Hasta este preciso momento (Enero 2013) no reconozco en mi, esa iluminada advertencia de haberme dado cuenta, que todo lo comprendiste o que por lo menos, entendías acerca de lo que escribías..., pero por sobre todo, de lo que hacías aquí...
"Éramos unos niños"
por Patti Smith
La cantante Patti Smith, ganó el Premio Nacional de literatura de
EE.UU. por el libro "Just Kids", (Éramos unos niños) un libro de
memorias en el que relata la historia de amistad que unió a
Mapplethorpe y Patti Smith contada por ella misma. Nacida en Chicago
en 1946, Smith saltó a la fama durante el movimiento punk con su
álbum debut Horses. La llamada «madrina del punk» aportó un punto de
vista feminista e intelectual al movimiento y se convirtió en una de
las artistas más influyentes dentro de la música rock, integrándola
con un estilo de poesía beat. Los inicios de su carrera estuvieron
marcados por su amistad con el fotógrafo Mapplethorpe con quien,
según ella, se casó para disimular su homosexualidad. Estas memorias
son un recorrido por las calles del Nueva York de finales de los
años setenta y principios de los ochenta, un mundo ya perdido donde
circulaban Allen Ginsberg o Andy Warhol y sus chicos, y donde se
creaban las grandes bandas de música que marcaron el fin del siglo
XX.
Todo el ingenio poético de la polifacética cantautora al servicio de
su recuerdo. Obra maravillosa que, más allá de una exaltación barata
de los días pasados, supone un canto a la vida y a la amistad,
ejemplificada en dos artistas que coincidieron en la bohemia new
yorkina cuando la gran manzana se convirtió en la capital mundial de
la cultura. Cruce de caminos entre muchos nombres que deja, como
legado, la moraleja de que en esta vida sólo mediante el amor
verdadero se alcanza la inmortalidad.
Eramos unos niños es una oda a Mapplethorpe, pero también es una
carta de amor al arte de los años setenta en Nueva York. Time Out
New York
Aquí puedes leer unas pocas páginas del Libro.
Cuando era pequeña, mi madre me llevaba de paseo por el parque
Humboldt, junto a la orilla del río Prairie. Tengo recuerdos
borrosos, semejantes a huellas dactilares en platos de cristal, de
un viejo cobertizo para barcos, una glorieta circular, un puente de
piedra con arcos. El río desembocaba en una vasta laguna y en su
superficie presencié un milagro singular. Un largo cuello curvo se
alzó de un vestido de plumas blancas.
«Cisne», dijo mi madre, percibiendo mi emoción. El ave golpeteó el
agua resplandeciente con sus grandes alas y alzó el vuelo.
La palabra en sí apenas dio fe de su grandeza ni transmitió la
emoción que me produjo. Su imagen me generó un deseo para el que no
tenía palabras, un deseo de hablar del cisne, de decir algo acerca
de su blancura, la naturaleza explosiva de su movimiento y la
lentitud con que había batido las alas.
El cisne se fundió con el cielo. Me esforcé por hallar palabras que
expresaran mi noción de él. «Cisne», repetí, no enteramente
satisfecha, y sentí un cosquilleo, un anhelo curioso, imperceptible
para los transeúntes, mi madre, los árboles o las nubes.
Nací un lunes, en el North Side de Chicago durante la gran nevada de
1946. Me adelanté un día, porque los niños nacidos en la víspera de
Año Nuevo salían del hospital con un frigorífico nuevo. Pese a sus
esfuerzos por no dejarme salir, mi madre comenzó a tener fuertes
dolores de parto mientras el taxi atravesaba a paso de tortuga la
ventisca que azotaba el lago Michigan. A decir de mi padre, nací
larga, flaca y aquejada de bronconeumonía, y él me mantuvo con vida
sosteniéndome sobre una bañera humeante.
