lunes, 21 de octubre de 2013

Para vos Mary Sunshine...








Escritos de Emma Goldman presentados por el
Espacio Comunitario y Librería Anarquista Emma Goldman









Matrimonio y amor
La noción popular acerca del matrimonio y del amor, es que deben ser sinónimos, que ambos nacen de los mismos motivos y llenan las mismas humanas necesidades. Como la mayoría de los dichos y creencias populares, éste no descansa en ningún hecho positivo y si sólo en una superstición.
El matrimonio y el amor nada tienen de común; uno y otro están distantes, como los polos; en efecto, son completamente antagónicos. No hay duda que algunas uniones matrimoniales fueron efectuadas por amor; pero más bien se trata de escasas personas que pudieron conservarse incólumes ante el contacto de las convenciones. Hoy en día existen muchos hombres y mujeres para quienes el casarse no es más que una farsa, y solamente se someten a ella para pagar tributo a la opinión pública. De todos modos, si es verdad que algunos matrimonios se basan en el amor y que también este puede continuar después en la vida de los casados, sostengo que eso sucede a pesar de la institución del matrimonio.
Por otra parte, es enteramente falso que el amor sea el resultado de los matrimonios. En raras ocasiones se escucha el caso milagroso de una pareja que se enamora después de casada, y si se observa atentamente, se comprobará que casi siempre se reduce a avenirse buenamente ante lo inevitable. A otras criaturas les unirá un afecto, surgido del trato diario, lo que está lejos de la espontaneidad y de la belleza del amor, sin el cual la intimidad matrimonial de una mujer y un hombre no será más que una vida de degradación.
El matrimonio, por lo pronto, es un arreglo económico, un pacto de seguridad que difiere del seguro de vida de las compañías comerciales, por ser más esclavizador, más tiránico. Lo que devenga, es completamente insignificante con lo que se invistió. Tomando una póliza de seguros se paga por ella en dólares y en centavos, siempre con la libertad de cesar los pagos de las cuotas. Si, de cualquier modo, el premio de la mujer es un marido, ella lo paga con su nombre, con sus íntimos sentimientos, con su dignidad, su vida entera, y hasta la muerte de una de las dos partes. Así, para ella, el seguro del matrimonio la condena a una vida de dependencia, al parasitismo, a una completa inutilidad, tanto individual como social. El hombre, también, paga su juguete, pero su radio de acción es más amplio, el matrimonio no lo coarta tanto como a la mujer. Sentirá sus cadenas más bien por el lado económico.
De ahí que el motto que Dante aplicó a la entrada del Infierno, se aplica con igual propiedad al matrimonio: Oh, voi che entrate, lasciate ogni speranza!
El matrimonio es un ruidoso fracaso, esto ni el más estúpido lo negará. Basta echar una mirada a las estadísticas de los divorcios para comprender cuán amargo es este fracaso. No será suficiente ni siquiera el estereotipado argumento de los filisteos, escudado en la holgura y la elasticidad de las leyes del divorcio y del creciente relajamiento de las costumbres femeninas, para justificar este hecho: primero, de cada doce matrimonios casi todos terminan en el divorcio; segundo, que desde 1870 los casos de divorcio han aumentado de 28 a 73 por cada mil habitantes; tercero, desde 1867 hasta hoy el adulterio como causa para divorciarse, aumentó el 270.8 por ciento; cuarto, el abandono del hogar aumentó en un 369.8 por ciento.
Añadida a estos números se puede citar una vasta documentación teatral o literaria, dilucidando el asunto. Robert Herrick, en Together (Juntos); Pinero, en Mid Channel (A mitad del camino); Eugene Walter, en Paid in Full, y una serie más de otros escritores que discuten la monotonía, la sordidez, lo inadecuado del matrimonio como factor de armonía y de comprensión entre los dos sexos.
El estudioso en cuestiones sociales no se contentará con estas superficiales excusas sobre este fenómeno. Querrá ahondar en la vida de los sexos para explicarse la causa por la cual resulta tan desastroso el matrimonio.
Edward Carpentier dice que detrás de un casamiento se halla la atmósfera vívida de los dos sexos; un ambiente condimentado de circunstancias tan diferentes una de la otra que el hombre y la mujer han de sentirse también extraños el uno al otro. Separado por una valla de supersticiones, de costumbres y hábitos, el matrimonio no tiene el poder de desarrollar el conocimiento mutuo y el respeto del uno para el otro, sin lo cual toda unión de esta clase está sometida al fracaso, a la desavenencia continua.
Enrique Ibsen, el revelador de las convenciones sociales más vergonzosas, fue el primero que dijo la gran verdad. Nora abandona a su marido no, como algunos críticos estúpidos afirman, porque estaba hastiada de cargar con sus responsabilidades, sino porque llega a comprender que durante ocho años vivió con un extraño con quien fue obligada a tener hijos. ¿Puede haber algo más humillante, más degradado que la intimidad carnal de toda una vida entre dos extraños? No es necesario que la mujer sepa nada del marido, salvo su renta, su salario, mensual o anual. Y de la mujer ¿qué tendrá que conocerse, sino que posea una simpática y placentera apariencia? Todavía la generalidad no se ha zafado del teológico mito de que la mujer no tiene alma, y es sólo un apéndice, hecho de una costilla, justamente para la conveniencia del caballero que, siendo tan fuerte, tuvo miedo de su propia sombra.
La pobreza del material del que habría surgido la mujer, quizá ha de ser responsable por su manifiesta inferioridad. Y en todo caso, si no tiene alma ¿qué se ha intentado buscar y sondear en ella? Además, cuanto menos alma, cuanto menos espíritu posea, más grande será su probabilidad de formar una esposa modelo, y así también será absorbida más pronto por la individualidad del marido. Es por la dócil y esclavizadora aquiescencia a la superioridad del hombre que la institución del matrimonio ha quedado, al parecer, intacta por tan largo tiempo. Ahora que la mujer vuelve por los fueros de su dignidad e intenta ponerse fuera de la gracia y merced de su dueño, la sagrada ciudadela del matrimonio va siendo minada gradualmente, y ninguna lamentación sentimental ha de salvarla de su definitivo derrumbe.
Desde la infancia casi hasta la mayoría de edad de las muchachas, se les dice que el casamiento es la única finalidad de su vida; y la educación que se les prodiga se dirige a ello. Lo mismo que a la bestia muda, que se engorda para el matadero, a ella se le prepara para el sacrificio de su vida. Y es curioso, y asombra constatarlo, que se le permite instruirse en todo menos acerca de las funciones de esposa y madre; esto que necesita ordinariamente el artesano para poder aprender su oficio, es indecente y sucio para una muchacha de respetabilidad el enterarse de las relaciones maritales. Entonces, por la apariencia de lo respetable, la institución del casamiento convierte lo que antes era sucio en la más pura y sagrada relación consanguínea, que nadie se atreverá a censurar. Continúa todavía siendo exacta esta actitud de los hogares frente a las bodas y casamientos de la supuesta esposa y madre, y es mantenida en completa ignorancia de lo que será su capital enseñanza en la lucha de los sexos. Luego al comenzar la convivencia matrimonial con el hombre, se hallará a sí misma, repentina y hondamente desazonada, repelida y ultrajada más allá de los límites por ella supuestos en el natural y más sano instinto: el sexo. Se puede afirmar, sin temor a un desmentido, que el mayor porcentaje de casos de desdichas, de desastres y de padecimientos físicos en el matrimonio, se debe a esa criminal ignorancia en cuestiones sexuales, que se ha exaltado como una grandísima virtud. Tampoco será exagerado que diga que mucho más de un hogar ha sido deshecho por causas tan deplorables.
