martes, 29 de enero de 2013

Para vos Mary sunshine:

Hasta este preciso momento (Enero 2013) no reconozco en mi, esa iluminada advertencia de haberme dado cuenta, que todo lo comprendiste o que por lo menos, entendías acerca de lo que escribías..., pero por sobre todo, de lo que hacías aquí...

 "Éramos unos niños"
            por Patti Smith
               
             La cantante Patti Smith, ganó el Premio Nacional de literatura de
            EE.UU. por el libro "Just Kids", (Éramos unos niños) un libro de
            memorias en el que relata la historia de amistad que unió a
            Mapplethorpe y Patti Smith contada por ella misma. Nacida en Chicago
            en 1946, Smith saltó a la fama durante el movimiento punk con su
            álbum debut Horses. La llamada «madrina del punk» aportó un punto de
            vista feminista e intelectual al movimiento y se convirtió en una de
            las artistas más influyentes dentro de la música rock, integrándola
            con un estilo de poesía beat. Los inicios de su carrera estuvieron
            marcados por su amistad con el fotógrafo Mapplethorpe con quien,
            según ella, se casó para disimular su homosexualidad. Estas memorias
            son un recorrido por las calles del Nueva York de finales de los
            años setenta y principios de los ochenta, un mundo ya perdido donde
            circulaban Allen Ginsberg o Andy Warhol y sus chicos, y donde se
            creaban las grandes bandas de música que marcaron el fin del siglo
            XX.
            Todo el ingenio poético de la polifacética cantautora al servicio de
            su recuerdo. Obra maravillosa que, más allá de una exaltación barata
            de los días pasados, supone un canto a la vida y a la amistad,
            ejemplificada en dos artistas que coincidieron en la bohemia new
            yorkina cuando la gran manzana se convirtió en la capital mundial de
            la cultura. Cruce de caminos entre muchos nombres que deja, como
            legado, la moraleja de que en esta vida sólo mediante el amor
            verdadero se alcanza la inmortalidad.
            Eramos unos niños es una oda a Mapplethorpe, pero también es una
            carta de amor al arte de los años setenta en Nueva York. Time Out
            New York
            Aquí puedes leer unas pocas páginas del Libro.
            
            Cuando era pequeña, mi madre me llevaba de paseo por el parque
            Humboldt, junto a la orilla del río Prairie. Tengo recuerdos
            borrosos, semejantes a huellas dactilares en platos de cristal, de
            un viejo cobertizo para barcos, una glorieta circular, un puente de
            piedra con arcos. El río desembocaba en una vasta laguna y en su
            superficie presencié un milagro singular. Un largo cuello curvo se
            alzó de un vestido de plumas blancas.
            «Cisne», dijo mi madre, percibiendo mi emoción. El ave golpeteó el
            agua resplandeciente con sus grandes alas y alzó el vuelo.
            La palabra en sí apenas dio fe de su grandeza ni transmitió la
            emoción que me produjo. Su imagen me generó un deseo para el que no
            tenía palabras, un deseo de hablar del cisne, de decir algo acerca
            de su blancura, la naturaleza explosiva de su movimiento y la
            lentitud con que había batido las alas.
            El cisne se fundió con el cielo. Me esforcé por hallar palabras que
            expresaran mi noción de él. «Cisne», repetí, no enteramente
            satisfecha, y sentí un cosquilleo, un anhelo curioso, imperceptible
            para los transeúntes, mi madre, los árboles o las nubes.
            Nací un lunes, en el North Side de Chicago durante la gran nevada de
            1946. Me adelanté un día, porque los niños nacidos en la víspera de
            Año Nuevo salían del hospital con un frigorífico nuevo. Pese a sus
            esfuerzos por no dejarme salir, mi madre comenzó a tener fuertes
            dolores de parto mientras el taxi atravesaba a paso de tortuga la
            ventisca que azotaba el lago Michigan. A decir de mi padre, nací
            larga, flaca y aquejada de bronconeumonía, y él me mantuvo con vida
            sosteniéndome sobre una bañera humeante.
