sábado, 4 de octubre de 2014

Para vos Mary Sunshine...

En estos días del siglo XXI, el cielo umbrío, aterrador dpor el graznido de los buitres del Señor, el hacedor Señor del Capital omnipotente, fundador de parroquias, catedrales,con administración y gestión bancaria (que por nada del universo quieren liquidar impuesto a la ganancia alguna) simplemente (el Señor) se rasca el culo, se saca los mocos (como si tuviera un semáforo en rojo adelante) y todo continúa (a lo mejor un poquito alterado) desde el big bang hasta esta neblinosa realidad de los y las todos y todas...

jueves, 18 de septiembre de 2014

Para vos Mary sunshine… ¿seguís ahí? Estupidez humana. Humana sobra, realmente los únicos estúpidos son los hombres. Jules Renard (1864-1910) No existe excusa alguna que cueste verdaderamente la pena. Cierta vez afirmaste Bob Dylan que los tiempos estaban cambiando, que los Senadores y Concejales de la Patria habrían de sucumbir a la nueva época, que los padres y las madres debían hacerse a un costado si no iban acompañar al cambio… y todo fue nada más y nada menos que un baladí e imperceptible soplido en el viento. Tengo conciencia de que siempre estás, pero el ocaso secular de esta sociedad, está infectado de pisaverdes siluetas. Nada puede ser igual que en el pasado. El informático y globalizado presente es la criatura no deseada, fruto de una sado masoquista cópula que parió una chapucera revolución. Ya no hay suficiente fuerza ideológica ni de ardor político, para enfrentar, para estrellar el disparo del fusil cargado con proyectiles de dignidad, al mismo entrecejo de la bestial estupidez neoliberal. Ya no hay próceres de hueso y carne en esta Nación, solo perviven los de bronce y mármol. Solo vastas sombras populares de desorientados vencidos, corretean tal cual estólidos consumidores, en la metálica jungla de la economía popular de mercado, nueva esperanza emancipadora de las Democracias tuteladas. Bien sabes que por ello, que los desaparecidos muertos forzadamente no tendrán el beneficio divino de la Resurrección. No es de un buen Dios olvidar, conmutar, condonar, la afrenta infringida a los Hijos Uniformados por Él elegidos. Nos hemos quedado sin respirar justicia social y encerrados en el hospicio definitivo de la derrota, observando el afuera por entre los barrotes putrefactos de los días y las noches de vacíos ideales. Lo que debió ocurrir y aunque no haya sido, sucederá adelante nuestro, muy adelante y muy a pesar del progresismo neodesarrollista. Dylan, creíste profético e inexorable que los tiempos cambiaban. Tu idealidad poética vertiginosa y anfetaminizada, quizá no supo, no pudo expresar con tu negra guitarra que seríamos inevitablemente vencidos por los sandios curas y militares anaeróbicos, servidumbre absurda del cibernético Dios, que eructa capitalismo por sus ojos todopoderosos. En realidad Dylan, los tiempos han cambiado. No están aquellos de las ensoñaciones revolucionarias de adolescentes politizados y discutidores de todo lo absoluto, hoy habitamos meramente sin ellos, en el exilio coercitivo aldeano de la Patria de los vencedores. Disciplinados nos sentamos a la mesa del Lobo comisarial y penitenciario y nuestra apretada Libertad es condicional, aun para la política conciliadora empresarial & sindical de los burócrata acomodadizos. las consignas revolucionarias de tu armónica sureña, han sido almacenadas en prolijas ediciones para el ojo lector de un rayo láser, complejísimo evangelio para un nuevo mundo on line. En medio del reinado neoliberal y en el ocaso belicista y bruñido del siglo XX, ya no hay más poemas ni profetas de tu catadura. En las canciones que vociferan por la radio, ni siquiera un exiguo resplandor de esperanza vislumbran en mi conciencia, para mi imaginación virulenta. Dylan, es verdad, seguí tu opinión poética y política acerca de los señores de la guerra en The Freewheelin'; escuché tus campanadas de libertad en Another Side Of Bob Dylan; en The Times They Are a-Changin' me convenciste que los tiempos realmente estaban cambiando porque afuera bramaba la batalla; por tu Bringing It All Back Home, deduje sobre el frenesí homicida con la que se regresaba de Vietnam, al hogar enfangado de sus moradores, que exhiben no sin un cierto orgullo patrio, el absolutismo de lo políticamente correcto de que todo esté en su debido sitio; aunque nos abandonaste (¿sin quererlo?) en tu calle de la desolación; atónitos como millones de Hendrix, como una sideral constelación de Zappa, nos quedamos tiesos evocando a esa hija multimillonaria, que rodaba por la marginalidad de la miseria juvenil como una rolling stone, a la cual la acosabas con tu persecuta irónica: How does it feel/How does it feel/To be without a home/Like a complete unknown/Like a rolling stone?. en Highway 61 Revisited. Claro que intuí tu querer abandonarlo todo en blonde on Blonde. ¿Habrá sido la Baez te hizo dudar, por eso de Visions of Johanna?: “But there's nothing, really nothing to turn off/just Louise and her lover so entwined/and these visions of Johanna/that conquer my mind”. Por supuesto que sí Dylan, desde algún sitio apoltronado en lo más alejado del infierno terrible del genocidio, perpetrado (desde el principio) por sacerdotes inmisericordes, militares de cerebro agusanado, banqueros purulentos, terratenientes aleves, políticos felones, sindicalistas chivatos, es dable imaginar lo posible que cruzó por las puerta perceptivas de Lennon, de un mundo sin paraíso, sin infierno, con solo el cielo por encima de la cabeza, un mundo sin avaricias, sin guerras, siempre en paz, sin propiedad privada, sin religiones, sin partidos políticos, pero lo dudo Dylan definitivamente, la viscosa duda, me señala con su certero e implacable índice, que nunca, nunca seremos uno, como tantos jóvenes (como Lennon) deseamos para este mundo, aun controlados por tarados (Masters ofWar) siniestros imbéciles acodados sonrientes en el mostrador pringoso de la TV/HD, engalanados