Si por cualquiera circunstancia, la mujer se sintiera capaz de libertarse de ciertos pequeños prejuicios y fuera lo bastante arriesgada para desflorar los misterios del sexo sin la sanción del Estado y de la Iglesia, se vería condenada a permanecer como un instrumento inservible para casarse con un hombre bueno y honesto; aun cuando tan bellas prendas personales consistan en tener una cabeza vacía y una bolsa llena de dinero. ¿Puede haber algo más repugnante que esta idea de que una mujer, crecida ya, sana, llena de vida y de pasión se halle obligada a rechazar las exigencias imperiosas de su naturaleza, a tener que sofocar sus más intensos anhelos, yendo en desmedro de su salud, quebrantando su espíritu, absteniéndose de la profunda gloria del sexo, hasta el día que un buen hombre venga y la solicite para que sea su esposa? Y este es uno de los aspectos más significativos del matrimonio. ¡Cómo no ha de ser forzosamente un fracaso semejante transacción! En consecuencia, ese es uno de los factores, no poco importante, que diferencia el matrimonio del amor.
Nuestra época es muy positiva, muy práctica. Los tiempos en que Romeo y Julieta rompían el pacto de enemistad entre sus padres, por su incontenible pasión, cuando Gretchen se ofreció en holocausto a la maledicencia del vecindario por amor, están un poco lejos. Si, en raras ocasiones la juventud se permite el lujo de ser romántica, los parientes adultos o ancianos tendrán buen cuidado de hacerle marcar el paso y acosarla de tal manera que la convertirán en gente muy sensata.
¿Acaso la lección moral que se le inculca a las muchachas, es para que se basen en el amor que el hombre despertará en ellas, o más bien para que se le pregunte cuánto posee y tiene? Lo importante y el único dios de la utilitaria vida americana es: ¿Podrá este hombre ganar para vivir? ¿Podrá mantener a una mujer? Es lo que justifica solamente los casamientos. Gradualmente este concepto satura los pensamientos de las muchachas, quienes no soñarán con claros de lunas, ni con besos, risas y llantos, sino con las giras de compras por las tiendas, con vestidos, sombreros y el regateo inherente a todas estas operaciones. Esta pobreza de espíritu y la sordidez, son elementos substanciales a la institución del matrimonio. El Estado y la Iglesia no aprueban otros ideales más que estos, porque necesitan que se hallen bajo su control los hombres y las mujeres.
Es dudoso que existan aquí quienes consideran el amor por encima de los dólares y los centavos. Particularmente esta verdad se aplica a esa clase que por sus precarias condiciones económicas se ha visto forzada a vivir del trabajo de uno y otro. El notable cambio aportado en la posición de la mujer por ese poderoso factor, es verdaderamente asombroso cuando se reflexiona que hace muy poco tiempo que ella ingresó en el campo de las actividades industriales. Hay seis millones de mujeres asalariadas; seis millones de mujeres que tienen el mismo derecho que los hombres a ser explotadas, robadas y a declararse en huelga; también a morirse de hambre. ¿Algo más, señor mío? Sí, seis millones de trabajadoras asalariadas en cada tramo de la vida, desde el elevado trabajo cerebral hasta el más difícil y duro trabajo manual, en las minas y en las estaciones de ferrocarril; sí, también detectives y policías. Seguramente su emancipación es ahora completa.
A pesar de todo, un número muy reducido del inmenso ejército de mujeres asalariadas mira el trabajo como un medio permanente de vida, lo mismo que el hombre. Nada importa a qué grado de decrepitud llega este último; se le enseñó a ser independiente y tendrá que seguir así, manteniéndose solo. ¡Oh, sé muy bien que nadie es realmente independiente en nuestro sistema económico! Pero asimismo al hombre más miserable le repugna ser un parásito; por lo menos, que se le considere como tal.
En cambio, la mujer considera su posición de trabajadora como algo transitorio, que dejará de lado en la primera oportunidad. Por eso, es infinitamente más difícil tratar de organizar a las mujeres que a los hombres. ¿Para qué he de entrar en una asociación? Me voy a casar y espero tener mi hogar. ¿No se le enseñó a ella que siempre debería responder a esto, como a su último llamado? Muy pronto se aclimata a su hogar, aunque no sea más ancho que la celda de una cárcel, o los cuartuchos del taller o de la fábrica, posee puertas más sólidas y barrotes de hierro irrompibles. Tiene un guardián tan fiel que a él nada se le escapa. La parte más trágica de todo esto es que su situación de casada no la redime de la esclavitud del salario, y sólo aumenta su faena.
Según las últimas estadísticas sometidas a un Comité acerca del trabajo y los salarios y la congestión de la población, el diez por ciento de las trabajadoras asalariadas de Nueva York eran casadas, y debían trabajar por pagas irrisorias. Añádase a esto el peso de los quehaceres domésticos, ¿qué es lo que queda de la protección, de la gloria del hogar? Además, tampoco las jóvenes de las clases medias pueden jactarse de poseer un hogar, desde que es el hombre exclusivamente el que crea esa órbita doméstica, donde ella será solamente un satélite. Nada importa que el marido sea un bruto, o muy gentil. Lo que en definitiva quiero probar es que el matrimonio le asegura un hogar a la mujer, gracias al marido. Allí, ella se moverá años y años hasta que el aspecto de su vida y de sus relaciones con aquel se volverá chato, mezquino y aburrido como todo lo que la rodea. Escaso asombro causará si llega a ser chicanera, chismosa, regañona y tan insoportable que el hombre procurará quedarse en casa lo menos posible. Ella no puede irse, aunque lo quisiera; no tiene ninguna parte donde refugiarse. Se vuelve atolondrada, frívola o pesada, tímida en sus decisiones, cobarde en sus juicios; será un peso y un aburrimiento que muchos hombres llegarán a odiar y a despreciar. Una atmósfera de inspiraciones maravillosas ¿no es cierto?
Pero ¿el niño? ¿Cómo será protegido sino por el matrimonio? ¿Después de todo no es esto lo que más debe tenerse en cuenta? ¡La vergüenza y la hipocresía y todo ello! El casamiento protege a sus vástagos, y no obstante, miles de niños se hallan en la calle, sin pan ni techo. El matrimonio protege a sus pequeñuelos y a pesar de todo, los orfelinatos rebosan de ellos, los reformatorios no tienen más sitios para alojarlos y las sociedades que tratan de prevenir los malos tratos contra la niñez no dan abasto rescatando a las pequeñas víctimas de las manos de padres amorosos, para colocarlas bajo la protección de sociedades de beneficencia. ¡Oh, el sarcasmo amargo de todo eso!
El casamiento podrá tener el poder de conducir el caballo a la fuente de agua, pero jamás pudo obligarlo a beber. La ley hace arrestar al padre, le viste de penado; ¿remedió con ello el hambre de su hijo? Si el padre no tiene trabajo, o si esconde su identidad, ¿qué hará el matrimonio? Invoca la ley y lo lleva ante la justicia, la que lo pondrá bajo llave en la prisión; el trabajo que allí haga no irá a salvar de la miseria al niño, sino que pasará a las fauces del Estado. El pequeño heredará la maldita memoria de su padre, con el traje a rayas de penado.
Referente a la protección de la mujer, es ahí en donde está la peor maldición del matrimonio. No es que no la proteja realmente; mas esta sola idea es asqueante, es tal ultraje e insulto a la vida, tan degradante para la dignidad humana, que esto bastaría para condenar para siempre jamás esta parasitaria institución.