            Me siguió mi hermana Linda, que también nació durante una nevada en
            1948. Por necesidad, me vi obligada a despabilarme muy pronto.
            Mi madre planchaba para otros mientras yo permanecía sentada en las
            escaleras de nuestra pensión, esperando al heladero y los pocos
            carros de caballos que aún quedaban. El heladero me daba pedacitos
            de hielo envueltos en papel de estraza. Yo me metía uno en el
            bolsillo para mi hermana menor, pero, cuando más adeante iba a
            sacarlo, descubría que ya no estaba.
            Al quedarse mi madre embarazada de mi hermano, Todd, abandonamos
            nuestro estrecho alojamiento de Logan Square y nos mudamos a
            Germantown, en Pensilvania. Durante los años siguientes, habitamos
            en viviendas temporales para militares y sus hijos: barracones
            encalados con vistas a un campo abandonado rebosante de flores
            silvestres. Lo llamábamos La Parcela y en verano los adultos
            charlaban, fumaban y se pasaban jarras de vino de diente de león
            mientras los niños jugábamos. Mi madre nos enseñó los juegos de su
            infancia: las estatuas, el Martín pescador y Simón dice. Hacíamos
            guirnaldas de margaritas para adornarnos el cuello y la cabeza. Por
            la noche, recogíamos luciérnagas en botes de conserva, les
            extraíamos la luz y nos hacíamos anillos.
            Mi madre me enseñó a rezar; me enseñó la oración que su madre le
            había enseñado a ella. Now I lay me down to sleep, I pray the Lord
            my soul to keep: «Ahora que me acuesto, ruego al Señor que vele por
            mi alma». Al anochecer, me arrodillaba delante de mi camita mientras
            ella, con su omnipresente cigarrillo, me escuchaba recitarla. Nada
            me gustaba más que decir mis oraciones, pero aquellas palabras me
            inquietaban y la acosaba a preguntas. ¿Qué es el alma? ¿De qué color
            es? Yo sospechaba que mi alma, como era traviesa, podía escabullirse
            mientras soñaba y no regresar. Hacía todo lo posible por no quedarme
            dormida, para mantenerla dentro de mí, donde debía estar.
            Quizá para satisfacer mi curiosidad, mi madre me apuntó a
            catequesis.
            A fuerza de repetir aprendíamos versículos de la Biblia y las
            palabras de Jesús. Después nos colocaban en fila y nos recompensaban
            con una cucharada de miel. Solo había una cuchara para servir a un
            montón de niños con tos. Yo rehuía la cuchara de forma instintiva,
            pero enseguida acepté la noción de Dios. Me gustaba imaginarme una
            presencia por encima de nosotros, en continuo movimiento, como
            estrellas líquidas.
            No satisfecha con mi oración infantil, pronto pedí a mi madre que me
            dejara inventar las mías. Fue un alivio no tener que seguir
            repitiendo las palabras If I should die before I wake, I pray the
            Lord my soul to take y poder expresar, en cambio, lo que tenía en el
            corazón. Acostada en mi cama junto a la estufa de carbón, me sentía
            libre para murmurar largas cartas a Dios. No dormía mucho y debí de
            irritarlo con mis interminables promesas, visiones y proyectos.
            Pero, conforme pasó el tiempo, terminé experimentando una clase
            distinta de oración, una oración silenciosa que requería escuchar
            más que hablar.
            Mi riachuelo de palabras se disipó en una compleja noción de
            expansión y alejamiento. Fue mi entrada en el fulgor de la
            imaginación.
            Aquel proceso se acentuó con los estados febriles debidos a la
            gripe, el sarampión, la varicela y las paperas. Contraje todas
            aquellas enfermedades y, con cada una, tuve el privilegio de
            alcanzar un nuevo grado de conciencia. En profunda comunión conmigo
            misma, mientras la simetría de un copo de nieve giraba sobre mí y se
            intensificaba a través de los párpados cerrados, accedía a una
            visión del más alto valor, un fragmento del calidoscopio celestial.