Me siguió mi hermana Linda, que también nació durante una nevada en
1948. Por necesidad, me vi obligada a despabilarme muy pronto.
Mi madre planchaba para otros mientras yo permanecía sentada en las
escaleras de nuestra pensión, esperando al heladero y los pocos
carros de caballos que aún quedaban. El heladero me daba pedacitos
de hielo envueltos en papel de estraza. Yo me metía uno en el
bolsillo para mi hermana menor, pero, cuando más adeante iba a
sacarlo, descubría que ya no estaba.
Al quedarse mi madre embarazada de mi hermano, Todd, abandonamos
nuestro estrecho alojamiento de Logan Square y nos mudamos a
Germantown, en Pensilvania. Durante los años siguientes, habitamos
en viviendas temporales para militares y sus hijos: barracones
encalados con vistas a un campo abandonado rebosante de flores
silvestres. Lo llamábamos La Parcela y en verano los adultos
charlaban, fumaban y se pasaban jarras de vino de diente de león
mientras los niños jugábamos. Mi madre nos enseñó los juegos de su
infancia: las estatuas, el Martín pescador y Simón dice. Hacíamos
guirnaldas de margaritas para adornarnos el cuello y la cabeza. Por
la noche, recogíamos luciérnagas en botes de conserva, les
extraíamos la luz y nos hacíamos anillos.
Mi madre me enseñó a rezar; me enseñó la oración que su madre le
había enseñado a ella. Now I lay me down to sleep, I pray the Lord
my soul to keep: «Ahora que me acuesto, ruego al Señor que vele por
mi alma». Al anochecer, me arrodillaba delante de mi camita mientras
ella, con su omnipresente cigarrillo, me escuchaba recitarla. Nada
me gustaba más que decir mis oraciones, pero aquellas palabras me
inquietaban y la acosaba a preguntas. ¿Qué es el alma? ¿De qué color
es? Yo sospechaba que mi alma, como era traviesa, podía escabullirse
mientras soñaba y no regresar. Hacía todo lo posible por no quedarme
dormida, para mantenerla dentro de mí, donde debía estar.
Quizá para satisfacer mi curiosidad, mi madre me apuntó a
catequesis.
A fuerza de repetir aprendíamos versículos de la Biblia y las
palabras de Jesús. Después nos colocaban en fila y nos recompensaban
con una cucharada de miel. Solo había una cuchara para servir a un
montón de niños con tos. Yo rehuía la cuchara de forma instintiva,
pero enseguida acepté la noción de Dios. Me gustaba imaginarme una
presencia por encima de nosotros, en continuo movimiento, como
estrellas líquidas.
No satisfecha con mi oración infantil, pronto pedí a mi madre que me
dejara inventar las mías. Fue un alivio no tener que seguir
repitiendo las palabras If I should die before I wake, I pray the
Lord my soul to take y poder expresar, en cambio, lo que tenía en el
corazón. Acostada en mi cama junto a la estufa de carbón, me sentía
libre para murmurar largas cartas a Dios. No dormía mucho y debí de
irritarlo con mis interminables promesas, visiones y proyectos.
Pero, conforme pasó el tiempo, terminé experimentando una clase
distinta de oración, una oración silenciosa que requería escuchar
más que hablar.
Mi riachuelo de palabras se disipó en una compleja noción de
expansión y alejamiento. Fue mi entrada en el fulgor de la
imaginación.
Aquel proceso se acentuó con los estados febriles debidos a la
gripe, el sarampión, la varicela y las paperas. Contraje todas
aquellas enfermedades y, con cada una, tuve el privilegio de
alcanzar un nuevo grado de conciencia. En profunda comunión conmigo
misma, mientras la simetría de un copo de nieve giraba sobre mí y se
intensificaba a través de los párpados cerrados, accedía a una
visión del más alto valor, un fragmento del calidoscopio celestial.