Es como la patria potestad, capitalismo, le roba al hombre su derecho en cuanto nace, impide su crecimiento por todos los medios, envenena su cuerpo, lo mantiene en perfecta ignorancia, y en la más horrida pobreza y servilismo; después sus instituciones de beneficencia y de caridad borran los últimos vestigios de dignidad en él.
La institución del matrimonio hace de la mujer un absoluto parásito, un ser que está sometido a otro ser. La incapacita para la lucha por la vida, aniquila su conciencia social, paraliza su imaginación, y entonces le impone su graciosa protección, lo que no es nada más que una trampa, disfrazada de humanitarismo.
Si la maternidad es la suprema misión de la mujer, ¿qué otra protección necesitará si no amor y libertad? Y es lo contrario, el casamiento corrompe, desnaturaliza, violenta su alto rol en la vida. ¿No se le dice a la mujer: solamente si me sigues a todas partes donde yo vaya, he de dar vida a tu seno? ¿No es esto infamante, no la condena sin remisión, si por acaso se rehúsa a comprar el derecho de maternidad vendiéndose en cuerpo y alma? No solamente el matrimonio no sanciona la maternidad, sino que ¿acaso no la hace concebir con odio y repugnancia? Y aún las veces que la maternidad elige libremente en el éxtasis del amor, en impulso irrefrenable de pasión, ¿no coloca al pobre inocente una corona de espinas y con letras de sangre le graba en la frente el afrentoso epíteto de bastardo? Si el casamiento hubiese de contener todas las virtudes que se le adjudican gratuitamente, los crímenes que ha cometido contra la maternidad lo excluiría, de hecho, del reinado del amor.
El amor, que es el más intenso y profundo elemento de la vida, el precursor de la esperanza, de la alegría y del éxtasis; el amor, que desafía impunemente todas las leyes humanas y divinas y las más aborrecibles convenciones; el amor uno de los más poderosos modeladores de los destinos humanos, ¿cómo tal torrente de fuerza puede ser sinónimo del pobrecito Estado y del mojigato sacramento matrimonial, concedido por nuestra santa madre Iglesia?
¿Amor libre? Si hay algo en el mundo libre, es precisamente el amor. El hombre pudo comprar cerebros pero con todos sus millones no consiguió el amor. El hombre subyugó los cuerpos, pero no logrará subyugar el amor. El hombre conquistó naciones enteras; pero sus ejércitos no pudieron conquistar un grano de amor. El hombre cargó de cadenas el espíritu, pero se encontró completamente inerme, indefenso ante el amor. Encaramado en el más alto trono, con todo su esplendor y su oro, su poder será omnímodo, pero basta que el amor pase a su lado para que lo suma en una profunda desolación. Y si en cambio visita una miserable choza, la convertirá en el más radiante paraíso, dándole el sentido de una nueva vida, más animada en ternura y fantasía. El amor tiene la mágica virtud de convertir a un mendigo en un rey. Sí; el amor es libre; no puede existir en otra atmósfera. En plena libertad se entrega sin reservas, abundante y totalmente. Todas las leyes, todos los códigos y todas las cortes judiciales del universo no podrán arrancarlo del suelo, una vez que haya echado raíces en él. ¿Cómo se quiere, entonces, si el suelo es estéril, que el matrimonio le haga dar frutos? Es parecida a la lucha desesperada de la muerte contra el raudo vuelo de la vida.
El amor no necesita protección; se basta a sí mismo. Tan pronto como el amor impregne la vida con su ardiente y perfumado aliento no habrá más criaturas desamparadas, ni los hambrientos, ni los sedientos de afectos. Sé muy bien que esto es verdad. Conocí a una mujer que llegó a ser madre libremente con el hombre que amaba. Pocos niños en su cuna de oro fueron rodeados de más cariño, de más cuidados y devoción como los que es capaz de prodigar la libre maternidad.
Los defensores de la autoridad temen el advenimiento de la libre maternidad, que les ha de robar sus presas. ¿Quiénes irían a los campos de combate? ¿Quiénes han de crear el bienestar común? ¿Quién sería policía, carcelero, si la mujer se negara a dar a luz, y sólo se aviniese a ello, no como a una función maquinal, sino con inteligencia y discernimiento? ¡La raza!, ¡la raza!, gritan el rey, los presidentes de las repúblicas, el capitalista y el cura. La raza ha de ser preservada y aumentada, aunque la mujer se convierta en una mera máquina; y es que el matrimonio no es más que una válvula de escape contra el peligro del despertar del sexo femenino. Pero son en vano esos desesperados esfuerzos para conservar este estado de esclavitud. En vano, también, los edictos de la Iglesia, los vesánicos ataques de legisladores, y en vano el arma de la ley. La mujer no necesita prestarse más a ser un medio de producción de una raza de seres enfermos, débiles, decrépitos, sin la fuerza ni el valor moral para sacudir el yugo de la pobreza y de la esclavitud. Por el contrario, ella quiere pocos hijos y mejores, vigorosos y sanos; concebidos por el amor y elegidos libremente; no por obligación e indistintamente, así como lo impone el matrimonio. Nuestros pseudo moralistas tienen todavía que aprender lo que es la profunda responsabilidad contraída con el niño al nacer, que el amor libre despertó en la mujer. Más bien rechazará la gloria de la maternidad, que traer nuevos seres a la vida, a un ambiente que respira solamente destrucción y muerte. Y si llega a ser madre, es para otorgarlo todo, lo más hondo que pueda darle de sí misma. Nacer y crecer con sus pequeñuelos, es su lema; comprende ella que es la única manera de construir una raza sana.
Ibsen tuvo la verdadera visión de cuál sería la maternidad libre, cuando de mano maestra trazó la figura de Mrs. Alving de Los Espectros. Ello, representaba la madre ideal, porque supo ver bien los horrores del matrimonio, rompió sus cadenas y trató de liberar su espíritu de los prejuicios a precio de muchos sufrimientos hasta volverse en una personalidad fuerte y moralmente pura. Solamente que fue muy tarde para que ella rescatara la única alegría de su vida, su Osvaldo; pero ni tan tarde tampoco para llegar a comprender que el amor libre había de ser la única condición a fin de que la vida fuese bella. Aquellas que, como la señora Alving pagaron con sangre y lágrimas el despertar de su espíritu, también repudiaron el matrimonio como una imposición arbitraria, como una mancilla y una mofa absurda. Ellas saben que donde el amor existe, sea por un breve espacio de tiempo o por una eternidad, allí está la fuerza creadora, la gran corriente de inspiración que echará las bases para una nueva raza y para un nuevo mundo.
En los tiempos presentes, de pigmea catadura espiritual, el amor es algo extraño a mucha gente, Falseado y huido, rara vez logra arraigarse en las almas; y cuando lo hace, muy pronto agoniza y desaparece. Sus delicadas fibras no pueden soportar la exasperada tensión del diario trajín. En su esencia, es tan complejo que no puede ajustarse a la estrecha medida de nuestra fábrica social. El llora, gime y sufre con aquellos que lo necesitan, y asimismo le falta impulso para llegar a la cima.
Algún día y algunos hombres y mujeres surgirán para elevarse a los picos más altos, y allí se encontrarán grandes, fuertes y libres, prestos a recibir, a compartir en un abrazo los rayos de oro del amor. Qué fantasía, que imaginación, que genio poético podrá prever aún aproximadamente la tremenda potencia creadora que tendrá ese torrente de fuerzas en la existencia de las mujeres y los hombres. Si el mundo ha de dar nacimiento al verdadero compañerismo entre los humanos, la fraterna unión de ellos, no el matrimonio, sino el amor será su padre fecundo.