            Poco a poco, mi amor por los libros fue desbancando mi amor por la
            oración. Me quedaba sentada a los pies de mi madre, viéndola tomar
            café y fumar con un libro en el regazo. Su ensimismamiento me
            fascinaba.
            Aunque aún no iba a la guardería, me gustaba mirar sus libros,
            acariciar las páginas y levantar el papel de seda que protegía los
            frontispicios.
            Quería saber qué contenían, qué captaba tanto su atención.
            Cuando mi madre descubrió que había escondido su tomo carmesí de El
            libro de los mártires de John Foxe debajo de mi almohada, con la
            esperanza de absorber su significado, se sentó conmigo y comenzó el
            laborioso proceso de enseñarme a leer. Con sumo esfuerzo, pasamos de
            la mamá Gansa a los cuentos de Dr. Seuss. Cuando ya no necesité más
            instrucción, me permitía unirme a ella en nuestro duro sofá mientras
            leía Las sandalias del pescador y Las zapatillas rojas.
            Leer me apasionaba. Anhelaba leerlo todo, y lo que leía me creaba
            nuevos anhelos. A veces me iba a África y ofrecía mis servicios a
            Albert Schweitzer o, engalanada con mi gorro de piel de mapache y mi
            polvorera de cuerno, defendía al pueblo como Davy Crockett. Podía
            escalar el Himalaya y vivir en una cueva donde haría girar una rueda
            de oración para mantener la tierra en movimiento. Pero la necesidad
            de expresarme era mi deseo más fuerte, y mis hermanos fueron los
            primeros que conspiraron conmigo para sacar partido a mi
            imaginación. Escucharon atentamente mis historias, se prestaron a
            actuar en mis obras de teatro y combatieron en mis guerras con
            arrojo. Con ellos de mi parte, cualquier cosa parecía posible.
            En los meses de primavera, estaba enferma a menudo y me vi obligada
            a guardar cama mientras oía jugar a mis camaradas al otro lado de la
            ventana. En los meses de verano, los más pequeños me informaban de
            cuánta parte de nuestro campo sin arar habíamos ganado al enemigo
            mientras yo seguía enferma. Perdimos muchas batallas en mi ausencia,
            y mis cansadas tropas se reunían alrededor de mi cama para que yo
            las bendijera con nuestra biblia infantil, Jardín de versos para
            niños de Robert Louis Stevenson.
            En invierno, construimos fuertes en la nieve y yo capitaneé nuestra
            campaña, trazando mapas y elaborando estrategias de ataque y
            retirada.
            Libramos las guerras de nuestros abuelos irlandeses. Entre naranjas
            y verdes. Íbamos de naranja, pero desconocíamos su significado. Solo
            era nuestro color. Cuando la atención decaía, yo instauraba una
            tregua y visitaba a mi amiga Stephanie. Se estaba recuperando de una
            enfermedad que yo no comprendía, una forma de leucemia. Era mayor
            que yo.
            Debía de tener doce años, mientras que yo tenía ocho. Yo no tenía
            mucho que decirle y puede que no le fuera de mucho consuelo, pero
            ella parecía disfrutar con mi compañía. En realidad, creo que lo que
            me inducía a visitarla no era mi buen corazón, sino mi fascinación
            por sus cosas. Su hermana mayor colgaba mi ropa mojada y nos traía
            una bandeja con chocolate caliente y galletas. Stephanie se
            recostaba en un montículo de almohadones y yo le contaba cuentos y
            le leía tebeos.
            Me maravillaba su extensa colección de tebeos, fruto de una infancia
            pasada en la cama, que incluía todos los números de Superman , La
            pequeña Lulú , Classic Comics y House of Mystery. Su vieja caja de
            puros contenía todos los colgantes clásicos en 1953: una ruleta, una
            máquina de escribir, una patinadora sobre hielo, el caballo rojo
            alado de Exxon Mobil, la torre Eiffel, una zapatilla de bailarina y
            colgantes con la forma de los cuarenta y ocho estados de Estados
            Unidos. Nunca me cansaba de jugar con ellos y en ocasiones, si tenía
            alguno repetido, Stephanie me lo regalaba.
