo que otros no podían ver.
            Pese a mi deseo, nada me indicaba que tuviera vocación de artista.
            Me imaginaba que sentía la llamada y rezaba para que así fuera. Pero
            una noche, mientras veía La canción de Bernadette protagonizada por
            Jennifer Jones, me fijé en que la joven santa no pedía tener
            vocación religiosa.
            Era la madre superiora quien ansiaba la santidad, aunque la elegida
            fuera Bernadette, una humilde campesina. Aquello me preocupó.
            Me planteé si estaba destinada a ser artista. No me importaban los
            sufrimientos de tener vocación, sino carecer de ella.
            Di un estirón. Medía casi un metro setenta y pesaba poco más de
            cuarenta y cinco kilos. A los catorce años, ya no era comandante de
            un ejército reducido pero leal, sino una adolescente delgaducha
            marginada y ridiculizada por sus compañeros. Me sumergí en los
            libros y el rock and roll, la salvación de los adolescentes en 1961.
            Mis padres trabajaban de noche. Cuando terminábamos nuestras tareas
            y deberes, Toddy, Linda y yo bailábamos al ritmo de músicos como
            James Brown, The Shirelles y Hank Ballard & The Midnighters. Con
            toda modestia puedo decir que éramos tan buenos en la pista de baile
            como lo habíamos sido en el campo de batalla.
            Yo dibujaba, bailaba y escribía poemas. No tenía talento, pero era
            imaginativa y mis profesores me animaban. Cuando gané un concurso
            patrocinado por la tienda de pinturas local Sherwin-Williams, mi
            obra se expuso en el escaparate y con el dinero del premio me compré
            una caja de pinturas al óleo. Arrasé bibliotecas y bazares en busca
            de libros de arte. Por aquel entonces se podían encontrar volúmenes
            bonitos por una miseria, y yo era feliz habitando en el mundo de
            Modigliani, Dubuffet, Picasso, Fra Angelico y Albert Ryder.
            Cuando cumplí dieciséis años, mi madre me regaló La fabulosa vida de
            Diego Rivera. Me quedé extasiada con el tamaño de sus murales, las
            descripciones de sus viajes y tribulaciones, sus amores y fatigas.
            Ese verano, conseguí un empleo en una fábrica no sindicada que
            consistía en inspeccionar manillares de triciclos. Era un lugar
            espantoso.

            




            .
           

http://www.youtube.com/watch?v=xxygqSTO1lQ 


http://www.youtube.com/watch?v=JA4gdljQg-w&list=PL740A349AE77435AE
 
http://www.youtube.com/watch?v=4Dp3KvKou9I

lunes, 28 de enero de 2013

Para vos Mary Sunshine:

Parece extraño, pero no lo es. ¿Puede responderse a la represión policial-provinciana (efecto residual del genocidio argentino) en momentos que el cono urbano bonaerense brama hasta mas no poder su lucha de clase, con un inocuo, simplón y binario "poema" del 'poeta' catalán monárquico y capitalista neoliberal, que denosta a los gobiernos democráticos populares como Venezuela? Página/12 :: El país :: Algo personal Domingo, 27 de enero de 2013 EL PAIS Algo personal Por Horacio Verbitsky En un reportaje con el bisemanario Perfil, el ministro de Seguridad y Justicia de la provincia de Buenos Aires, alcaide mayor del Servicio Penitenciario Bonaerense Ricardo Casal dijo: “Verbitsky tiene algo personal conmigo”. Imposible: no tenemos ni amigos ni enemigos comunes ni cruzados y nos vimos una sola vez en la vida. Al asumir como ministro de Justicia me pidió una audiencia, a la que concurrió en compañía de un diputado y de un juez de la Suprema Corte provincial, para presentarme su primer proyecto de reformas procesales y penales, como de costumbre para endurecer penas y ablandar garantías. Escuché su exposición eufórica, en la que el único papel que mostró fue un ejemplar del diario La Nación elogioso de sus intenciones, y me limité a transmitirle planteos generales, basados en mis investigaciones periodísticas y en las del CELS, sobre la seguridad y la situación de las cárceles en su provincia. Su afirmación es, entonces, literalmente falsa. Adquiere sentido, sin embargo, en un aspecto más general. Para explicarlo, nadie mejor que Joan Manuel Serrat y su poema “Algo personal”: Probablemente en su pueblo se les recordará como cachorros de buenas personas, que hurtaban flores para regalar a su mamá y daban de comer a las palomas. Probablemente que todo eso debe ser verdad, aunque es más turbio cómo y de qué manera llegaron esos individuos a ser lo que son ni a quién sirven cuando alzan las banderas. Hombres de paja que usan la colonia y el honor para ocultar oscuras intenciones: tienen doble vida, son sicarios del mal. Entre esos tipos y yo hay algo personal. Rodeados de protocolo, comitiva y seguridad, viajan de incógnito en autos blindados a sembrar calumnias, a mentir con naturalidad, a colgar en las escuelas su retrato. Se gastan más de lo que tienen en coleccionar espías, listas negras y arsenales; resulta bochornoso verles fanfarronear a ver quién es el que la tiene más grande. Se arman hasta los dientes en el nombre de la paz, juegan con cosas que no tienen repuesto y la culpa es del otro si algo les sale mal. Entre esos tipos y yo hay algo personal. Y como quien en la cosa, nada tiene que perder. Pulsan la alarma y rompen las promesas y en nombre de quien no tienen el gusto de conocer nos ponen la pistola en la cabeza. Se agarran de los pelos, pero para no ensuciar van a cagar a casa de otra gente y experimentan nuevos métodos de masacrar, sofisticados y a la vez convincentes. No conocen ni a su padre cuando pierden el control, ni recuerdan que en el mundo hay niños. Nos niegan a todos el pan y la sal. Entre esos tipos y yo hay algo personal. Pero, eso sí, los sicarios no pierden ocasión de declarar públicamente su empeño en propiciar un diálogo de franca distensión que les permita hallar un marco previo que garantice unas premisas mínimas que faciliten crear los resortes que impulsen un punto de partida sólido y capaz de este a oeste y de sur a norte, donde establecer las bases de un tratado de amistad que contribuya a poner los cimientos de una plataforma donde edificar un hermoso futuro de amor y paz. Compartir: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/212684-62158-2013-01-27.html