EMMA GOLDMAN (1869-1940)

viernes, 11 de octubre de 2013

AGUJERO



AGUJERO

Me duermo sin cabeza
Con mis pies en la almohada…
Entro suavemente en vos
Ya no hay mas smok en la ventana
Ni niños que comen mierda
En las calles...
¡De los cobardes!
Ni viejos que giman su mañana
¡En las iglesias ignominiosas!
El amor se me vuelca
En el agujero del bíblico infinito.


(2002)

martes, 3 de septiembre de 2013

Para vos Mary Sunshine

Para vos Mary sunshine..., que abriste puertas y ventanas...

Oh puertas de tu cuerpo…

Oh puertas de tu cuerpo
Son nueve y las he abierto todas
Oh puertas de tu cuerpo
Son nueve y para mí se han vuelto a cerrar todas

En la primera puerta
La Clara Razón ha muerto
Era ¿te acuerdas? el primer día en Niza
Tu ojo izquierdo así como una culebra se desliza
Hasta mi corazón
Y que se vuelva a abrir de nuevo la puerta de tu mirada izquierda

En la segunda puerta
Ha muerto toda mi fuerza
Era ¿te acuerdas? en un albergue en Cagnes
Tu ojo derecho palpitaba como mi corazón
Tus párpados latían como en la brisa laten las flores
Y que se vuelva a abrir de nuevo la puerta de tu mirada derecha

En la tercera puerta
Escucha latir la aorta
Y todas mis arterias hinchadas por tu sólo amor
Y que se vuelva a abrir de nuevo la puerta de tu oído izquierdo

En la cuarta puerta
Me escoltan todas las primaveras
Y aguzando el oído se escucha del bonito bosque
Subir esta canción de amor y de los nidos
Tan triste para los soldados que están en la guerra
Y que se vuelva a abrir de nuevo la puerta de tu oído derecho

En la quinta puerta
Es mi vida que te traigo
Era ¿te acuerdas? en el tren que volvía de Grasse
Y en la sombra muy cerca muy bajito
Tu boca me decía
Palabras de condenación tan perversas y tan tiernas
Que pregunto a mi alma herida
Cómo pude oírlas sin morir
Oh palabras tan dulces tan fuertes que cuando lo pienso me parece tocarlas
Y que se abra de nuevo la puerta de tu boca

En la sexta puerta
Tu gestación de putrefacción oh Guerra está abortando
He aquí todas las primaveras con sus flores
He aquí las catedrales con su incienso
He aquí tus axilas con su divino olor
Y tus cartas perfumadas que huelo
Durante horas
Y que se vuelva a abrir de nuevo la puerta del lado izquierdo de tu nariz

En la séptima puerta
Oh perfumes del pasado que la corriente de aire se lleva
Los efluvios salinos daban a tus labios el sabor del mar
Olor marino olor de amor bajo nuestras ventanas se moría el mar
Y el olor de los naranjos te envolvía de amor
Mientras en mis brazos te acurrucabas
Quieta y callada
Y que se vuelva a abrir de nuevo la puerta del lado derecho de tu nariz

En la octava puerta
Dos ángeles mofletudos cuidan de las rosas temblorosas que soportan
El cielo exquisito de tu cintura elástica
Y heme aquí armado con un látigo hecho con rayos de luna
Los amores coronados con jacinto llegan en tropel.
Y que se vuelva a abrir de nuevo la puerta de tu alma

Con la novena puerta
Es preciso que salga el amor mismo
Vida de mi vida
Me junto contigo para la eternidad
Y por el amor perfecto y sin ira
Llegaremos a la pasión pura y perversa
Según lo que queramos
A todo saber a todo ver a todo oír
Yo me renuncié en el secreto profundo de tu amor
Oh puerta umbrosa oh puerta de coral vivo
Entre dos columnas de perfección
Y que se vuelva a abrir de nuevo la puerta que tus manos saben abrir tan bien.

(Apollinaire)

Para vos Mary Sunshine

Para vos Mary Sunshine... por no haber guardado silencio aquella noche...
    
Silencio

Por Edgar Allan Poe

Fábula: Las crestas montañosas duermen;
los valles, los riscos y las grutas están en silencio.
(ALCMAN 160 (1O), 6461)


—Escúchame — dijo el Demonio, apoyando la mano en mi cabeza—. La región de que hablo es una lúgubre región en Libia, a orillas del río Zaire. Y allá no hay ni calma ni silencio.
Las aguas del río están teñidas de un matiz azafranado y enfermizo, y no fluyen hacia el mar, sino que palpitan por siempre bajo el ojo purpúreo del sol, con un movimiento tumultuoso y convulsivo. A lo largo de muchas millas, a ambos lados del legamoso lecho del río, se tiende un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Suspiran entre sí en esa soledad y tienden hacia el cielo sus largos y pálidos cuellos, mientras inclinan a un lado y otro sus cabezas sempiternas. Y un rumor indistinto se levanta de ellos, como el correr del agua subterránea. Y suspiran entre sí.
Pero su reino tiene un límite, el límite de la oscura, horrible, majestuosa floresta. Allí, como las olas en las Hébridas, la maleza se agita continuamente. Pero ningún viento surca el cielo. Y los altos árboles primitivos oscilan eternamente de un lado a otro con un potente resonar. Y de sus altas copas se filtran, gota a gota, rocíos eternos. Y en sus raíces se retuercen, en un inquieto sueño, extrañas flores venenosas. Y en lo alto, con un agudo sonido susurrante, las nubes grises corren por siempre hacia el oeste, hasta rodar en cataratas sobre las ígneas paredes del horizonte. Pero ningún viento surca el cielo. Y en las orillas del río Zaire no hay ni calma ni silencio.
Era de noche y llovía, y al caer era lluvia, pero después de caída era sangre. Y yo estaba en la marisma entre los altos nenúfares, y la lluvia caía en mi cabeza, y los nenúfares suspiraban entre sí en la solemnidad de su desolación.
Y de improviso se levantó la luna a través de la fina niebla espectral y su color era carmesí. Y mis ojos se posaron en una enorme roca gris que se alzaba a la orilla del río, iluminada por la luz de la luna. Y la roca era gris, y espectral, y alta; y la roca era gris. En su faz habla caracteres grabados en la piedra, y yo anduve por la marisma de nenúfares hasta acercarme a la orilla, para leer los caracteres en la piedra. Pero no pude descifrarlos. Y me volvía a la marisma cuando la luna brilló con un rojo más intenso, y al volverme y mirar otra vez hacia la roca y los caracteres vi que los caracteres decían DESOLACION.
Y miré hacia arriba y en lo alto de la roca había un hombre, y me oculté entre los nenúfares para observar lo que hacía aquel hombre. Y el hombre era alto y majestuoso y estaba cubierto desde los hombros a los pies con la toga de la antigua Roma. Y su silueta era indistinta, pero sus facciones eran las facciones de una deidad, porque el palio de la noche, y la luna, y la niebla, y el rocío, habían dejado al descubierto las facciones de su cara. Y su frente era alta y pensativa, y sus ojos brillaban de preocupación; y en las escasas arrugas de sus mejillas leí las fábulas de la tristeza, del cansancio, del disgusto de la humanidad, y el anhelo de estar solo.
Y el hombre se sentó en la roca, apoyó la cabeza en la mano y contempló la desolación. Miró los inquietos matorrales, y los altos árboles primitivos, y más arriba el susurrante cielo, y la luna carmesí. Y yo me mantuve al abrigo de los nenúfares, observando las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad, pero la noche transcurría, y él continuaba sentado en la roca.
Y el hombre distrajo su atención del cielo y miró hacia el melancólico río Zaire y las amarillas, siniestras aguas y las pálidas legiones de nenúfares. Y el hombre escuchó los suspiros de los nenúfares y el murmullo que nacía de ellos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.
Entonces me sumí en las profundidades de la marisma, vadeando a través de la soledad de los nenúfares, y llamé a los hipopótamos que moran entre los pantanos en las profundidades de la marisma. Y los hipopótamos oyeron mi llamada y vinieron con los behemot al pie de la roca y rugieron sonora y terriblemente bajo la luna. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.
Entonces maldije los elementos con la maldición del tumulto, y una espantosa tempestad se congregó en el cielo, donde antes no había viento. Y el cielo se tornó lívido con la violencia de la tempestad, y la lluvia azotó la cabeza del hombre, y las aguas del río se desbordaron, y el río atormentado se cubría de espuma, y los nenúfares alzaban clamores, y la floresta se desmoronaba ante el viento, y rodaba el trueno, y caía el rayo, y la roca vacilaba en sus cimientos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado.
Entonces me encolericé y maldije, con la maldición del silencio, el río y los nenúfares y el viento y la floresta y el cielo y el trueno y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos y se callaron. Y la luna cesó de trepar hacia el cielo, y el trueno murió, y el rayo no tuvo ya luz, y las nubes se suspendieron inmóviles, y las aguas bajaron a su nivel y se estacionaron, y los árboles dejaron de balancearse, y los nenúfares ya no suspiraron, y no se oyó más el murmullo que nacía de ellos, ni la menor sombra de sonido en todo el vasto desierto ilimitado. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres decían: SILENCIO.
Y mis ojos cayeron sobre el rostro de aquel hombre, y su rostro estaba pálido. Y bruscamente alzó la cabeza, que apoyaba en la mano y, poniéndose de pie en la roca, escuchó. Pero no se oía ninguna voz en todo el vasto desierto ilimitado, y los caracteres sobre la roca decían: SILENCIO. Y el hombre se estremeció y, desviando el rostro, huyó a toda carrera, al punto que cesé de verlo.
Pues bien, hay muy hermosos relatos en los libros de los Magos, en los melancólicos libros de los Magos, encuadernados en hierro. Allí, digo, hay admirables historias del cielo y de la tierra, y del potente mar, y de los Genios que gobiernan el mar, y la tierra, y el majestuoso cielo. También había mucho saber en las palabras que pronunciaban las Sibilas, y santas, santas cosas fueron oídas antaño por las sombrías hojas que temblaban en torno a Dodona. Pero, tan cierto como que Alá vive, digo que la fábula que me contó el Demonio, que se sentaba a mi lado a la sombra de la tumba, es la más asombrosa de todas. Y cuando el Demonio concluyó su historia, se dejó caer en la cavidad de la tumba y rió. Y yo no pude reírme con él, y me maldijo porque no reía. Y el lince que eternamente mora en la tumba salió de ella y se tendió a los pies del Demonio, y lo miró fijamente a la cara.