Poco a poco, mi amor por los libros fue desbancando mi amor por la
oración. Me quedaba sentada a los pies de mi madre, viéndola tomar
café y fumar con un libro en el regazo. Su ensimismamiento me
fascinaba.
Aunque aún no iba a la guardería, me gustaba mirar sus libros,
acariciar las páginas y levantar el papel de seda que protegía los
frontispicios.
Quería saber qué contenían, qué captaba tanto su atención.
Cuando mi madre descubrió que había escondido su tomo carmesí de El
libro de los mártires de John Foxe debajo de mi almohada, con la
esperanza de absorber su significado, se sentó conmigo y comenzó el
laborioso proceso de enseñarme a leer. Con sumo esfuerzo, pasamos de
la mamá Gansa a los cuentos de Dr. Seuss. Cuando ya no necesité más
instrucción, me permitía unirme a ella en nuestro duro sofá mientras
leía Las sandalias del pescador y Las zapatillas rojas.
Leer me apasionaba. Anhelaba leerlo todo, y lo que leía me creaba
nuevos anhelos. A veces me iba a África y ofrecía mis servicios a
Albert Schweitzer o, engalanada con mi gorro de piel de mapache y mi
polvorera de cuerno, defendía al pueblo como Davy Crockett. Podía
escalar el Himalaya y vivir en una cueva donde haría girar una rueda
de oración para mantener la tierra en movimiento. Pero la necesidad
de expresarme era mi deseo más fuerte, y mis hermanos fueron los
primeros que conspiraron conmigo para sacar partido a mi
imaginación. Escucharon atentamente mis historias, se prestaron a
actuar en mis obras de teatro y combatieron en mis guerras con
arrojo. Con ellos de mi parte, cualquier cosa parecía posible.
En los meses de primavera, estaba enferma a menudo y me vi obligada
a guardar cama mientras oía jugar a mis camaradas al otro lado de la
ventana. En los meses de verano, los más pequeños me informaban de
cuánta parte de nuestro campo sin arar habíamos ganado al enemigo
mientras yo seguía enferma. Perdimos muchas batallas en mi ausencia,
y mis cansadas tropas se reunían alrededor de mi cama para que yo
las bendijera con nuestra biblia infantil, Jardín de versos para
niños de Robert Louis Stevenson.
En invierno, construimos fuertes en la nieve y yo capitaneé nuestra
campaña, trazando mapas y elaborando estrategias de ataque y
retirada.
Libramos las guerras de nuestros abuelos irlandeses. Entre naranjas
y verdes. Íbamos de naranja, pero desconocíamos su significado. Solo
era nuestro color. Cuando la atención decaía, yo instauraba una
tregua y visitaba a mi amiga Stephanie. Se estaba recuperando de una
enfermedad que yo no comprendía, una forma de leucemia. Era mayor
que yo.
Debía de tener doce años, mientras que yo tenía ocho. Yo no tenía
mucho que decirle y puede que no le fuera de mucho consuelo, pero
ella parecía disfrutar con mi compañía. En realidad, creo que lo que
me inducía a visitarla no era mi buen corazón, sino mi fascinación
por sus cosas. Su hermana mayor colgaba mi ropa mojada y nos traía
una bandeja con chocolate caliente y galletas. Stephanie se
recostaba en un montículo de almohadones y yo le contaba cuentos y
le leía tebeos.
Me maravillaba su extensa colección de tebeos, fruto de una infancia
pasada en la cama, que incluía todos los números de Superman , La
pequeña Lulú , Classic Comics y House of Mystery. Su vieja caja de
puros contenía todos los colgantes clásicos en 1953: una ruleta, una
máquina de escribir, una patinadora sobre hielo, el caballo rojo
alado de Exxon Mobil, la torre Eiffel, una zapatilla de bailarina y
colgantes con la forma de los cuarenta y ocho estados de Estados
Unidos. Nunca me cansaba de jugar con ellos y en ocasiones, si tenía
alguno repetido, Stephanie me lo regalaba.
