miércoles, 16 de enero de 2013

Para vos Mary Sunshine:

 "La ingratitud"
            por Charlotte Brontë
               
             16 de marzo de 1842
            Una rata, hastiada de la vida de las ciudades y de las cortes
            (porque ya había jugado su parte en los palacios de los reyes y en
            los salones de los grandes señores), una rata a quien la experiencia
            había hecho sabia, en resumen, una rata que de cortesana se
            convirtió en filósofa se había retirado a su casa de campo (un
            agujero en el tronco de un olmo joven y grande), donde vivió como un
            heremita devoto dedicando todo su tiempo y cuidado a la educación de
            su único hijo.
            La joven rata, quien todavía no había recibido aquellas severas pero
            saludables lecciones que la experiencia da, era un poco irreflexiva,
            los sabios consejos de su padre parecían aburrirlo, la sombra y la
            tranquilidad de los bosques, en vez de calmar su mente, lo cansaban.
            Creció impaciente por viajar y ver el mundo.
            Una mañana, se despertó temprano, preparó una pequeña bolsa con
            queso y granos y, sin decir ni una palabra a nadie, el ingrato
            abandonó a su padre y a su casa paterna y partió hacia tierras
            desconocidas.
            Al principio todo le parecía encantador, las flores eran más
            frescas, los árboles eran de un verde que él nunca había visto antes
            en su casa, y también vio muchas maravillas: un animal con una cola
            más larga que su cuerpo (era una ardilla), una pequeña criatura que
            llevaba su casa en la espalda (era un caracol). Después de un par de
            horas, se acercó a una granja, el olor de la cocina lo atraía, entró
            en el corral y entonces vio una especie de pájaro mágico que estaba
            haciendo un horrible ruido mientras marchaba con un aire temerario y
            orgulloso. El pájaro era un pavo, pero la joven rata lo vio como si
            fuera un monstruo, se asustó por su aspecto e inmediatamente huyó.
            Llegando la noche, ingresó a un bosque, aburrido y cansado se sentó
            a los pies de un árbol, abrió su pequeña bolsa, comió su cena y se
            fue a dormir.
            Al despertarse por el canto de la alondra, sintió sus miembros
            entumecidos por el frío, su dura cama lo lastimaba; en ese momento
            pensó en su padre, el ingrato se acordó del cuidado y la ternura de
            la vieja rata buena, y formuló promesas vanas para el futuro, pero
            era demasiado tarde, el frío congeló su sangre. La experiencia fue
            para él como una amante austera, ella le dio una lección pero
            también un castigo; estaba muerto.
            Al día siguiente, un leñador encontró su cuerpo, lo vio como algo
            asqueroso y lo pateó sin pensar que ahí yacía el ingrato hijo de un
            amoroso padre.




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