con sus trajes de alta costura, con sus corbatas de seda india o italiana, con sus automóviles de altísima gama, con chapas de identificación blancas o del Poder Judicial de la Nación, tramando buenos negocitos con los genuinos dueños de la patria de Dios: los terratenientes latifundistas y su Jefe, el cerdo Napoleón (el de la granja de Orwell), el Ministro de Economía del sanguinario cristiano católico y genocida Videla: *EL PAIS › EL TESTIMONIO DE UNA EXPERTA DEL EAAF SOBRE EL CRIMEN DE OLGA NOEMI CASADO "Al menos seis impactos de bala" En el juicio por los delitos de lesa humanidad cometidos en La Cacha, Patricia Bernardi, del Equipo de Antropología Forense, explicó que Casado "fue asesinada el 1º de marzo de 1978", cuando tenía 17 años y estaba embarazada. Dylan tu fantasmagórica Desolation row, en absoluto fue el anticipado grafiti con el rostro ratero en blanco y sangre de Videla con la cruz y el crucifijo, violando mujeres adolescentes, indefensas, metiéndoles sus maculadas manos en sus vaginas, para robarles sus hijos por nacer o recién nacidos, que las monjitas luego colocarían en familias bien de la policía o de los camaradas de armas, que viva y desinteresadamente guerreaban contra el marxismo invasor, predador de los santos evangelios que protegían los cielos inmaculados de su argentino pueblo elegido, pero que no reaseguraban sus patas obreras sobre las estancias y su renta extraordinaria agraria de la bendita Sociedad rural Argentina (SRA, patriótica & arcángel gendarme y custodio de la santa propiedad privada). ¿Qué cambió Dylan en Desolation Row nacional y popular? Si solo palabrejas panfletarias, urdidas y tejidas burdamente en noches decadentes de miserabilidades alcohólicas, van queriendo tronar en la atmósfera de la derrota (la Democracia new age de 1983) sin darnos cuenta que su pólvora está vencida o humedecida, que no pronunciamos ayer y que hoy nos completan y nos inundan la bocaza (y a los diarios del neo progresismo también) que hace cierta tu visión fosca que Videla es un ciego hipnotizado en el circo anti vital del capitalismo gerencial de Kisinger, el tétrico equilibrista, el cual o sujeta lúbrico de sus charreteras entorchadas y de a poco le va bajando los calzoncillo, al igual que a Argentina, la novedosa Cenicienta disoluta (como el Chile de Pinochet, de la Democracia Cristiana) de la universal década infame de Sudamérica, en donde Dylan, tu hierática A hard rain’s a-gonna fall, el jovencito de ojos azules, narra el aguacero de sangre popular abatiéndose sobre la supra Nación del Ingenio Ledesma. * Hilda Figueroa: me estremeció la mujer Hilda Figueroa, que permanece con custodia de gendarmería debido a las amenazas y agresiones recibidas por su importancia en el proceso contra Blaquier y Lemos, es egresada de la Escuela Normal del Libertador, ex estudiante de Abogacía en Tucumán, sobreviviente de la poliomielitis desde su infancia, sobreviviente de la Noche del Apagón y sostenedora de un Centro de Cuidado Infantil desde hace 25 años en el pueblo del Libertador. Su casa está en un barrio sencillo y es una de las mujeres más corajuda, inteligente y con capacidad de liderazgo que el periodista responsable de esta investigación haya conocido. “El 20 de julio del 76, junto a mi hermana, discapacitada también por la poliomielitis, dejamos a mi madre en el bus donde viajó a Tucumán a visitar a mi hermana mayor”, relató Hilda. “De regreso a Calilegua a casa de mi abuela y con mi hermana menor en el vehículo conducido por un amigo de la familia advertimos todas las luces apagadas. Con los focos del auto logramos ver a los soldados separados cada tres metros, apostados a cada lado de la única calle de ingreso a Calilegua y con sus fusiles apuntando a los que íbamos por la vía, mientras otros militares sacaban a la gente de sus casas, especialmente a los varones. Todos eran vecinos y conocidos nuestros. Muchos de ellos hoy son detenidos desaparecidos y otros no quieren hablar sobre lo ocurrido. En el camino se cruzaron camionetas de la empresa de Ledesma, fácilmente reconocibles porque sólo ellas portaban radio. Ningún transporte era militar. A 4 casas del hospital vivíamos nosotras. Justo cuando pasamos por el hospital, dieron la electricidad. Nuestra casa estaba abierta (yo pensé que la estaban robando), y antes de parar el coche ya habíamos sido rodeados. Abrieron las 4 puertas, sacaron al conductor, a mi hermana y mí a rastras. Nos arrojaron al suelo y a mi hermana que gritaba le taparon la boca con un arma, y a mí me vendaron. Mis familiares muchos después nos contaron que cuando escucharon los gritos intentaron traspasar el grupo militar, de gendarmes y policías del pueblo, sin éxito. Ya nuestra vivienda había sido destruida completamente hacía unos minutos. De hecho, fue la única casa tiroteada de toda la zona y aún conserva esas marcas.” -¿Y por qué ustedes? “Eso me gustaría saber. Además, todo el mundo estaba al tanto de que nosotras éramos discapacitadas.” Lo anterior y muchos detalles con nombre y apellidos, fueron ofrecidos por Hilda en su calidad de primera testigo-víctima del Apagón en el primer juicio que se hizo en Jujuy sobre la desaparición del maestro Julio Álvarez García. “A él yo lo conocía como empleado no docente de la Facultad de Derecho en Tucumán. Nunca supe de su militancia montonera. Yo fui de aquellas estudiantes que únicamente me dedicaba a sacar mi carrera, tal como me lo ordenó mi madre siempre. De hecho, el 23 de marzo de 1976, a horas del golpe, yo estaba preparada para rendir un examen”, siguió Hilda. El caso de Julio Álvarez corresponde sólo a una de las causas de esa noche espantosa. -¿Cuál fue el mapa represivo que sufriste? “Las fuerzas conjuntos me levantaron a minutos del 21 de julio de 1976. Junto a mi hermana (ambas éramos menores de edad) nos subieron a una camioneta. Yo me encontraba en pleno proceso de rehabilitación y recién me habían quitado una bota de yeso y sólo llevaba bastón. Bajaron