Yo tenía un escondite secreto cerca de mi cama, bajo las tablas del
suelo. En él guardaba mi alijo, lo que ganaba jugando a las canicas,
cromos, objetos religiosos que rescataba de cubos de la basura
católicos: viejas estampas, raídos escapularios, santos de escayola
con las manos y los pies mellados. Metía allí el botín de Stephanie.
Algo me decía que no debería aceptar regalos de una niña enferma,
pero yo lo hacía y los escondía, un poco avergonzada.
Había prometido visitarla el día de San Valentín, pero no lo hice.
Mis deberes como general de mi ejército de hermanos y niños del
vecindario eran agotadores y había mucha nieve que franquear. Fue un
invierno crudo el de aquel año. Al día siguiente, abandoné mi puesto
para pasar la tarde con ella y tomar chocolate caliente. Stephanie
estuvo muy callada y me suplicó que me quedara aunque se durmiera.
Hurgué en su joyero. Era de color rosa y, cuando lo abrías, una
bailarina daba vueltas como el hada de los confites. Dentro, había
un alfiler de una patinadora y me fascinó tanto que me lo metí en la
manopla.
Me quedé sentada junto a Stephanie durante mucho rato, paralizada, y
me marché con sigilo mientras dormía. Guardé el alfiler en mi
escondrijo.
Esa noche, mis remordimientos por lo que había hecho me despertaron
muchas veces. Por la mañana, estaba demasiado enferma para ir a
clase y me quedé en la cama, atormentada por la culpa. Prometí
devolver el alfiler y pedirle perdón.
Al día siguiente era el cumpleaños de mi hermana Linda, pero no hubo
ninguna fiesta en su honor. El estado de Stephanie se había agravado
y mis padres fueron a donar sangre al hospital. Cuando regresaron,
mi padre estaba llorando y mi madre se arrodilló junto a mí para
decirme que Stephanie había muerto. Su dolor enseguida se trocó en
preocupación cuando me tocó la frente. Yo tenía muchísima fiebre.
Pusieron nuestro piso en cuarentena. Había contraído la escarlatina.
En los años cincuenta, era una enfermedad muy temida porque a menudo
evolucionaba en una forma mortal de fiebre reumática. Pintaron de
amarillo la puerta de nuestro piso. Confinada en la cama, no pude
asistir al funeral de Stephanie. Su madre me trajo montones de
tebeos y la caja de puros que contenía sus colgantes. Ahora que
tenía todos sus tesoros, estaba demasiado enferma para mirarlos
siquiera. Fue entonces cuando conocí el peso del pecado, incluso de
un pecado tan nimio como robar un alfiler de una patinadora.
Reflexioné sobre el hecho de que, por muy buena que ansiara ser,
jamás obtendría el perdón de Stephanie. Pero, mientras estuve en
cama noche tras noche, se me ocurrió que a lo mejor era posible
hablar con ella rezándole o, al menos, pedir a Dios que intercediera
por mí.
A Robert le fascinaba aquella historia y, a veces, en un domingo
frío y lánguido, me suplicaba que se la volviera a contar. «Quiero
volver a escuchar la historia de Stephanie», decía. Yo no omitía
ningún detalle en las largas mañanas que pasábamos bajo las mantas
entreteniéndonos con las historias de mi infancia, con sus pesares y
su magia, para intentar olvidar el hambre. Y siempre, cuando llegaba
a la parte en que abría el joyero, él gritaba: «Patti, no.».
Solíamos reírnos de cuando éramos pequeños. Decíamos que yo había
sido una niña mala que intentaba ser buena y él un niño bueno que
intentaba ser malo. A lo largo de los años, aquellos papeles se
fueron invirtiendo hasta que terminamos aceptando nuestra doble
naturaleza.
Albergábamos principios opuestos, luz y oscuridad.
