"La ingratitud"
por Charlotte Brontë
16 de marzo de 1842
Una rata, hastiada de la vida de las ciudades y de las cortes
(porque ya había jugado su parte en los palacios de los reyes y en
los salones de los grandes señores), una rata a quien la experiencia
había hecho sabia, en resumen, una rata que de cortesana se
convirtió en filósofa se había retirado a su casa de campo (un
agujero en el tronco de un olmo joven y grande), donde vivió como un
heremita devoto dedicando todo su tiempo y cuidado a la educación de
su único hijo.
La joven rata, quien todavía no había recibido aquellas severas pero
saludables lecciones que la experiencia da, era un poco irreflexiva,
los sabios consejos de su padre parecían aburrirlo, la sombra y la
tranquilidad de los bosques, en vez de calmar su mente, lo cansaban.
Creció impaciente por viajar y ver el mundo.
Una mañana, se despertó temprano, preparó una pequeña bolsa con
queso y granos y, sin decir ni una palabra a nadie, el ingrato
abandonó a su padre y a su casa paterna y partió hacia tierras
desconocidas.
Al principio todo le parecía encantador, las flores eran más
frescas, los árboles eran de un verde que él nunca había visto antes
en su casa, y también vio muchas maravillas: un animal con una cola
más larga que su cuerpo (era una ardilla), una pequeña criatura que
llevaba su casa en la espalda (era un caracol). Después de un par de
horas, se acercó a una granja, el olor de la cocina lo atraía, entró
en el corral y entonces vio una especie de pájaro mágico que estaba
haciendo un horrible ruido mientras marchaba con un aire temerario y
orgulloso. El pájaro era un pavo, pero la joven rata lo vio como si
fuera un monstruo, se asustó por su aspecto e inmediatamente huyó.
Llegando la noche, ingresó a un bosque, aburrido y cansado se sentó
a los pies de un árbol, abrió su pequeña bolsa, comió su cena y se
fue a dormir.
Al despertarse por el canto de la alondra, sintió sus miembros
entumecidos por el frío, su dura cama lo lastimaba; en ese momento
pensó en su padre, el ingrato se acordó del cuidado y la ternura de
la vieja rata buena, y formuló promesas vanas para el futuro, pero
era demasiado tarde, el frío congeló su sangre. La experiencia fue
para él como una amante austera, ella le dio una lección pero
también un castigo; estaba muerto.
Al día siguiente, un leñador encontró su cuerpo, lo vio como algo
asqueroso y lo pateó sin pensar que ahí yacía el ingrato hijo de un
amoroso padre.
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