            Yo tenía un escondite secreto cerca de mi cama, bajo las tablas del
            suelo. En él guardaba mi alijo, lo que ganaba jugando a las canicas,
            cromos, objetos religiosos que rescataba de cubos de la basura
            católicos: viejas estampas, raídos escapularios, santos de escayola
            con las manos y los pies mellados. Metía allí el botín de Stephanie.
            Algo me decía que no debería aceptar regalos de una niña enferma,
            pero yo lo hacía y los escondía, un poco avergonzada.
            Había prometido visitarla el día de San Valentín, pero no lo hice.
            Mis deberes como general de mi ejército de hermanos y niños del
            vecindario eran agotadores y había mucha nieve que franquear. Fue un
            invierno crudo el de aquel año. Al día siguiente, abandoné mi puesto
            para pasar la tarde con ella y tomar chocolate caliente. Stephanie
            estuvo muy callada y me suplicó que me quedara aunque se durmiera.
            Hurgué en su joyero. Era de color rosa y, cuando lo abrías, una
            bailarina daba vueltas como el hada de los confites. Dentro, había
            un alfiler de una patinadora y me fascinó tanto que me lo metí en la
            manopla.
            Me quedé sentada junto a Stephanie durante mucho rato, paralizada, y
            me marché con sigilo mientras dormía. Guardé el alfiler en mi
            escondrijo.
            Esa noche, mis remordimientos por lo que había hecho me despertaron
            muchas veces. Por la mañana, estaba demasiado enferma para ir a
            clase y me quedé en la cama, atormentada por la culpa. Prometí
            devolver el alfiler y pedirle perdón.
            Al día siguiente era el cumpleaños de mi hermana Linda, pero no hubo
            ninguna fiesta en su honor. El estado de Stephanie se había agravado
            y mis padres fueron a donar sangre al hospital. Cuando regresaron,
            mi padre estaba llorando y mi madre se arrodilló junto a mí para
            decirme que Stephanie había muerto. Su dolor enseguida se trocó en
            preocupación cuando me tocó la frente. Yo tenía muchísima fiebre.
            Pusieron nuestro piso en cuarentena. Había contraído la escarlatina.
            En los años cincuenta, era una enfermedad muy temida porque a menudo
            evolucionaba en una forma mortal de fiebre reumática. Pintaron de
            amarillo la puerta de nuestro piso. Confinada en la cama, no pude
            asistir al funeral de Stephanie. Su madre me trajo montones de
            tebeos y la caja de puros que contenía sus colgantes. Ahora que
            tenía todos sus tesoros, estaba demasiado enferma para mirarlos
            siquiera. Fue entonces cuando conocí el peso del pecado, incluso de
            un pecado tan nimio como robar un alfiler de una patinadora.
            Reflexioné sobre el hecho de que, por muy buena que ansiara ser,
            jamás obtendría el perdón de Stephanie. Pero, mientras estuve en
            cama noche tras noche, se me ocurrió que a lo mejor era posible
            hablar con ella rezándole o, al menos, pedir a Dios que intercediera
            por mí.
            A Robert le fascinaba aquella historia y, a veces, en un domingo
            frío y lánguido, me suplicaba que se la volviera a contar. «Quiero
            volver a escuchar la historia de Stephanie», decía. Yo no omitía
            ningún detalle en las largas mañanas que pasábamos bajo las mantas
            entreteniéndonos con las historias de mi infancia, con sus pesares y
            su magia, para intentar olvidar el hambre. Y siempre, cuando llegaba
            a la parte en que abría el joyero, él gritaba: «Patti, no.».
            Solíamos reírnos de cuando éramos pequeños. Decíamos que yo había
            sido una niña mala que intentaba ser buena y él un niño bueno que
            intentaba ser malo. A lo largo de los años, aquellos papeles se
            fueron invirtiendo hasta que terminamos aceptando nuestra doble
            naturaleza.
            Albergábamos principios opuestos, luz y oscuridad.