a mi hermana y a mí me trasladaron a la seccional de la policía local de Calilegua. Me colgaron el número 85 y me arrojaron inmediatamente a un lugar muy amplio, como un camión, donde había una buena cantidad de cuerpos. Allí reconocí algunas voces, entre quejidos y golpes. El vehículo se puso en marcha hacia el ingenio Ledesma del Libertador y se detuvo en la gendarmería que había en su interior, hoy seccional Ledesma. En tanto fui trasladada al centro clandestino de Guerrero (a casi 20 kilómetros de la capital provincial de Jujuy, San Salvador), fueron bajando en distintos vehículos a los detenidos en diversos lugares de reclusión. En Guerrero existían tres hosterías. Sólo hace unos años supe que entonces pertenecían al gobierno provincial de Jujuy. Yo conocía ese lugar muy bien, entre muchas cosas, porque participé de niña en un retiro espiritual de las monjas. En septiembre del 76 ese sitio fue convertido en escuela de policía. Allí fui torturada, violada, interrogada, flagelada sistemáticamente. El 28 de julio, día de la gendarmería nacional, me llevaron a la cocina para hacer las empanadas de su fiesta, pero yo no sabía cerrarlas. No eran gendarmes cualquieras, eran cabos y suboficiales. Cuando se percataron de mi incapacidad para terminar las empanadas, me trasladaron a una especie de cucheta y me violaron entre varios. Días después, en la locación en que me encontraba con otras chicas, me atacó sexualmente otro policía. Como por las vejaciones previas se me habían soltado las amarras de las muñecas, logre zafar una mano y con ella le toqué la cara al hombre. Esa es la única cara que reconozco entre tantos ultrajes; el único policía al que acuso con absoluta propiedad y del cual tengo su nombre. Se trataba de un policía de la provincia que trabajaba en Calilegua, Bernardo Salinas.” Hilda no se quiebra, ya no llora. Hilda desarma a los fantasmas del horror con su vocación de justicia inenarrable. Después de Guerrero, Hilda fue transportada a la cárcel de Gorriti de Jujuy. Fue puesta en libertad el 26 de noviembre de 1976. Su memoria en acción pulveriza el miedo y aviva las convicciones. Blaquier, a cuchillazos dolarizados ha retardado su proceso judicial y su castigo. En la voluntad de los hombres y de las mujeres en movimiento están las fuerzas necesarias para que la palabra justicia tenga otra vez sentido. ¡Oh Dylan, cuántas cosas pasaron por Desolation row! ¡Bien argenta & popular! Argentina, la Cenicienta disoluta de los postreros años 90, con las manos puestas en los bolsillos traseros cual pos moderna Bette Davis, preñada de brillantes horteras que dispensaban la dorada tarjeta de crédito del FMI del exclusivo club de Wall Street y del no menos excluyente Banco Mundial, a quienes le debemos ¡ffor ever!) sus serviciales servidores y aplicados pagadores seriales (¡sin haber consumido una sola gota de agua en la festichola bneo liberal!) astronómicas sumas dinerarias (plus valía) que a medida que la Democracia representativa se afianza, se consolida, se profundiza, que los partidos políticos y sus sacerdotes de jackets Armani y corbatas de seda, van echando cicateras raíces institucionales, con el celestial mantra de la civilización y el progreso, aquella inmensurable suma adeudada a un grupúsculo financiero global, sin rostros ni apellidos, se hace más y más incontrolable e infinito. ¡Oh Dylan! ¡Qué gran festichola en Desolation Row! ¡bien argenta, nacional y popular! (1989-2001) ¡Todos, todas subidos al tren fantasma de el optimismo democrático en la patria financiera! (por una vez en la vida, por única y definitiva vez en la vida de Dios y de Argentina, estábamos nivelado con la sociedad del bienestar suizo-escandinavo) ¡a la mierda con el marxismo ateo! ¡a la mierda con el comunismo! ¡Gracias videla! ¡Gracias Primatesta! (si no hubiese sido por vos Pío Lagui) (por suerte nadie votó al comunismo) (¡Dios vive! ¡Ganó la revolución productiva! ¡el salariazo!). Todos, todas pudimos vociferar al planeta: ¿Cristo vence! ¡Saved $ King! ¡Detención forzoza! ¡Tortura y desaparición! ¡al socialismo soviético! ¡Empalamiento y muerte al ateísmo marxista!! (se les escuchaba a los arcángeles pos modernos, los monjes financieros de Chicago, de Harvard, pero meros lúmpenes nazionales & populares de las pampas autóctonas y bien sudacas). Otra vez Argentina (la Cenicienta disoluta) barría las azarosas aceras de la patria de Dios, semioculta adentro de las sombrías jornadas estivales (diciembre 2001) en la calle inaplazable: Desolation row que sospechaste dylan (por algo sos el bisutero de la desvanecida revolución juvenil sesentista) sin embargo, no entreviste la huída villana presidencial, dejando muertos y más muertos bajo sus suelas de marica ventajero, que al mimísimo Caín le hubiese inspirado su vómito canallesco (sobradamente justificado). A esa altura a la Cenicienta disoluta (Argentina) poco y nada le quedaba por vindicar; su desestatificada dignidad y honra, yacía en el porcal de los inmutables y cejijuntos hombres de negocios (tan ensalzados por partidos políticos & periodistas de lo establecido) que la obviedad de la compunción, ridícula e infeliz, se puso en las pantallas de la TV mierdosa (la habitual) encuadrada en el centro de las desproporciones maniqueas de un simiesco reality show, haciendo más equívoco desigualar lo real de lo realista. Allí quedaron congelados Dylan, en la Plaza de Mayo (Desolation row) la Cenicienta disoluta (argentina) con Caín y Abel, con el jorobado de Notre-dame, todos, todas queriendo coger con Ofelia de solo veintidós años…, que ni si quiera Einstein disfrazado de Robin Hood, tocando el violín eléctrico, podía asir (a ella y a los demás) del imponente océano de sangre bajo las patas de los caballos (fotograma redundado el 26 de junio de 2002 en el puente Avellaneda) funeral film dirigido y orquestado por el Dr. Filth (Senador a cargo de la vacancia presidencial) y sus adláteres: el Bigoty´Bigotón y el Kapitán Coqui.