viernes, 18 de enero de 2013

Para vos Mary Sunshine:Para vos Mary Sunshine:

Para vos Mary Sunshine: Si bien "la existencia precede a la esencia", nauseabunda es la espantosa sensación que provoca el no sanarse de si mismo, pero si de una compleja afección viral y/o de un trastorno de la personalidad. Asimismo, lo horrible no es la condena a no saber qué hacer con la libertad; lo terrible es darse cuenta que nacemos sin objeto alguno y que no tan solo "el infierno son los otros", sino que la mentira es la virtud necesaria para fungir nuestra vida sin sentido en el establecido orden institucional del Estado y en el amor... "La mentira" por Raymond Carver Traducción de Leandro Arellano Es mentira, dijo mi esposa. ¿Cómo puedes creer una cosa así? Ella está celosa, eso es todo. Giró la cabeza y me miró fijamente. Aún no se había quitado el sombrero ni el abrigo, y estaba ruborizada por la acusación. ¿Me crees a mí, no? ¿Seguramente no creerás aquello? Me encogí de hombros y le dije: ¿Por qué iba a mentir? ¿Con qué objeto? ¿Qué obtendría con ello? Me sentía incómodo, pero permanecí allí en pantuflas, abriendo y cerrando los puños, con la sensación de estar haciendo el ridículo, exhibiéndome, no obstante las circunstancias. No tengo madera para hacer el papel de inquisidor. En ese momento deseaba que nunca hubiese llegado a mis oídos, que todo pudiera ser como antes. Se supone que es amiga, amiga de los dos, comenté. ¡Una hija de puta, eso es lo que es! ¿Te crees que un amigo, aunque sea lejano, incluso un simple conocido, diría una cosa así, una mentira tan evidente? Simplemente no lo crees. Movió la cabeza ante mi necedad. Desabrochó su sombrero y se sacó los guantes, poniendo todo en la mesa. Luego se quitó el abrigo y lo arrojó sobre el respaldo de una silla. Ya no sé qué creer, le dije, quisiera creerte a ti. Entonces créeme, dijo ella. Que me creas, es todo lo que te pido. Te digo la verdad. No iba a mentir en un asunto así. Anda, di que no es cierto cariño, di que no lo crees. La amo. Deseaba abrazarla, estrecharla en mis brazos, decirle que le creía. Mas la mentira, de ser mentira, se interponía ya entre nosotros. Me acerqué a la ventana. Debes creerme, dijo. Sabes que eso es una estupidez. Sabes que te digo la verdad. Permanecí junto a la ventana, observando el tráfico que se movía lento allá abajo. Si levantaba la vista podía distinguir a mi esposa reflejaba en los cristales. Soy un hombre de criterio amplio, pensé. Puedo resolver esto. Comencé a pensar en mi esposa, en nuestra vida, juntos, en la verdad y la ficción, en la honestidad y la impostura, en la ilusión y la realidad. Recordé la película Blow-up, que habíamos visto recién, y recordé también la biografía de León Tolstoi que yacía en la mesita, las cosas que dice sobre la verdad, el escándalo que produjo en la vieja Rusia. Entonces me vino a la memoria un amigo de la secundaria, de hacía mucho. Era un tipo incapaz de decir la verdad, un mentiroso absoluto e incurable y, con todo, una persona agradable y bien intencionada y, sin duda, un auténtico amigo durante los dos o tres años de un período difícil de mi vida. Me alegró mucho el descubrimiento de aquel mentiroso de mi adolescencia, era un precedente al cual podía acogerme en la actual crisis de nuestro –hasta aquel momento– feliz matrimonio. Esa persona, ese consumado mentiroso podía muy bien probar la teoría de mi esposa de que existía esa clase de gente en el mundo. Me puse feliz de nuevo. Me volteé para hablar, sabía lo que quería decir: sí, puede ser verdad, es verdad: hay gente que miente de