            Yo era una niña soñadora y sonámbula. Irritaba a mis profesores con
            mi precoz capacidad lectora unida a una incapacidad para aplicarla a
            nada que ellos consideraran práctico. Todos acababan diciendo que
            fantaseaba demasiado, que siempre tenía la cabeza en otro sitio. No
            sé dónde estaría ese sitio, pero yo a menudo terminaba en el rincón,
            sentada en una banqueta a la vista de todos con un sombrero cónico
            de papel.
            Más adelante, hice a Robert dibujos grandes y muy detallados de
            aquellos cómicos momentos de humillación. Él disfrutaba con ellos y
            parecía valorar todas las cualidades que repugnaban a otros o los
            alejaban de mí. A través de aquel diálogo visual, mis recuerdos de
            infancia se hicieron suyos.
            Me disgusté cuando nos echaron de La Parcela y nos vimos obligados a
            hacer las maletas para comenzar una nueva vida en el sur de Nueva
            Jersey.
            Mi madre tuvo su cuarto hijo, una niñita enfermiza pero alegre
            llamada Kimberly a cuya crianza contribuimos todos. Yo me sentía
            aislada y desconectada en los humedales, melocotonares y granjas
            porcinas circundantes. Me sumergí en los libros y en el proyecto de
            una enciclopedia de la que solo redacté la entrada para Simón
            Bolívar. Mi padre me inició en la ciencia ficción y, durante un
            tiempo, lo acompañé al salón de baile country local, desde donde
            buscaba ovnis en el cielo mientras se cuestionaba el origen de
            nuestra existencia.
            Cuando tenía apenas once años, nada me complacía más que dar largos
            paseos con mi perro por el bosque circundante. Había arísaros,
            mirtos y col fétida por doquier, brotando de la roja tierra
            arcillosa. Yo buscaba un buen sitio para estar un poco en soledad,
            para detenerme y apoyar la cabeza en un tronco caído junto a un
            arroyo repleto de renacuajos.
            En verano, con mi hermano y leal teniente Todd, reptábamos por los
            polvorientos campos próximos a las canteras. Mi obediente hermana
            estaba en su puesto, lista para vendarnos las heridas y darnos de
            beber con la cantimplora del ejército de mi padre.
            En un día así, cuando regresaba renqueando a la retaguardia bajo un
            sol de justicia, mi madre me abordó.
            -¡Patricia -me reprendió-, ponte una camiseta!
            -Hace demasiado calor -me quejé-. Nadie más lleva camiseta.
            -Haga o no calor, ya es hora de que empieces a ponerte camiseta.
            Estás a punto de convertirte en una señorita.
            Yo protesté con vehemencia y anuncié que no iba a convertirme nunca
            en nada salvo en mí misma, que pertenecía al clan de Peter Pan y
            nosotros no nos hacíamos adultos.
            Mi madre ganó la discusión y me puse la camiseta, pero no puedo ni
            decir lo traidora que me sentí en aquel momento. Observé tristemente
            a mi madre mientras realizaba sus tareas femeninas, fijándome
            en su voluptuoso cuerpo de mujer. Todo parecía ser contrario a mi
            naturaleza.
            El penetrante olor de su perfume y el color rojo de su barra de
            labios, tan fuerte en los años cincuenta, me repugnaban. Ella era la
            mensajera y también el mensaje. Aturdida y altiva, con mi perro al
            lado, soñé con viajar. Con huir y alistarme en la Legión Extranjera,
            con ser ascendida y atravesar el desierto con mis hombres.
            Hallé consuelo en los libros. Curiosamente, fue Louisa May Alcott
            quien me procuró una perspectiva positiva de mi destino como mujer.
            Jo, la chicazo de las cuatro hermanas March en Mujercitas , escribe
            para contribuir al sostén de su familia, que está pasando graves
            apuros económicos durante la guerra de Secesión. Llena páginas
            enteras de sus desordenados garabatos, más adelante publicados en la
            sección literaria del periódico local. Ella me dio valor para
            fijarme una nueva meta y pronto estaba ideando cuentecitos y
            contando largos relatos a mis hermanos.