Para vos Mary Sunshine... ¿seguís ahí?

Para vos Mary Sunshine...

miércoles, 9 de julio de 2014

Para vos Mary sunshine...





Viejos y cansados Blues, arrastrando va el olvido, entre negras nubes de otoño, que lentamente van cercando la voluntad. Claro, ya no sabrás de mi voz y menos sabré de tu inconsciencia, trotando de botella en botella, con la desesperación desenfrenada de la soledad, cuando el alarido de tu caballo de terciopelo, estalla en los suburbios.

Huir, huir sin caminos, hundido en la grieta de mi triturado hogar, me va indicando con estupefacción, los ojos vacíos de un saxo tenor, que abandonaste en mis entrañas resecas.

Hoy ya no es lo mismo que ayer, cuando mis pasos fueron seguros y mis dibujos bop, eran la violenta ensoñación emocional del saxo, con la cual deseaba atrapar tus ideales; aunque ahora no estés dentro de mis ojos, la separación no es vacía, casi siempre una presencia amiga, hasta mí trae algo de tu vida.

Te he desalojado de mi mente, pero nunca lo haré del corazón, eso me ayuda a continuar buscando, aunque en verdad, no entienda qué es lo que encuentro.

Siento orgullo por la vida oscura de los blues que en mí pusiste, para desterrar la vocinglería idiota de la luz blanca que enceguece el ánimo.

Sé que estaremos siempre juntos, vos allí, yo no sé dónde, seguro que buscando salir de la insatisfacción de que nada se asemeje a tus sueños.

A veces creo encontrar la medida exacta de los seres, de las cosas, entre las colmadas copas de vino oscuro, entre las promiscuas espitas de la muchedumbre maloliente a Revolución, dándome cuenta entonces, impregnado de un soso estupor, que tampoco estás ahí.

Siento que jamás has de olvidar, que muchas veces debí ocultarme de tu insaciable mente desequilibrada, que me empujaba inconsciente al blues; cuando en las noches de tu desasosiego, me hundías en tu tóxico río de delirios, poniendo del revés a mi corazón, que cada vez con más fuerzas te deseaba.

Debí hacerte a un costado para quitarte de mi piel, sintiendo que indeleble estarías cada día y noche de mi futuro.

Nada cambia reemplazando tu ausente figura, por más que siga invocando a tu Blues, para que me traiga las descontroladas noches cool de ayer, cuando éramos lo que hoy no somos.

Ya no estaré más en tu mirada, me dejaste en la cárcel de tu Blues, aunque ya ni recuerdes que fui a tu lado por casualidad...

De * Lester Young a * BILLIE HOLIDAY.

(Julio 1997)

* Lester Young (Woodville, Misisipi, EEUU, 27 de agosto de 1909 - Nueva York, EEUU, 15 de marzo de 1959).
Apodado Pres o Prez por Billie Holiday.

* Eleanora Fagan Gough (Filadelfia, 7 de abril de 1915 - Nueva York, 17 de julio de 1959).

Para vos Mary Sunshine...

miércoles, 26 de febrero de 2014



Para vos Mary Sunshine


A Francisco


(… a los que le ponen los cuernos a Marx y a la patria de la infancia… )


Julio Cortázar
(1914-1984)


Las babas del diablo
(Las armas secretas, 1959)




         Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus rostros. Qué diablos.
         Puestos a contar, si se pudiera ir a beber un bock por ahí y que la máquina siguiera sola (porque escribo a máquina), sería la perfección. Y no es un modo de decir. La perfección, sí, porque aquí el agujero que hay que contar es también una máquina (de otra especie, una Cóntax 1.1.2) y a lo mejor puede ser que una máquina sepa más de otra máquina que yo, tú, ella —la mujer rubia— y las nubes. Pero de tonto sólo tengo la suerte, y sé que si me voy, esta Rémington se quedará petrificada sobre la mesa con ese aire de doblemente quietas que tienen las cosas movibles cuando no se mueven. Entonces tengo que escribir. Uno de todos nosotros tiene que escribir, si es que esto va a ser contado. Mejor que sea yo que estoy muerto, que estoy menos comprometido que el resto; yo que no veo más que las nubes y puedo pensar sin distraerme, escribir sin distraerme (ahí pasa otra, con un borde gris) y acordarme sin distraerme, yo que estoy muerto (y vivo, no se trata de engañar a nadie, ya se verá cuando llegue el momento, porque de alguna manera tengo que arrancar y he empezado por esta punta, la de atrás, la del comienzo, que al fin y al cabo es la mejor de las puntas cuando se quiere contar algo).
          De repente me pregunto por qué tengo que contar esto, pero si uno empezara a preguntarse por qué hace todo lo que hace, si uno se preguntara solamente por qué acepta una invitación a cenar (ahora pasa una paloma, y me parece que un gorrión) o por qué cuando alguien nos ha contado un buen cuento, en seguida empieza como una cosquilla en el estómago y no se está tranquilo hasta entrar en la oficina de al lado y contar a su vez el cuento; recién entonces uno está bien, está contento y puede volverse a su trabajo. Que yo sepa nadie ha explicado esto, de manera que lo mejor es dejarse de pudores y contar, porque al fin y al cabo nadie se avergüenza de respirar o de ponerse los zapatos; son cosas que se hacen, y cuando pasa algo raro, cuando dentro del zapato encontramos una araña o al respirar se siente como un vidrio roto, entonces hay que contar lo que pasa, contarlo a los muchachos de la oficina o al médico. Ay, doctor, cada vez que respiro... Siempre contarlo, siempre quitarse esa cosquilla molesta del estómago.
          Y ya que vamos a contarlo pongamos un poco de orden, bajemos por la escalera de esta casa hasta el domingo 7 de noviembre, justo un mes atrás. Uno baja cinco pisos y ya está en el domingo, con un sol insospechado para noviembre en París, con muchísimas ganas de andar por ahí, de ver cosas, de sacar fotos (porque éramos fotógrafos, soy fotógrafo). Ya sé que lo más difícil va a ser encontrar la manera de contarlo, y no tengo miedo de repetirme. Va a ser difícil porque nadie sabe bien quién es el que verdaderamente está contando, si soy yo o eso que ha ocurrido, o lo que estoy viendo (nubes, y a veces una paloma) o si sencillamente cuento una verdad que es solamente mi verdad, y entonces no es la verdad salvo para mi estómago, para estas ganas de salir corriendo y acabar de alguna manera con esto, sea lo que fuere.
          Vamos a contarlo despacio, ya se irá viendo qué ocurre a medida que lo escribo. Si me sustituyen, si ya no sé qué decir, si se acaban las nubes y empieza alguna otra cosa (porque no puede ser que esto sea estar viendo continuamente nubes que pasan, y a veces una paloma), si algo de todo eso... Y después del «si», ¿qué voy a poner, cómo voy a clausurar correctamente la oración? Pero si empiezo a hacer preguntas no contaré nada; mejor contar, quizá contar sea como una respuesta, por lo menos para alguno que lo lea.
          Roberto Michel, franco-chileno, traductor y fotógrafo aficionado a sus horas, salió del número 11 de la rue Monsieur-le-Prince el domingo siete de noviembre del año en curso (ahora pasan dos más pequeñas, con los bordes plateados). Llevaba tres semanas trabajando en la versión al francés del tratado sobre recusaciones y recursos de José Norberto Allende, profesor en la Universidad de Santiago. Es raro que haya viento en París, y mucho menos un viento que en las esquinas se arremolinaba y subía castigando las viejas persianas de madera tras de las cuales sorprendidas señoras comentaban de diversas maneras la inestabilidad del tiempo en estos últimos años. Pero el sol estaba también ahí, cabalgando el viento y amigo de los gatos, por lo cual nada me impediría dar una vuelta por los muelles del Sena y sacar unas fotos de la Conserjería y la Sainte-Chapelle. Eran apenas las diez, y calculé que hacia las once tendría buena luz, la mejor posible en otoño; para perder tiempo derivé hasta la isla Saint-Louis y me puse a andar por el Quai d'Anjou, miré un rato el hotel de Lauzun, me recité unos fragmentos de Apollinaire que siempre me vienen a la cabeza cuando paso delante del hotel de Lauzun (y eso que debería acordarme de otro poeta, pero Michel es un porfiado), y cuando de golpe cesó el viento y el sol se puso por lo menos dos veces más grande (quiero decir más tibio pero en realidad es lo mismo), me senté en el parapeto y me sentí terriblemente feliz en la mañana del domingo.
          Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías, actividad que debería enseñarse tempranamente a los niños pues exige disciplina, educación estética, buen ojo y dedos seguros. No se trata de estar acechando la mentira como cualquier repórter, y atrapar la estúpida silueta del personajón que sale del número 10 de Downing Street, pero de todas maneras cuando se anda con la cámara hay como el deber de estar atento, de no perder ese brusco y delicioso rebote de un rayo de sol en una vieja piedra, o la carrera trenzas al aire de una chiquilla que vuelve con un pan o una botella de leche. Michel sabía que el fotógrafo opera siempre como una permutación de su manera personal de ver el mundo por otra que la cámara le impone insidiosa (ahora pasa una gran nube casi negra), pero no desconfiaba, sabedor de que le bastaba salir sin la Contax para recuperar el tono distraído, la visión sin encuadre, la luz sin diafragma ni 1/250. Ahora mismo (qué palabra, ahora, qué estúpida mentira) podía quedarme sentado en el pretil sobre el río, mirando pasar las pinazas negras y rojas, sin que se me ocurriera pensar fotográficamente las escenas, nada más que dejándome ir en el dejarse ir de las cosas, corriendo inmóvil con el tiempo. Y ya no soplaba viento.
          Después seguí por el Quai de Bourbon hasta llegar a la punta de la isla, donde la íntima placita (íntima por pequeña y no por recatada, pues da todo el pecho al río y al cielo) me gusta y me regusta. No había más que una pareja y, claro, palomas; quizá alguna de las que ahora pasan por lo que estoy viendo. De un salto me instalé en el parapeto y me dejé envolver y atar por el sol, dándole la cara, las orejas, las dos manos (guardé los guantes en el bolsillo). No tenía ganas de sacar fotos, y encendí un cigarrillo por hacer algo; creo que en el momento en que acercaba el fósforo al tabaco vi por primera vez al muchachito.