viernes, 3 de mayo de 2013





EL BRAVÍO FACHO ARGENTINO


   (semblanza patria)



En principio, intentemos convenir, que la cacofonía que de por sí se establece entre los vocablos: facho & macho, no es del todo antojadiza por parte del autor (NI SI QUIERA UN PLEONASMO MAS) sino que está muy oronda (despanpanante diría) intimamente vinculada entre todos nosotros-as, en el intra mundo familiar, en el populismo callejero, en los estadios de futbol, en las emisoras de radio, en la pantalla de su (nuestro) televisor (y siempre a la derecha de la misma...) pero por sobre todo, en cualquier atrio de capilla, iglesita, abadía, catedrales de altos campanarios o de vetustos conventos medievales, a los cuales, se asoman por sus ventanucos, sórdidas mujeres ataviadas de negro...

Vale la pena aquí (para este ignoto autor) POR LO MUCHO Y EXTENSO QUE SE HA HABLADO Y ESCRITO SOBRE TAL TÓPICO, evidenciar en este no tan luminoso libelo, a los cuarteles militares, ya que éstos, no solo han sido durante casi un siglo, el reservorio, el almácigo intensivo, del idóneo material y del concreto símbolo patrio argento, bien gaucho cabrío, que a las órdenes de genocidas (solo un poco menos inteligentes que los SS nazis, pero que a diferencia de ellos, los nuestros tienen grabada a fuego sagrado y patrio, la calavera y la tibia cruzada en su frente altiva de facho & macho pampeano) los cuales hicieron que debutara, su política militar expansionista (estrategia geo-política de Estado de los herederos que triunfaron en la Revolución de Mayo de 1810, tras el envenenamiento de Moreno...) y que prosiguieron al amparo del democrático (...) gobierno de Irigoyen, con el ejemplificador crimen de Estado, con el fusilamiento de los huelguistas laneros-ovejeros de la Patagonia rebelde, y sin expandirnos aquí (solo por razones invariables de tiempo y espacio, acerca de la inveterada tradición de *familia, estancias y poder* de la dinastía pampera: Martinez de Hoz...) en el real e incontrastable preámbulo Constitucional de Argentina, es decir: "la campaña del desierto" y que cuya retreta tanto se celebrara durante tantísimos años en el bien macho-cabrío gauchesco argento y bien pampeano, "festival del color y del coraje" en Jesús María, Córdoba ("mire qué lindo es mi país paisano...").

Justo en este instante, a este mero escritor, se le ocurre sugerir que debería ser de carácter obligatorio (como presentarse con el anacronismo a cuesta, cargando en pleno siglo XXI ya, la atávica obligación a concurrir a los cuartos oscuros de todo tipo de votación nacional, provincial y municipal) la lectura, en los diferentes niveles educacionales públicos (y privados..., ya que a éstos también son sostenidos por el tesoro nacional, es decir, con la pesada carga tributaria...) de: "Los dueños de la tierra", David Viñas.

Por lo general (habitualmente) se lo ve al facho argento, cual redivivo gaucho matrero, que eleva su mentón altivo, socarrón, al rojo gorro frigio de la Libertad, pero de ninguna manera, en absoluto, no tan solo ellos son...; juro que los conozco bien de cerquita, he visto sus rostros bien civilizado por la Facultad de Derecho (nacional o también de las otras...) sabiendo mucho, mucho de Derecho y de códigos procedimentales (CPC, CPN, etc) pero famélicos, desnutridos de cultura..., pero al decir de Flaubert: "saben mucho de Derecho".; además con un insoslayable, con un indisimulado gesto despectivo, peyorativo con la multitud de justiciables, invariablemente provenientes de las mas desestructuradas e inferiores estratificaciones populares (el autor se sorprende ingratamente con tan eufemística construcción sintáctica, cuando en realidad, solo cabe, sin duda alguna, en señalar que solo son multitudes de pobres, humildes, trabajadores no calificados, etc, que solo esperan ser reinvindicados en sus derechos anulados, conculcados por sus patrones, que por supuesto siempre son *Sociedades Anónimas* y que al igual de miles de abogados desheredados, imponderados, jamás podrán estar cara a cara con Su Señoría).

Suele ser, el facho-macho cabrío argento y pampeano, un dedicado e inmejorable servidor de deidades y vírgenes... y tales convicciones ideológica, cuando en verdad, debieran ser y estar herméticamente selladas en lo profundo de su ser conciente, pues bien, y debido a su obrar y actuar en el funcionarismo público, y sin el mas mínimo gesto de activar sus espejos retrovisores, los maderos cruzados a modo de cruz, no solo están prendidos de un clavo en una mendaz pared asceta, sino que es lo primero con lo que propina al desvalido justiciable, pobre ignorante de las trampas de la Ley, que le teme mas al magistrado fanático de la cruz, que a la cruz misma...

En ese sentido, un buen análisis periodístico de estos ultra montanos, nos son presentados con un alto grado de precisión y actualización:

"Hasta 1974 fue sólo Carlos Villafuerte. Ese año, según se cuenta en una nota de
La Nación, se agregó el apellido materno, Ruzo, tras enterarse de que tenía un
tocayo guerrillero “al que buscaba la policía”. Villafuerte estaba entonces
iniciando su carrera judicial y se preocupó incluso por que el cambio de nombre
quedara registrado en su documento.
El dato es lo suficientemente viejo –y personal– para que pocos lo conozcan.
Para la mayoría de la gente, Villafuerte Ruzo es recordado como el juez que
investigó la muerte de Carlos Menem (h). Y el que actuó en la masacre de
Ramallo.
Católico marianista –de los devotos de la virgen María–, Villafuerte es padre de
cinco hijos y poco amigo de los reportajes. Estudió derecho en la Universidad de
Buenos Aires. Entró al Poder Judicial por un tío camarista, a principios de los
’70, y permaneció allí hasta llegar a la fiscalía federal de San Isidro.
Fue fiscal federal de ese distrito en la época en que fueron jueces Alberto
Piotti y Roberto Marquevich. Con el último participó en investigaciones contra
el narcotráfico que lo dejaron en buena relación con la DEA, la agencia
antidrogas norteamericana."


http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/1-62337-2013-02-06.html


Pero claro, para estos fachos-machos cabríos, genuinos cruzados del cajoneo judicial (sobre todo si se trata de denuncias contra el terrorismo de Estado) nunca van a experimentar lo apretados que son el calzado de los pobres, de los humildes descalificados de la economía de mercado..., a lo cual ya lo señalaba David Viñas con visión certera: "jugar según el reglamento, respetando la letra chiquita del
contrato, equivale a condenar al más débil a pagar con sangre cualquier intento por revertir su oprobiosa condición.".