Yo era una niña soñadora y sonámbula. Irritaba a mis profesores con
mi precoz capacidad lectora unida a una incapacidad para aplicarla a
nada que ellos consideraran práctico. Todos acababan diciendo que
fantaseaba demasiado, que siempre tenía la cabeza en otro sitio. No
sé dónde estaría ese sitio, pero yo a menudo terminaba en el rincón,
sentada en una banqueta a la vista de todos con un sombrero cónico
de papel.
Más adelante, hice a Robert dibujos grandes y muy detallados de
aquellos cómicos momentos de humillación. Él disfrutaba con ellos y
parecía valorar todas las cualidades que repugnaban a otros o los
alejaban de mí. A través de aquel diálogo visual, mis recuerdos de
infancia se hicieron suyos.
Me disgusté cuando nos echaron de La Parcela y nos vimos obligados a
hacer las maletas para comenzar una nueva vida en el sur de Nueva
Jersey.
Mi madre tuvo su cuarto hijo, una niñita enfermiza pero alegre
llamada Kimberly a cuya crianza contribuimos todos. Yo me sentía
aislada y desconectada en los humedales, melocotonares y granjas
porcinas circundantes. Me sumergí en los libros y en el proyecto de
una enciclopedia de la que solo redacté la entrada para Simón
Bolívar. Mi padre me inició en la ciencia ficción y, durante un
tiempo, lo acompañé al salón de baile country local, desde donde
buscaba ovnis en el cielo mientras se cuestionaba el origen de
nuestra existencia.
Cuando tenía apenas once años, nada me complacía más que dar largos
paseos con mi perro por el bosque circundante. Había arísaros,
mirtos y col fétida por doquier, brotando de la roja tierra
arcillosa. Yo buscaba un buen sitio para estar un poco en soledad,
para detenerme y apoyar la cabeza en un tronco caído junto a un
arroyo repleto de renacuajos.
En verano, con mi hermano y leal teniente Todd, reptábamos por los
polvorientos campos próximos a las canteras. Mi obediente hermana
estaba en su puesto, lista para vendarnos las heridas y darnos de
beber con la cantimplora del ejército de mi padre.
En un día así, cuando regresaba renqueando a la retaguardia bajo un
sol de justicia, mi madre me abordó.
-¡Patricia -me reprendió-, ponte una camiseta!
-Hace demasiado calor -me quejé-. Nadie más lleva camiseta.
-Haga o no calor, ya es hora de que empieces a ponerte camiseta.
Estás a punto de convertirte en una señorita.
Yo protesté con vehemencia y anuncié que no iba a convertirme nunca
en nada salvo en mí misma, que pertenecía al clan de Peter Pan y
nosotros no nos hacíamos adultos.
Mi madre ganó la discusión y me puse la camiseta, pero no puedo ni
decir lo traidora que me sentí en aquel momento. Observé tristemente
a mi madre mientras realizaba sus tareas femeninas, fijándome
en su voluptuoso cuerpo de mujer. Todo parecía ser contrario a mi
naturaleza.
El penetrante olor de su perfume y el color rojo de su barra de
labios, tan fuerte en los años cincuenta, me repugnaban. Ella era la
mensajera y también el mensaje. Aturdida y altiva, con mi perro al
lado, soñé con viajar. Con huir y alistarme en la Legión Extranjera,
con ser ascendida y atravesar el desierto con mis hombres.
Hallé consuelo en los libros. Curiosamente, fue Louisa May Alcott
quien me procuró una perspectiva positiva de mi destino como mujer.
Jo, la chicazo de las cuatro hermanas March en Mujercitas , escribe
para contribuir al sostén de su familia, que está pasando graves
apuros económicos durante la guerra de Secesión. Llena páginas
enteras de sus desordenados garabatos, más adelante publicados en la
sección literaria del periódico local. Ella me dio valor para
fijarme una nueva meta y pronto estaba ideando cuentecitos y
contando largos relatos a mis hermanos.