          Lo que había tomado por una pareja se parecía mucho más a un chico con su madre, aunque al mismo tiempo me daba cuenta de que no era un chico con su madre, de que era una pareja en el sentido que damos siempre a las parejas cuando las vemos apoyadas en los parapetos o abrazadas en los bancos de las plazas. Como no tenía nada que hacer me sobraba tiempo para preguntarme por qué el muchachito estaba tan nervioso, tan como un potrillo o una liebre, metiendo las manos en los bolsillos, sacando en seguida una y después la otra, pasándose los dedos por el pelo, cambiando de postura, y sobre todo por qué tenía miedo, pues eso se lo adivinaba en cada gesto, un miedo sofocado por la vergüenza, un impulso de echarse atrás que se advertía como si su cuerpo estuviera al borde de la huida, conteniéndose en un último y lastimoso decoro.
          Tan claro era todo eso, ahí a cinco metros—y estábamos solos contra el parapeto, en la punta de la isla— que al principio el miedo del chico no me dejó ver bien a la mujer rubia. Ahora, pensándolo, la veo mucho mejor en ese primer momento en que le leí la cara (de golpe había girado como una veleta de cobre, y los ojos, los ojos estaban ahí), cuando comprendí vagamente lo que podía estar ocurriéndole al chico y me dije que valía la pena quedarse y mirar (el viento se llevaba las palabras, los apenas murmullos). Creo que sé mirar, si es que algo sé, y que todo mirar rezuma falsedad, porque es lo que nos arroja más afuera de nosotros mismos, sin la menor garantía, en tanto que oler, o (pero Michel se bifurca fácilmente, no hay que dejarlo que declame a gusto). De todas maneras, si de antemano se prevé la probable falsedad, mirar se vuelve posible; basta quizá elegir bien entre el mirar y lo mirado, desnudar a las cosas de tanta ropa ajena. Y. claro, todo esto es más bien difícil.
          Del chico recuerdo la imagen antes que el verdadero cuerpo (esto se entenderá después), mientras que ahora estoy seguro que de la mujer recuerdo mucho mejor su cuerpo que su imagen. Era delgada y esbelta, dos palabras injustas para decir lo que era, y vestía un abrigo de piel casi negro, casi largo, casi hermoso. Todo el viento de esa mañana (ahora soplaba apenas, y no hacía frío) le había pasado por el pelo rubio que recortaba su cara blanca y sombría —dos palabras injustas— y dejaba al mundo de pie y horriblemente solo delante de sus ojos negros, sus ojos que caían sobre las cosas como dos águilas, dos saltos al vacío, dos ráfagas de fango verde. No describo nada, trato más bien de entender. Y he dicho dos ráfagas de fango verde.
          Seamos justos, el chico estaba bastante bien vestido y llevaba unos guantes amarillos que yo hubiera jurado que eran de su hermano mayor, estudiante de derecho o ciencias sociales; era gracioso ver los dedos de los guantes saliendo del bolsillo de la chaqueta. Largo rato no le vi la cara, apenas un perfil nada tonto —pájaro azorado, ángel de Fra Filippo, arroz con leche— y una espalda de adolescente que quiere hacer judo y que se ha peleado un par de veces por una idea o una hermana. Al filo de los catorce, quizá de los quince, se lo adivinaba vestido y alimentado por sus padres pero sin un centavo en el bolsillo, teniendo que deliberar con los camaradas antes de decidirse por un café, un coñac, un atado de cigarrillos. Andaría por las calles pensando en las condiscípulas, en lo bueno que sería ir al cine y ver la última película, o comprar novelas o corbatas o botellas de licor con etiquetas verdes y blancas. En su casa (su casa sería respetable, sería almuerzo a las doce y paisajes románticos en las paredes, con un oscuro recibimiento y un paragüero de caoba al lado de la puerta) llovería despacio el tiempo de estudiar, de ser la esperanza de mamá, de parecerse a papá, de escribir a la tía de Avignon. Por eso tanta calle, todo el río para él (pero sin un centavo) y la ciudad misteriosa de los quince años, con sus signos en las puertas, sus gatos estremecedores, el cartucho de papas fritas a treinta francos, la revista pornográfica doblada en cuatro, la soledad como un vacío en los bolsillos, los encuentros felices, el fervor por tanta cosa incomprendida pero iluminada por un amor total, por la disponibilidad parecida al viento y a las calles.
          Esta biografía era la del chico y la de cualquier chico, pero a éste lo veía ahora aislado, vuelto único por la presencia de la mujer rubia que seguía hablándole. (Me cansa insistir, pero acaban de pasar dos largas nubes desflecadas. Pienso que aquella mañana no miré ni una sola vez el cielo, porque tan pronto presentí lo que pasaba con el chico y la mujer no pude más que mirarlos y esperar, mirarlos y...) Resumiendo, el chico estaba inquieto y se podía adivinar sin mucho trabajo lo que acababa de ocurrir pocos minutos antes, a lo sumo media hora. El chico había llegado hasta la punta de la isla, vio a la mujer y la encontró admirable. La mujer esperaba eso porque estaba ahí para esperar eso, o quizá el chico llegó antes y ella lo vio desde un balcón o desde un auto, y salió a su encuentro, provocando el diálogo con cualquier cosa, segura desde el comienzo de que él iba a tenerle miedo y a querer escaparse, y que naturalmente se quedaría, engallado y hosco, fingiendo la veteranía y el placer de la aventura. El resto era fácil porque estaba ocurriendo a cinco metros de mí y cualquiera hubiese podido medir las etapas del juego, la esgrima irrisoria; su mayor encanto no era su presente, sino la previsión del desenlace. El muchacho acabaría por pretextar una cita, una obligación cualquiera, y se alejaría tropezando y confundido, queriendo caminar con desenvoltura, desnudo bajo la mirada burlona que lo seguiría hasta el final. O bien se quedaría, fascinado o simplemente incapaz de tomar la iniciativa, y la mujer empezaría a acariciarle la cara, a despeinarlo, hablándole ya sin voz, y de pronto lo tomaría del brazo para llevárselo, a menos que él, con una desazón que quizá empezara a teñir el deseo, el riesgo de la aventura, se animase a pasarle el brazo por la cintura y a besarla. Todo esto podía ocurrir, pero aún no ocurría, y perversamente Michel esperaba, sentado en el pretil, aprontando casi sin darse cuenta la cámara para sacar una foto pintoresca en un rincón de la isla con una pareja nada común hablando y mirándose.