modo incontrolable, quizás inconscientemente, a veces de modo enfermizo, sin medir las consecuencias. Quien me contó pertenecía a esa categoría, sin duda. Pero justo en ese momento mi esposa se sentó en el sofá, se cubrió la cara con las manos y dijo: Es cierto... Que Dios me perdone. Todo lo que ella te contó es verdad. Mentí cuando dije que no sabía nada. ¿De veras?, pregunté, sentándome en una de las sillas junto a la ventana. Ella asintió. Aún se cubría la cara con sus manos. ¿Por qué lo negaste entonces?, le dije. Nunca nos habíamos mentido. ¿No nos hemos dicho siempre la verdad? Estaba avergonzada, me dijo. Me miraba y movía la cabeza. Sentía vergüenza, no te imaginas cuánta, no quería que lo creyeras. Creo que lo entiendo, dije. De una sacudida se quitó los zapatos y se recostó de nuevo en el sofá. Pero enseguida se sentó y se quitó el suéter de un tirón y luego se acomodó el cabello. Cogió un cigarrillo de la mesita. Le ofrecí fuego sosteniendo el encendedor y por unos momentos me quedé pasmado ante la visión de sus dedos alargados y pálidos, igual que de sus uñas relucientes. Me pareció que los observaba de modo novedoso y un tanto revelador. Dio una fumada y, un minuto después, dijo: ¿Y cómo te fue hoy, querido? En general, quiero decir... Tú sabes a qué me refiero. Mantuvo el cigarrillo entre los labios el minuto durante el cual se levantó para deshacerse de su falda. ¡Ah!, dijo. Más o menos, le respondí. Aunque no lo creas, por la tarde estuvo aquí un policía con una orden judicial, buscaba a una persona que vivió abajo. El mismo gerente del edificio avisó que cortarían el agua por una media hora, entre las tres y las tres y media, en lo que hacían algunas reparaciones. En realidad, ahora que lo pienso mejor, fue sólo durante el tiempo que el policía estuvo aquí cuando tuvieron que cortar el agua. ¿De veras?, dijo ella, poniendo las manos sobre sus caderas. Luego se estiró, cerró los ojos, bostezó y sacudió su larga cabellera. También leí una buena parte del libro de Tolstoi, le dije. Magnífico, dijo, y empezó a comer nueces. Con la mano derecha lanzaba una tras otra hasta su boca, mientras que en la izquierda sostenía el cigarrillo entre los dedos. A ratos paraba de comer, el tiempo justo para limpiar sus labios con el dorso de la mano y dar una fumada. Para entonces se había librado ya de su ropa interior. Con las piernas cruzadas bajo su cuerpo se posó en el sofá. ¿Y qué tal? preguntó. Tenía ideas interesantes, respondí. Era todo un personaje. Los dedos de las manos me hormigueaban y mi sangre empezaba a agitarse. Igual, me sentía débil. Venga acá mi mujikito, dijo de repente. Quiero saber la verdad, dije débilmente, postrado a gatas. La frescura y suavidad de la alfombra me excitaron. Había andado a gatas hasta el sofá y puesto mi mejilla sobre uno de los cojines. Ella deslizó su mano entre mi cabello, sonriendo. Unos granitos de sal brillaban en sus labios carnosos hasta que, de momento, observé cómo sus ojos se llenaban de una inexpresable tristeza y, a pesar de ello, continuaba sonriendo y mesándome el cabello. A ver mi pachá, dijo. Venga aquí mi bollito. ¿En verdad creyó usted a aquella mujer horrorosa esa mentira inmunda? Venga acá, recueste su cabecita en el seno de mami... Así, así, ahora cierre sus ojos. ¡Así! ¿Cómo pudo creer semejante cosa? Usted me decepciona. Usted me conoce mejor que eso. Mentir es nada más un deporte para cierta gente FIN . JUS LIKE A WOMAN (of Bob Dylan) http://www.youtube.com/watch?v=pOmqNuH3Y5s AnarkoPanck

miércoles, 16 de enero de 2013

Para vos Mary Sunshine:

 "La ingratitud"
            por Charlotte Brontë
               
             16 de marzo de 1842
            Una rata, hastiada de la vida de las ciudades y de las cortes
            (porque ya había jugado su parte en los palacios de los reyes y en
            los salones de los grandes señores), una rata a quien la experiencia
            había hecho sabia, en resumen, una rata que de cortesana se
            convirtió en filósofa se había retirado a su casa de campo (un
            agujero en el tronco de un olmo joven y grande), donde vivió como un
            heremita devoto dedicando todo su tiempo y cuidado a la educación de
            su único hijo.
            La joven rata, quien todavía no había recibido aquellas severas pero
            saludables lecciones que la experiencia da, era un poco irreflexiva,
            los sabios consejos de su padre parecían aburrirlo, la sombra y la
            tranquilidad de los bosques, en vez de calmar su mente, lo cansaban.
            Creció impaciente por viajar y ver el mundo.
            Una mañana, se despertó temprano, preparó una pequeña bolsa con
            queso y granos y, sin decir ni una palabra a nadie, el ingrato
            abandonó a su padre y a su casa paterna y partió hacia tierras
            desconocidas.
            Al principio todo le parecía encantador, las flores eran más
            frescas, los árboles eran de un verde que él nunca había visto antes
            en su casa, y también vio muchas maravillas: un animal con una cola
            más larga que su cuerpo (era una ardilla), una pequeña criatura que
            llevaba su casa en la espalda (era un caracol). Después de un par de
            horas, se acercó a una granja, el olor de la cocina lo atraía, entró
            en el corral y entonces vio una especie de pájaro mágico que estaba
            haciendo un horrible ruido mientras marchaba con un aire temerario y
            orgulloso. El pájaro era un pavo, pero la joven rata lo vio como si
            fuera un monstruo, se asustó por su aspecto e inmediatamente huyó.
            Llegando la noche, ingresó a un bosque, aburrido y cansado se sentó
            a los pies de un árbol, abrió su pequeña bolsa, comió su cena y se
            fue a dormir.
            Al despertarse por el canto de la alondra, sintió sus miembros
            entumecidos por el frío, su dura cama lo lastimaba; en ese momento
            pensó en su padre, el ingrato se acordó del cuidado y la ternura de
            la vieja rata buena, y formuló promesas vanas para el futuro, pero
            era demasiado tarde, el frío congeló su sangre. La experiencia fue
            para él como una amante austera, ella le dio una lección pero
            también un castigo; estaba muerto.
            Al día siguiente, un leñador encontró su cuerpo, lo vio como algo
            asqueroso y lo pateó sin pensar que ahí yacía el ingrato hijo de un
            amoroso padre.




            .
            http://www.ddooss.org/articulos/cuentos/

AnarkoPanck

Para vos Mary Sunshine:

´Pqué decirte ahora? ¿que han pasado tantas cosas en este tiempo? ¿insistir con lugares comunes? ¿con mas obviedades?

Tales cosas hablarían con perturbación de mi...

En verdad, no se qué escribir (quizá porque nada siento ni nada pienso).

Lo cierto es que vislumbro (una vez mas) que hace seis años tenías razón (razón pura):

"hay otro mundo paralelo a nosotros...; es posible que mucho mas de lo que uno puede llegar a advertir por simple casualidad o por alguna que otra coincidencia..., pero que no estamos capacitados ni fundados para enfrentar y afrontar esos otros mundos próximos a nosotros, meros cuerpos de agua, que no podríamos soportar con prístina coinciencia un mundo en donde los prejuicios, ni las presunciones, ni las conjeturas, ni la geometría del tiempo, ni el bien ni el mal, ni el olvido, ni la ausencia del presente, ni la vaciedad del futuro, corporizados en la angustia y la ansiedad del deseo de poseer..., de querer..., de tener..., de verdad no existieran ni por asomo..."

Si lo comprendiésemos con naturalidad..., no seríamos quienes somos en la actualidad.

AnarkoPanck.

Para vos Mary Sunshine:

Para vos Mary Sunshine! ¡Otra vez aquí! AnarKoPancK