A partir de entonces, acaricié la idea de que un día escribiría un
libro.
Al año siguiente, mi padre hizo la excepción de llevarnos al Museo
de Arte de Filadelfia. Mis padres trabajaban mucho, y llevar a
cuatro niños a Filadelfia en autobús resultó caro y agotador. Fue la
única salida de aquella clase que hicimos en familia y la primera
vez que me encontré cara a cara con el arte. Sentí cierta
identificación física con los largos y lánguidos Modiglianis; me
conmovieron los elegantes bodegones de Sargent y Thomas Eakins; me
deslumbró la luz que emanaba de los impresionistas. Pero fueron las
obras de una sala dedicada a Picasso, de sus arlequines a su
cubismo, lo que más hondo me caló. Su confianza brutal me dejó sin
respiración.
Mi padre admiraba la calidad técnica y el simbolismo de la obra de
Salvador Dalí, pero no veía ningún mérito en Picasso, lo cual motivó
nuestro primer desacuerdo serio. Mi madre se ocupó de reunir a mis
hermanos, que estaban deslizándose por los impecables suelos de
mármol.
Sé que, mientras bajábamos la suntuosa escalera en fila india, yo
parecía la misma de siempre, una niña de doce años carilarga y
desgarbada.
Pero, en mi fuero interno, sabía que me había transformado,
conmovida por la revelación de que los seres humanos crean arte, de
que ser artista era ver lo que otros no podían ver.
Pese a mi deseo, nada me indicaba que tuviera vocación de artista.
Me imaginaba que sentía la llamada y rezaba para que así fuera. Pero
una noche, mientras veía La canción de Bernadette protagonizada por
Jennifer Jones, me fijé en que la joven santa no pedía tener
vocación religiosa.
Era la madre superiora quien ansiaba la santidad, aunque la elegida
fuera Bernadette, una humilde campesina. Aquello me preocupó.
Me planteé si estaba destinada a ser artista. No me importaban los
sufrimientos de tener vocación, sino carecer de ella.
Di un estirón. Medía casi un metro setenta y pesaba poco más de
cuarenta y cinco kilos. A los catorce años, ya no era comandante de
un ejército reducido pero leal, sino una adolescente delgaducha
marginada y ridiculizada por sus compañeros. Me sumergí en los
libros y el rock and roll, la salvación de los adolescentes en 1961.
Mis padres trabajaban de noche. Cuando terminábamos nuestras tareas
y deberes, Toddy, Linda y yo bailábamos al ritmo de músicos como
James Brown, The Shirelles y Hank Ballard & The Midnighters. Con
toda modestia puedo decir que éramos tan buenos en la pista de baile
como lo habíamos sido en el campo de batalla.
Yo dibujaba, bailaba y escribía poemas. No tenía talento, pero era
imaginativa y mis profesores me animaban. Cuando gané un concurso
patrocinado por la tienda de pinturas local Sherwin-Williams, mi
obra se expuso en el escaparate y con el dinero del premio me compré
una caja de pinturas al óleo. Arrasé bibliotecas y bazares en busca
de libros de arte. Por aquel entonces se podían encontrar volúmenes
bonitos por una miseria, y yo era feliz habitando en el mundo de
Modigliani, Dubuffet, Picasso, Fra Angelico y Albert Ryder.
Cuando cumplí dieciséis años, mi madre me regaló La fabulosa vida de
Diego Rivera. Me quedé extasiada con el tamaño de sus murales, las
descripciones de sus viajes y tribulaciones, sus amores y fatigas.
Ese verano, conseguí un empleo en una fábrica no sindicada que
consistía en inspeccionar manillares de triciclos. Era un lugar
espantoso.
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http://www.youtube.com/watch?v=xxygqSTO1lQ
http://www.youtube.com/watch?v=JA4gdljQg-w&list=PL740A349AE77435AE
http://www.youtube.com/watch?v=4Dp3KvKou9I