Está clarísimo entonces, que la Democracia real en la judicatura, es a los devotos beatificados por los maderos cruzados, por el sufriente y por los tules virginales, a los fachos-machos cabríos nacionales, lo que la kriptonita es a Superman...; y para dar con ellos en carne rediviva, hay que descender hasta el inframundo judicial, hasta las tenebrosas catacumbas de los pasos bien perdidos, hasta encontrar las hendiduras malolientes, bajo el parqué medieval, que tal cual ratones ilustrados de leyes y leyendas forenses, ocultan ristras de expedientes donde ha quedado registrado, documentado, el genocidio eclesiástico-cívico-militar argentino...:

"Comportamiento parcial. Demoras burdas. Compromiso personal contrario al avance
de la instrucción. Así define la procuradora Alejandra Gils Carbó el desempeño
del juez federal de San Nicolás Carlos Villafuerte Ruzo en las causas vinculadas
con delitos de lesa humanidad. Por ese motivo opinó que debe aceptarse la
recusación contra el magistrado presentada por el fiscal federal de San Nicolás,
Juan Patricio Murray, en la investigación sobre el asesinato de Osvaldo Cambiaso
y Eduardo Pereyra Rossi, cuyo principal acusado es el subcomisario preso Luis
Abelardo Patti. “Si bien el apartamiento del magistrado sería para este caso
particular, según se desprende de su conducta y de los argumentos del dictamen,
correspondería que Villafuerte Ruzo no intervenga en ningún expediente
relacionado con los crímenes de la última dictadura”, coincidieron ante
Página/12 Pablo Parenti, de la Unidad Fiscal de Coordinación y Seguimiento de
las causas por violaciones a los Derechos Humanos cometidas durante el
terrorismo de Estado, y Murray."


http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-213350-2013-02-06.html


También que los hay (vaya si los hay) aquellos fachos-machos cabríos bien argentos (magistrados en este caso) que contrariando al esclarecido concepto sartriano: "la existencia precede a la esencia" o a "la inutilidad de la pasión humana"; se empecinan fabulosamente en militar respecto de la longevidad inmensurable en sus cargos públicos, a los cuales el relajado Estado (Pueblo), les confiere por el solo hecho de haber egresado como abogado de una universidad libre y gratuita, sostenida por un elevado y cuasi confiscatorio I.V.A. (impuesto al consumo de la alimentación básica) (adviértase que  el funcionariado publico, la burocracia anquilosada en definitiva, incurre en un grave error al inicialar el masivo, regresivo y reaccionario gravámen,  en la sigla IVA, ya que en lugar de la V, debe sostenerse la B: Impuesto a la Básica Alimentación) y que luego de frotar la mágica lámpara de la codicia, de la impune hipocrecía de su abstruso léxico hermético, cifrado, catacumbesco, ridículo, atávico (...) "Su señoría solo se expresa por medio de su sentencia", que en verdad quiere decir, descifrando con alguna certeza el meta lenguaje de los pomposos y cínicos entogados: "clase trabajadora... ¡te odio!". Por supuesto la elevada y magestuosa deidad de la Justicia (necia de toda necedad) que encarna sempiterna la judicatura de todo los tiempos (piénsese por un instante en Sócrates) y en absoluta comunión sacramental con sus fantasiosos códigos procedimentales, elevan al rango supra constitucional, el regio concepto: que el desvalorizado Pueblo se lo debe y que además, tal derecho prelativo, es emanado por la divina deidad, que no solo le tiende su vaporoso manto protector sino que por esta misma divinidad, fueron elegidos y enviados con la altísima misión cruzada, en ofrendar sus patéticas vidas y funciones burocráticas judiciales, a la preservación por medios "heterodoxos (Estados confesionales católicos, dictaduras católicas-liberales, legislación ultra neoliberal, etc) a la Propiedad Privada.

No es tan complicado advertir que la toga de la judicatura (al igual que la sotana sacerdotal) debido a su tenebroso y funesto color negro, infunde tal delirio persecutorio, tal pavoroso pánico y terror entre los justiciables, en sus oscuras (según los sacerdotes y los entogados) espectativas de justiciabilidad legítima, no advierten que la República nada puede contra ellos y su obrar, ya que es divinamente natural que es debido y ajustado a derecho, que sus altos actos en función (y por fuera de ella) son inalcanzados por las lábiles leyes humanas, en razón que sus actos y supremos procedimientos, también están reservados al juicio y sentencia de Dios (...) y que por ello se le está reconocido el absoluto derecho de la ostentación de la dorada chapa "PJ" (Poder Judicial) en sus coches de gama alta (...) o que sean inhumados con el culo adosado al sillón judicial (aunque concurran al tribunal tres o cuatro veces al mes por el solo hecho de autopreservarse en formol con mas de noventa y cinco años):
  
Reanudación de actividades
Fayt cumplió 95 años y planea continuar en la Corte Suprema
El juez consiguió que se declarase inconstitucional el límite de 75 años.

De la redacción de El Litoral
politica@ellitoral.com

El ministro decano de la Corte Suprema de Justicia, Carlos Fayt, quien hoy
cumple 95 años, aseguró que continuará en su cargo porque tiene “ganas de
trabajar y honrar al país”.

Fayt, quien lleva 30 años como integrante del máximo tribunal, recordó que la
Justicia consideró “violatorio de la Constitución” un artículo de la reforma de
1994 “por el cual se establecía que a los 75 años los jueces de la Corte tenían
que jubilarse, retirados de su cargo” y, a partir de allí, los ministros “se van
cuando decidan irse”.

“Como eso era violatorio de la Constitución, demandé al Estado y gané en primera
instancia, en segunda instancia y en tercera instancia y se declaró nula de
nulidad absoluta la reforma constitucional”, dijo a radio La Red.

—Mientras Dios le dé salud, ¿quiere seguir en la Corte? -le preguntó el
periodista Luis Novaresio. —Ojalá sus palabras se cumplan -Fayt contestó-. Le
deseo que usted tenga la misma suerte y llegue a los 95 años sano y con ganas de
trabajar y honrar al país -prosiguió el juez.


http://www.ellitoral.com/index.php/id_um/85698


Al día de hoy, en absoluto cabe duda alguna, que la etapa superior del facho-macho cabrío argento&pampeano (en extremo superior a los médicos) es la expresión inveterada y contumaz a la vez, el ser magistrado de los tribunales...:

"Un tribunal oral de Mendoza sentará en el banquillo, juntos, a cuatro ex jueces
acusados de haber actuado impartiendo (in)justicia en complicidad con el aparato
represivo del terrorismo de Estado. Ellos son Luis Miret, Rolando Evaristo
Carrizo, Gabriel Guzzo y Guillermo Max Petra Recabarren, a quienes en algún
momento debería sumarse Otilio Romano, sometido ahora en Chile a un juicio de
extradición tras intentar conseguir allí asilo político."

(...)

"La investigación sobre la complicidad de los jueces está llena de relatos de
secuestros, torturas y desapariciones que llegaron a su conocimiento por
denuncias concretas, que ignoraron. La historia de Luz Faingold es emblemática y
tiene la particularidad de que en ella converge la presencia de varios de los
jueces que ahora serán juzgados. Luz era menor de edad (tenía 17 años) cuando,
el 29 de agosto de 1975, fue apresada, encapuchada, amenazada con armas y
trasladada al centro clandestino que funcionaba en la D2, una cárcel de adultos,
como consecuencia de una orden librada por el ex juez Miret. Allí fue golpeada,
violada y torturada, mientras Miret la mantenía incomunicada, y su mamá la
buscaba desesperada. Faingold relató que un hombre apareció un día en su
calabozo, la miró y se fue. Con el tiempo advirtió que era Romano, contó en el
jury en su contra. Además de lo que Romano y Miret pudieron ver por sí mismos,
los vecinos de celda de Luz, entre quienes estaba su novio, León Eduardo
Glogowski, al ser llevados a declarar, denunciaron las golpizas por ellos mismos
padecidas y describieron los gritos de la chica ultrajada. Cuando Glogowski le
dijo al juez cómo se ensañaban con él por su apellido, Miret –contó– le
respondió: “¡También...! ¡Con ese apellido...!”. El ex juez tampoco quiso
devolver a Faingold a sus padres, que la reclamaban, y la mandó después de cinco
días de encierro en la D2 a un hogar de menores. Carrizo y Guzzo, según les
imputa la acusación, también tuvieron conocimiento a través de las indagatorias
de la situación de abuso y torturas que enfrentó Faingold. Ninguno hizo nada."


http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-214297-2013-02-21.html


A esta altura de los aconteceres, eso de: "hacete amigo del juez..." ¿va en serio? (¿será porque que nunca un juez fue preso en Argentina?):