            A partir de entonces, acaricié la idea de que un día escribiría un
            libro.
            Al año siguiente, mi padre hizo la excepción de llevarnos al Museo
            de Arte de Filadelfia. Mis padres trabajaban mucho, y llevar a
            cuatro niños a Filadelfia en autobús resultó caro y agotador. Fue la
            única salida de aquella clase que hicimos en familia y la primera
            vez que me encontré cara a cara con el arte. Sentí cierta
            identificación física con los largos y lánguidos Modiglianis; me
            conmovieron los elegantes bodegones de Sargent y Thomas Eakins; me
            deslumbró la luz que emanaba de los impresionistas. Pero fueron las
            obras de una sala dedicada a Picasso, de sus arlequines a su
            cubismo, lo que más hondo me caló. Su confianza brutal me dejó sin
            respiración.
            Mi padre admiraba la calidad técnica y el simbolismo de la obra de
            Salvador Dalí, pero no veía ningún mérito en Picasso, lo cual motivó
            nuestro primer desacuerdo serio. Mi madre se ocupó de reunir a mis
            hermanos, que estaban deslizándose por los impecables suelos de
            mármol.
            Sé que, mientras bajábamos la suntuosa escalera en fila india, yo
            parecía la misma de siempre, una niña de doce años carilarga y
            desgarbada.
            Pero, en mi fuero interno, sabía que me había transformado,
            conmovida por la revelación de que los seres humanos crean arte, de
            que ser artista era ver lo que otros no podían ver.
            Pese a mi deseo, nada me indicaba que tuviera vocación de artista.
            Me imaginaba que sentía la llamada y rezaba para que así fuera. Pero
            una noche, mientras veía La canción de Bernadette protagonizada por
            Jennifer Jones, me fijé en que la joven santa no pedía tener
            vocación religiosa.
            Era la madre superiora quien ansiaba la santidad, aunque la elegida
            fuera Bernadette, una humilde campesina. Aquello me preocupó.
            Me planteé si estaba destinada a ser artista. No me importaban los
            sufrimientos de tener vocación, sino carecer de ella.
            Di un estirón. Medía casi un metro setenta y pesaba poco más de
            cuarenta y cinco kilos. A los catorce años, ya no era comandante de
            un ejército reducido pero leal, sino una adolescente delgaducha
            marginada y ridiculizada por sus compañeros. Me sumergí en los
            libros y el rock and roll, la salvación de los adolescentes en 1961.
            Mis padres trabajaban de noche. Cuando terminábamos nuestras tareas
            y deberes, Toddy, Linda y yo bailábamos al ritmo de músicos como
            James Brown, The Shirelles y Hank Ballard & The Midnighters. Con
            toda modestia puedo decir que éramos tan buenos en la pista de baile
            como lo habíamos sido en el campo de batalla.
            Yo dibujaba, bailaba y escribía poemas. No tenía talento, pero era
            imaginativa y mis profesores me animaban. Cuando gané un concurso
            patrocinado por la tienda de pinturas local Sherwin-Williams, mi
            obra se expuso en el escaparate y con el dinero del premio me compré
            una caja de pinturas al óleo. Arrasé bibliotecas y bazares en busca
            de libros de arte. Por aquel entonces se podían encontrar volúmenes
            bonitos por una miseria, y yo era feliz habitando en el mundo de
            Modigliani, Dubuffet, Picasso, Fra Angelico y Albert Ryder.
            Cuando cumplí dieciséis años, mi madre me regaló La fabulosa vida de
            Diego Rivera. Me quedé extasiada con el tamaño de sus murales, las
            descripciones de sus viajes y tribulaciones, sus amores y fatigas.
            Ese verano, conseguí un empleo en una fábrica no sindicada que
            consistía en inspeccionar manillares de triciclos. Era un lugar
            espantoso.

            




            .
           

http://www.youtube.com/watch?v=xxygqSTO1lQ 


http://www.youtube.com/watch?v=JA4gdljQg-w&list=PL740A349AE77435AE
 
http://www.youtube.com/watch?v=4Dp3KvKou9I