          Curioso que la escena (la nada, casi: dos que están ahí, desigualmente jóvenes) tuviera como un aura inquietante. Pensé que eso lo ponía yo, y que mi foto, si la sacaba, restituiría las cosas a su tonta verdad. Me hubiera gustado saber qué pensaba el hombre del sombrero gris sentado al volante del auto detenido en el muelle que lleva a la pasarela, y que leía el diario o dormía. Acababa de descubrirlo, porque la gente dentro de un auto detenido casi desaparece, se pierde en esa mísera jaula privada de la belleza que le dan el movimiento y el peligro. Y sin embargo el auto había estado ahí todo el tiempo, formando parte (o deformando esa parte) de la isla. Un auto: como decir un farol de alumbrado, un banco de plaza. Nunca el viento, la luz del sol, esas materias siempre nuevas para la piel y los ojos, y también el chico y la mujer, únicos, puestos ahí para alterar la isla, para mostrármela de otra manera. En fin, bien podía suceder que también el hombre del diario estuviera atento a lo que pasaba y sintiera como yo ese regusto maligno de toda expectativa. Ahora la mujer había girado suavemente hasta poner al muchachito entre ella y el parapeto, los veía casi de perfil y él era más alto, pero no mucho más alto, y sin embargo ella lo sobraba, parecía como cernida sobre él (su risa, de repente, un látigo de plumas), aplastándolo con sólo estar ahí, sonreír, pasear una mano por el aire. ¿Por qué esperar más? Con un diafragma dieciséis, con un encuadre donde no entrara el horrible auto negro, pero sí ese árbol, necesario para quebrar un espacio demasiado gris...
          Levanté la cámara, fingí estudiar un enfoque que no los incluía, y me quedé al acecho, seguro de que atraparía por fin el gesto revelador, la expresión que todo lo resume, la vida que el movimiento acompasa pero que una imagen rígida destruye al seccionar el tiempo, si no elegimos la imperceptible fracción esencial. No tuve que esperar mucho. La mujer avanzaba en su tarea de maniatar suavemente al chico, de quitarle fibra a fibra sus últimos restos de libertad, en una lentísima tortura deliciosa. Imaginé los finales posibles (ahora asoma una pequeña nube espumosa, casi sola en el cielo), preví la llegada a la casa (un piso bajo probablemente, que ella saturaría de almohadones y de gatos) y sospeché el azoramiento del chico y su decisión desesperada de disimularlo y de dejarse llevar fingiendo que nada le era nuevo. Cerrando los ojos, si es que los cerré, puse en orden la escena, los besos burlones, la mujer rechazando con dulzura las manos que pretenderían desnudarla como en las novelas, en una cama que tendría un edredón lila, y obligándolo en cambio a dejarse quitar la ropa, verdaderamente madre e hijo bajo una luz amarilla de opalinas, y todo acabaría como siempre, quizá, pero quizá todo fuera de otro modo, y la iniciación del adolescente no pasara, no la dejaran pasar, de un largo proemio donde las torpezas, las caricias exasperantes, la carrera de las manos se resolviera quién sabe en qué, en un placer por separado y solitario, en una petulante negativa mezclada con el arte de fatigar y desconcertar tanta inocencia lastimada. Podía ser así, podía muy bien ser así; aquella mujer no buscaba un amante en el chico, y a la vez se lo adueñaba para un fin imposible de entender si no lo imaginaba como un juego cruel, deseo de desear sin satisfacción, de excitarse para algún otro, alguien que de ninguna manera podía ser ese chico.
          Michel es culpable de literatura, de fabricaciones irreales. Nada le gusta más que imaginar excepciones, individuos fuera de la especie, monstruos no siempre repugnantes. Pero esa mujer invitaba a la invención, dando quizá las claves suficientes para acertar con la verdad. Antes de que se fuera, y ahora que llenaría mi recuerdo durante muchos días, porque soy propenso a la rumia, decidí no perder un momento más. Metí todo en el visor (con el árbol, el pretil, el sol de las once) y tomé la foto. A tiempo para comprender que los dos se habían dado cuenta y que me estaban mirando, el chico sorprendido y como interrogante, pero ella irritada, resueltamente hostiles su cuerpo y su cara que se sabían robados, ignominiosamente presos en una pequeña imagen química.
          Lo podría contar con mucho detalle pero no vale la pena. La mujer habló de que nadie tenía derecho a tomar una foto sin permiso, y exigió que le entregara el rollo de película. Todo esto con una voz seca y clara, de buen acento de París, que iba subiendo de color y de tono a cada frase. Por mi parte se me importaba muy poco darle o no el rollo de película, pero
cualquiera que me conozca sabe que las cosas hay que pedírmelas por las buenas. El resultado es que me limité a formular la opinión de que la fotografía no sólo no está prohibida en los lugares públicos sino que cuenta con el más decidido favor oficial y privado. Y mientras se lo decía gozaba socarronamente de cómo el chico se replegaba, se iba quedando atrás —con sólo no moverse—y de golpe (parecía casi increíble) se volvía y echaba a correr, creyendo el pobre que caminaba y en realidad huyendo a la carrera, pasando al lado del auto, perdiéndose como un hilo de la Virgen en el aire de la mañana.
          Pero los hilos de la Virgen se llaman también babas del diablo, y Michel tuvo que aguantar minuciosas imprecaciones, oírse llamar entrometido e imbécil, mientras se esmeraba deliberadamente en sonreír y declinar, con simples movimientos de cabeza, tanto envío barato. Cuando empezaba a cansarme, oí golpear la portezuela de un auto. El hombre del sombrero gris estaba ahí, mirándonos. Sólo entonces comprendí que jugaba un papel en la comedia.
          Empezó a caminar hacia nosotros, llevando en la mano el diario que había pretendido leer. De lo que mejor me acuerdo es de la mueca que le ladeaba la boca, le cubría la cara de arrugas, algo cambiaba de lugar y forma porque la boca le temblaba y la mueca iba de un lado a otro de los labios como una cosa independiente y viva, ajena a la voluntad. Pero todo el resto era fijo, payaso enharinado u hombre sin sangre, con la piel apagada y seca, los ojos metidos en lo hondo y los agujeros de la nariz negros y visibles, más negros que las cejas o el pelo o la corbata negra. Caminaba cautelosamente, como si el pavimento le lastimara los pies; le vi zapatos de charol, de suela tan delgada que debía acusar cada aspereza de la calle. No sé por qué me había bajado del pretil, no sé bien por qué decidí no darles la foto, negarme a esa exigencia en la que adivinaba miedo y cobardía. El payaso y la mujer se consultaban en silencio: hacíamos un perfecto triángulo insoportable, algo que tenía que romperse con un chasquido. Me les reí en la cara y eché a andar, supongo que un poco más despacio que el chico. A la altura de las primeras casas, del lado de la pasarela de hierro, me volví a mirarlos. No se movían, pero el hombre había dejado caer el diario; me pareció que la mujer, de espaldas al parapeto, paseaba las manos por la piedra, con el clásico y absurdo gesto del acosado que busca la salida.