"La Justicia que acompañó cada dictadura y en especial la comenzada en la fecha
señalada, con honrosas excepciones, es la que miró para otro lado cuando miles
de hombres mujeres y niños eran secuestrados, torturados y desaparecidos en el
nombre de la civilización occidental y cristiana.
Es la institución, también, que hoy cuenta con jueces y fiscales de gran calidad
humana, pero al mismo tiempo con magistrados que con frecuencia toman decisiones
contrarias al paradigma actual en materia de derechos humanos y en especial las
que tienen que ver con grupos vulnerables. En ese sentido, avalar y aplicar
institutos deleznables como el avenimiento de una niña violada de 17 años con su
agresor –fallo de General Pico, La Pampa–, sin que ningún juez vaya preso cuando
esa joven es asesinada por su esposo, son prueba elocuente de las verdaderas
deudas pendientes. Derogar el avenimiento fue sin duda un mérito legislativo,
pero el costo de la espera fue demasiado alto. La tolerancia a la violencia
institucional ejercida por fuerzas de seguridad sobre sectores igualmente
vulnerables que pueblan nuestras cárceles es también muestra de que, en algunas
cosas, poco ha cambiado. Mientras haya un solo juez –civil o penal– que tolere
la violencia de género, la trata de personas, el trabajo esclavo, que obligue a
niñas y niños víctimas de abusos a “revincularse” con sus probables agresores,
que mire para otro lado cuando un preso es golpeado o torturado, la Justicia
seguirá estando en deuda con la comunidad."


http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-214308-2013-02-21.html


En verdad gaucho matrero, ¿hay necesidad de hacerse amigo del juez?

"Si lograran ubicarse afuera, observar desde la sociedad que no cree en la
Justicia, verían que con razón ella la estima una zona esotérica, porque no la
entiende, y temible, porque si llega hasta ellos es para castigarlos física o
económicamente."

(...)

"Hemos dicho y entiendo que fundado, antes de ahora (La Justicia y sus secretos,
2007) que detrás de las formulaciones de ejercicio del gobierno de la república
por tres poderes independientes, en el Judicial “hay algo, un aire, un hedor,
una idea difusa no expuesta, un elemento emocional y visceral escondido, que
hace que las conductas no deriven en actos que respondan a una esencia
republicana, sino que tienen un perfume de aquellos viejos ancestros coloniales
hispánicos, que de una u otra manera han sobrevivido y aparecen en los
intersticios de los ladrillos con los que se construye la república, a veces con
tanta proximidad que, en especial en su piso, conforman una alfombra sobre la
que transita la realidad de la vida judicial de los argentinos” y recordábamos
–por su insospechado liberalismo– las palabras de Alvaro Vargas Llosa opinando
sobre Latinoamérica: “La Justicia es como la serpiente: sólo muerde a los
descalzos”."


http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-214165-2013-02-19.html

martes, 29 de enero de 2013

Para vos Mary sunshine:

Hasta este preciso momento (Enero 2013) no reconozco en mi, esa iluminada advertencia de haberme dado cuenta, que todo lo comprendiste o que por lo menos, entendías acerca de lo que escribías..., pero por sobre todo, de lo que hacías aquí...

 "Éramos unos niños"
            por Patti Smith
               
             La cantante Patti Smith, ganó el Premio Nacional de literatura de
            EE.UU. por el libro "Just Kids", (Éramos unos niños) un libro de
            memorias en el que relata la historia de amistad que unió a
            Mapplethorpe y Patti Smith contada por ella misma. Nacida en Chicago
            en 1946, Smith saltó a la fama durante el movimiento punk con su
            álbum debut Horses. La llamada «madrina del punk» aportó un punto de
            vista feminista e intelectual al movimiento y se convirtió en una de
            las artistas más influyentes dentro de la música rock, integrándola
            con un estilo de poesía beat. Los inicios de su carrera estuvieron
            marcados por su amistad con el fotógrafo Mapplethorpe con quien,
            según ella, se casó para disimular su homosexualidad. Estas memorias
            son un recorrido por las calles del Nueva York de finales de los
            años setenta y principios de los ochenta, un mundo ya perdido donde
            circulaban Allen Ginsberg o Andy Warhol y sus chicos, y donde se
            creaban las grandes bandas de música que marcaron el fin del siglo
            XX.
            Todo el ingenio poético de la polifacética cantautora al servicio de
            su recuerdo. Obra maravillosa que, más allá de una exaltación barata
            de los días pasados, supone un canto a la vida y a la amistad,
            ejemplificada en dos artistas que coincidieron en la bohemia new
            yorkina cuando la gran manzana se convirtió en la capital mundial de
            la cultura. Cruce de caminos entre muchos nombres que deja, como
            legado, la moraleja de que en esta vida sólo mediante el amor
            verdadero se alcanza la inmortalidad.
            Eramos unos niños es una oda a Mapplethorpe, pero también es una
            carta de amor al arte de los años setenta en Nueva York. Time Out
            New York
            Aquí puedes leer unas pocas páginas del Libro.
            