          Lo que sigue ocurrió aquí, casi ahora mismo, en una habitación de un quinto piso. Pasaron varios días antes de que Michel revelara las fotos del domingo; sus tomas de la Conserjería y de la Sainte-Chapelle eran lo que debían ser. Encontró dos o tres enfoques de prueba ya olvidados, una mala tentativa de atrapar un gato asombrosamente encaramado en el techo de un mingitorio callejero, y también la foto de la mujer rubia y el adolescente. El negativo era tan bueno que preparó una ampliación; la ampliación era tan buena que hizo otra mucho más grande, casi como un afiche. No se le ocurrió (ahora se lo pregunta y se lo pregunta) que sólo las fotos de la Conserjería merecían tanto trabajo. De toda la serie, la instantánea en la punta de la isla era la única que le interesaba; fijó la ampliación en una pared del cuarto, y el primer día estuvo un rato mirándola y acordándose, en esa operación comparativa y melancólica del recuerdo frente a la perdida realidad; recuerdo petrificado, como toda foto, donde nada faltaba, ni siquiera y sobre todo la nada, verdadera fijadora de la escena. Estaba la mujer, estaba el chico, rígido el árbol sobre sus cabezas, el cielo tan fijo como las piedras del parapeto, nubes y piedras confundidas en una sola materia inseparable (ahora pasa una con bordes afilados, corre como en una cabeza de tormenta). Los dos primeros días acepté lo que había hecho, desde la foto en sí hasta la ampliación en la pared, y no me pregunté siquiera por qué interrumpía a cada rato la traducción del tratado de José Norberto Allende para reencontrar la cara de la mujer, las manchas oscuras en el pretil. La primera sorpresa fue estúpida; nunca se me había ocurrido pensar que cuando miramos una foto de frente, los ojos repiten exactamente la posición y la visión del objetivo; son esas cosas que se dan por sentadas y que a nadie se le ocurre considerar. Desde mi silla, con la máquina de escribir por delante, miraba la foto ahí a tres metros, y entonces se me ocurrió que me había instalado exactamente en el punto de mira del objetivo. Estaba muy bien así; sin duda era la manera más perfecta de apreciar una foto, aunque la visión en diagonal pudiera tener sus encantos y aun sus descubrimientos. Cada tantos minutos, por ejemplo cuando no encontraba la manera de decir en buen francés lo que José Alberto Allende decía en tan buen español, alzaba los ojos y miraba la foto; a veces me atraía la mujer, a veces el chico, a veces el pavimento donde una hoja seca se había situado admirablemente para valorizar un sector lateral. Entonces descansaba un rato de mi trabajo, y me incluía otra vez con gusto en aquella mañana que empapaba la foto, recordaba irónicamente la imagen colérica de la mujer reclamándome la fotografía, la fuga ridícula y patética del chico, la entrada en escena del hombre de la cara blanca. En el fondo estaba satisfecho de mí mismo; mi partida no había sido demasiado brillante, pues si a los franceses les ha sido dado el don de la pronta respuesta, no veía bien por qué había optado por irme sin una acabada demostración de privilegios, prerrogativas y derechos ciudadanos. Lo importante, lo verdaderamente importante era haber ayudado al chico a escapar a tiempo (esto en caso de que mis teorías fueran exactas, lo que no estaba suficientemente probado, pero la fuga en sí parecía demostrarlo). De puro entrometido le había dado oportunidad de aprovechar al fin su miedo para algo útil; ahora estaría arrepentido, menoscabado, sintiéndose poco hombre. Mejor era eso que la compañía de una mujer capaz de mirar como lo miraban en la isla; Michel es puritano a ratos, cree que no se debe corromper por la fuerza. En el fondo, aquella foto había sido una buena acción.
          No por buena acción la miraba entre párrafo y párrafo de mi trabajo. En ese momento no sabía por qué la miraba, por qué había fijado la ampliación en la pared; quizá ocurra así con todos los actos fatales, y sea esa la condición de su cumplimiento. Creo que el temblor casi furtivo de las hojas del árbol no me alarmó, que seguí una frase empezada y la terminé redonda. Las costumbres son como grandes herbarios, al fin y al cabo una ampliación de ochenta por sesenta se parece a una pantalla donde proyectan cine, donde en la punta de una isla una mujer habla con un chico y un árbol agita unas hojas secas sobre sus cabezas.
          Pero las manos ya eran demasiado. Acababa de escribir: Donc, la seconde clé réside dans la nature intrinsèque des difficultés que les sociétés —y vi la mano de la mujer que empezaba a cerrarse despacio, dedo por dedo. De mí no quedó nada, una frase en francés que jamás habrá de terminarse, una máquina de escribir que cae al suelo, una silla que chirría y tiembla, una niebla. El chico había agachado la cabeza, como los boxeadores cuando no pueden más y esperan el golpe de desgracia; se había alzado el cuello del sobretodo, parecía más que nunca un prisionero, la perfecta víctima que ayuda a la catástrofe. Ahora la mujer le hablaba al oído, y la mano se abría otra vez para posarse en su mejilla, acariciarla y acariciarla, quemándola sin prisa. El chico estaba menos azorado que receloso, una o dos veces atisbó por sobre el hombro de la mujer y ella seguía hablando, explicando algo que lo hacía mirar a cada momento hacia la zona donde Michel sabía muy bien que estaba el auto con el hombre del sombrero gris, cuidadosamente descartado en la fotografía pero reflejándose en los ojos del chico y (cómo dudarlo ahora) en las palabras de la mujer, en las manos de la mujer, en la presencia vicaria de la mujer. Cuando vi venir al hombre, detenerse cerca de ellos y mirarlos, las manos en los bolsillos y un aire entre hastiado y exigente, patrón que va a silbar a su perro después de los retozos en la plaza, comprendí, si eso era comprender, lo que tenía que pasar, lo que tenía que haber pasado, lo que hubiera tenido que pasar en ese momento, entre esa gente, ahí donde yo había llegado a trastrocar un orden, inocentemente inmiscuido en eso que no había pasado pero que ahora iba a pasar, ahora se iba a cumplir. Y lo que entonces había imaginado era mucho menos horrible que la realidad, esa mujer que no estaba ahí por ella misma, no acariciaba ni proponía ni alentaba para su placer, para llevarse al ángel despeinado y jugar con su terror y su gracia deseosa. El verdadero amo esperaba, sonriendo petulante, seguro ya de la obra; no era el primero que mandaba a una mujer a la vanguardia, a traerle los prisioneros maniatados con flores. El resto sería tan simple, el auto, una casa cualquiera, las bebidas, las láminas excitantes, las lágrimas demasiado tarde, el despertar en el infierno. Y yo no podía hacer nada, esta vez no podía hacer absolutamente nada. Mi fuerza había sido una fotografía, ésa, ahí, donde se vengaban de mí mostrándome sin disimulo lo que iba a suceder. La foto había sido tomada, el tiempo había corrido; estábamos tan lejos unos de otros, la corrupción seguramente consumada, las lágrimas vertidas, y el resto conjetura y tristeza. De pronto el orden se invertía, ellos estaban vivos, moviéndose, decidían y eran decididos, iban a su futuro; y yo desde este lado, prisionero de otro tiempo, de una habitación en un quinto piso, de no saber quiénes eran esa mujer, y ese hombre y ese niño, de ser nada más que la lente de mi cámara, algo rígido, incapaz de intervención. Me tiraban a la cara la burla más horrible, la de decidir frente a mi impotencia, la de que el chico mirara otra vez al payaso enharinado y yo comprendiera que iba a aceptar, que la propuesta contenía dinero o engaño, y que no podía gritarle que huyera, o simplemente facilitarle otra vez el camino con una nueva foto, una pequeña y casi humilde intervención que desbaratara el andamiaje de baba y de perfume. Todo iba a resolverse allí mismo, en ese instante; había como un inmenso silencio que no tenía nada que ver con el silencio físico. Aquello se tendía, se armaba. Creo que grité, que grité terriblemente, y que en ese mismo segundo supe que empezaba a acercarme, diez centímetros, un paso, otro paso, el árbol giraba cadenciosamente sus ramas en primer plano, una mancha del pretil salía del cuadro, la cara de la mujer, vuelta hacia mí como sorprendida iba creciendo, y entonces giré un poco, quiero decir que la cámara giró un poco, y sin perder de vista a la mujer empezó a acercarse al hombre que me miraba con los agujeros negros que tenía en el sitio de los ojos, entre sorprendido y rabioso miraba queriendo clavarme en el aire, y en ese instante alcancé a ver como un gran pájaro fuera de foco que pasaba de un solo vuelo delante de la imagen, y me apoyé en la pared de mi cuarto y fui feliz porque el chico acababa de escaparse, lo veía corriendo, otra vez en foco, huyendo con todo el pelo al viento, aprendiendo por fin a volar sobre la isla, a llegar a la pasarela, a volverse a la ciudad. Por segunda vez se les iba, por segunda vez yo lo ayudaba a escaparse, lo devolvía a su paraíso precario. Jadeando me quedé frente a ellos; no había necesidad de avanzar más, el juego estaba jugado. De la mujer se veía apenas un hombro y algo de pelo, brutalmente cortado por el cuadro de la imagen; pero de frente estaba el hombre, entreabierta la boca donde veía temblar una lengua negra, y levantaba lentamente las manos, acercándolas al primer plano, un instante aún en perfecto foco, y después todo él un bulto que borraba la isla, el árbol, y yo cerré los ojos y no quise mirar más, y me tapé la cara y rompí a llorar como un idiota.
          Ahora pasa una gran nube blanca, como todos estos días, todo este tiempo incontable. Lo que queda por decir es siempre una nube, dos nubes, o largas horas de cielo perfectamente limpio, rectángulo purísimo clavado con alfileres en la pared de mi cuarto. Fue lo que vi al abrir los ojos y secármelos con los dedos: el cielo limpio, y después una nube que entraba por la izquierda, paseaba lentamente su gracia y se perdía por la derecha. Y luego otra, y a veces en cambio todo se pone gris, todo es una enorme nube, y de pronto restallan las salpicaduras de la lluvia, largo rato se ve llover sobre la imagen, como un llanto al revés, y poco a poco el cuadro se aclara, quizá el sol, y otra vez entran las nubes, de a dos, de a tres. Y las palomas, a veces, y uno que otro gorrión.


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