            Cuando era pequeña, mi madre me llevaba de paseo por el parque
            Humboldt, junto a la orilla del río Prairie. Tengo recuerdos
            borrosos, semejantes a huellas dactilares en platos de cristal, de
            un viejo cobertizo para barcos, una glorieta circular, un puente de
            piedra con arcos. El río desembocaba en una vasta laguna y en su
            superficie presencié un milagro singular. Un largo cuello curvo se
            alzó de un vestido de plumas blancas.
            «Cisne», dijo mi madre, percibiendo mi emoción. El ave golpeteó el
            agua resplandeciente con sus grandes alas y alzó el vuelo.
            La palabra en sí apenas dio fe de su grandeza ni transmitió la
            emoción que me produjo. Su imagen me generó un deseo para el que no
            tenía palabras, un deseo de hablar del cisne, de decir algo acerca
            de su blancura, la naturaleza explosiva de su movimiento y la
            lentitud con que había batido las alas.
            El cisne se fundió con el cielo. Me esforcé por hallar palabras que
            expresaran mi noción de él. «Cisne», repetí, no enteramente
            satisfecha, y sentí un cosquilleo, un anhelo curioso, imperceptible
            para los transeúntes, mi madre, los árboles o las nubes.
            Nací un lunes, en el North Side de Chicago durante la gran nevada de
            1946. Me adelanté un día, porque los niños nacidos en la víspera de
            Año Nuevo salían del hospital con un frigorífico nuevo. Pese a sus
            esfuerzos por no dejarme salir, mi madre comenzó a tener fuertes
            dolores de parto mientras el taxi atravesaba a paso de tortuga la
            ventisca que azotaba el lago Michigan. A decir de mi padre, nací
            larga, flaca y aquejada de bronconeumonía, y él me mantuvo con vida
            sosteniéndome sobre una bañera humeante.
            Me siguió mi hermana Linda, que también nació durante una nevada en
            1948. Por necesidad, me vi obligada a despabilarme muy pronto.
            Mi madre planchaba para otros mientras yo permanecía sentada en las
            escaleras de nuestra pensión, esperando al heladero y los pocos
            carros de caballos que aún quedaban. El heladero me daba pedacitos
            de hielo envueltos en papel de estraza. Yo me metía uno en el
            bolsillo para mi hermana menor, pero, cuando más adeante iba a
            sacarlo, descubría que ya no estaba.
            Al quedarse mi madre embarazada de mi hermano, Todd, abandonamos
            nuestro estrecho alojamiento de Logan Square y nos mudamos a
            Germantown, en Pensilvania. Durante los años siguientes, habitamos
            en viviendas temporales para militares y sus hijos: barracones
            encalados con vistas a un campo abandonado rebosante de flores
            silvestres. Lo llamábamos La Parcela y en verano los adultos
            charlaban, fumaban y se pasaban jarras de vino de diente de león
            mientras los niños jugábamos. Mi madre nos enseñó los juegos de su
            infancia: las estatuas, el Martín pescador y Simón dice. Hacíamos
            guirnaldas de margaritas para adornarnos el cuello y la cabeza. Por
            la noche, recogíamos luciérnagas en botes de conserva, les
            extraíamos la luz y nos hacíamos anillos.
            Mi madre me enseñó a rezar; me enseñó la oración que su madre le
            había enseñado a ella. Now I lay me down to sleep, I pray the Lord
            my soul to keep: «Ahora que me acuesto, ruego al Señor que vele por
            mi alma». Al anochecer, me arrodillaba delante de mi camita mientras
            ella, con su omnipresente cigarrillo, me escuchaba recitarla. Nada
            me gustaba más que decir mis oraciones, pero aquellas palabras me
            inquietaban y la acosaba a preguntas. ¿Qué es el alma? ¿De qué color
            es? Yo sospechaba que mi alma, como era traviesa, podía escabullirse
            mientras soñaba y no regresar. Hacía todo lo posible por no quedarme
            dormida, para mantenerla dentro de mí, donde debía estar.
            Quizá para satisfacer mi curiosidad, mi madre me apuntó a
            catequesis.
            A fuerza de repetir aprendíamos versículos de la Biblia y las
            palabras de Jesús. Después nos colocaban en fila y nos recompensaban
            con una cucharada de miel. Solo había una cuchara para servir a un
            montón de niños con tos. Yo rehuía la cuchara de forma instintiva,
            pero enseguida acepté la noción de Dios. Me gustaba imaginarme una
            presencia por encima de nosotros, en continuo movimiento, como
            estrellas líquidas.
            No satisfecha con mi oración infantil, pronto pedí a mi madre que me
            dejara inventar las mías. Fue un alivio no tener que seguir
            repitiendo las palabras If I should die before I wake, I pray the
            Lord my soul to take y poder expresar, en cambio, lo que tenía en el
            corazón. Acostada en mi cama junto a la estufa de carbón, me sentía
            libre para murmurar largas cartas a Dios. No dormía mucho y debí de
            irritarlo con mis interminables promesas, visiones y proyectos.
            Pero, conforme pasó el tiempo, terminé experimentando una clase
            distinta de oración, una oración silenciosa que requería escuchar
            más que hablar.
            Mi riachuelo de palabras se disipó en una compleja noción de
            expansión y alejamiento. Fue mi entrada en el fulgor de la
            imaginación.
            Aquel proceso se acentuó con los estados febriles debidos a la
            gripe, el sarampión, la varicela y las paperas. Contraje todas
            aquellas enfermedades y, con cada una, tuve el privilegio de
            alcanzar un nuevo grado de conciencia. En profunda comunión conmigo
            misma, mientras la simetría de un copo de nieve giraba sobre mí y se
            intensificaba a través de los párpados cerrados, accedía a una
            visión del más alto valor, un fragmento del calidoscopio celestial.
            Poco a poco, mi amor por los libros fue desbancando mi amor por la
            oración. Me quedaba sentada a los pies de mi madre, viéndola tomar
            café y fumar con un libro en el regazo. Su ensimismamiento me
            fascinaba.
            Aunque aún no iba a la guardería, me gustaba mirar sus libros,
            acariciar las páginas y levantar el papel de seda que protegía los
            frontispicios.
            Quería saber qué contenían, qué captaba tanto su atención.
            Cuando mi madre descubrió que había escondido su tomo carmesí de El
            libro de los mártires de John Foxe debajo de mi almohada, con la
            esperanza de absorber su significado, se sentó conmigo y comenzó el
            laborioso proceso de enseñarme a leer. Con sumo esfuerzo, pasamos de
            la mamá Gansa a los cuentos de Dr. Seuss. Cuando ya no necesité más
            instrucción, me permitía unirme a ella en nuestro duro sofá mientras
            leía Las sandalias del pescador y Las zapatillas rojas.
            Leer me apasionaba. Anhelaba leerlo todo, y lo que leía me creaba
            nuevos anhelos. A veces me iba a África y ofrecía mis servicios a
            Albert Schweitzer o, engalanada con mi gorro de piel de mapache y mi
            polvorera de cuerno, defendía al pueblo como Davy Crockett. Podía
            escalar el Himalaya y vivir en una cueva donde haría girar una rueda
            de oración para mantener la tierra en movimiento. Pero la necesidad
            de expresarme era mi deseo más fuerte, y mis hermanos fueron los
            primeros que conspiraron conmigo para sacar partido a mi
            imaginación. Escucharon atentamente mis historias, se prestaron a
            actuar en mis obras de teatro y combatieron en mis guerras con
            arrojo. Con ellos de mi parte, cualquier cosa parecía posible.
            En los meses de primavera, estaba enferma a menudo y me vi obligada
            a guardar cama mientras oía jugar a mis camaradas al otro lado de la
            ventana. En los meses de verano, los más pequeños me informaban de
            cuánta parte de nuestro campo sin arar habíamos ganado al enemigo
            mientras yo seguía enferma. Perdimos muchas batallas en mi ausencia,
            y mis cansadas tropas se reunían alrededor de mi cama para que yo
            las bendijera con nuestra biblia infantil, Jardín de versos para
            niños de Robert Louis Stevenson.
            En invierno, construimos fuertes en la nieve y yo capitaneé nuestra
            campaña, trazando mapas y elaborando estrategias de ataque y
            retirada.
            Libramos las guerras de nuestros abuelos irlandeses. Entre naranjas
            y verdes. Íbamos de naranja, pero desconocíamos su significado. Solo
            era nuestro color. Cuando la atención decaía, yo instauraba una
            tregua y visitaba a mi amiga Stephanie. Se estaba recuperando de una
            enfermedad que yo no comprendía, una forma de leucemia. Era mayor
            que yo.
            Debía de tener doce años, mientras que yo tenía ocho. Yo no tenía
            mucho que decirle y puede que no le fuera de mucho consuelo, pero
            ella parecía disfrutar con mi compañía. En realidad, creo que lo que
            me inducía a visitarla no era mi buen corazón, sino mi fascinación
            por sus cosas. Su hermana mayor colgaba mi ropa mojada y nos traía
            una bandeja con chocolate caliente y galletas. Stephanie se
            recostaba en un montículo de almohadones y yo le contaba cuentos y
            le leía tebeos.
            Me maravillaba su extensa colección de tebeos, fruto de una infancia
            pasada en la cama, que incluía todos los números de Superman , La
            pequeña Lulú , Classic Comics y House of Mystery. Su vieja caja de
            puros contenía todos los colgantes clásicos en 1953: una ruleta, una
            máquina de escribir, una patinadora sobre hielo, el caballo rojo
            alado de Exxon Mobil, la torre Eiffel, una zapatilla de bailarina y
            colgantes con la forma de los cuarenta y ocho estados de Estados
            Unidos. Nunca me cansaba de jugar con ellos y en ocasiones, si tenía
            alguno repetido, Stephanie me lo regalaba.
            Yo tenía un escondite secreto cerca de mi cama, bajo las tablas del
            suelo. En él guardaba mi alijo, lo que ganaba jugando a las canicas,
            cromos, objetos religiosos que rescataba de cubos de la basura
            católicos: viejas estampas, raídos escapularios, santos de escayola
            con las manos y los pies mellados. Metía allí el botín de Stephanie.
            Algo me decía que no debería aceptar regalos de una niña enferma,
            pero yo lo hacía y los escondía, un poco avergonzada.
            Había prometido visitarla el día de San Valentín, pero no lo hice.
            Mis deberes como general de mi ejército de hermanos y niños del
            vecindario eran agotadores y había mucha nieve que franquear. Fue un
            invierno crudo el de aquel año. Al día siguiente, abandoné mi puesto
            para pasar la tarde con ella y tomar chocolate caliente. Stephanie
            estuvo muy callada y me suplicó que me quedara aunque se durmiera.
            Hurgué en su joyero. Era de color rosa y, cuando lo abrías, una
            bailarina daba vueltas como el hada de los confites. Dentro, había
            un alfiler de una patinadora y me fascinó tanto que me lo metí en la
            manopla.
            Me quedé sentada junto a Stephanie durante mucho rato, paralizada, y
            me marché con sigilo mientras dormía. Guardé el alfiler en mi
            escondrijo.
            Esa noche, mis remordimientos por lo que había hecho me despertaron
            muchas veces. Por la mañana, estaba demasiado enferma para ir a
            clase y me quedé en la cama, atormentada por la culpa. Prometí
            devolver el alfiler y pedirle perdón.
            Al día siguiente era el cumpleaños de mi hermana Linda, pero no hubo
            ninguna fiesta en su honor. El estado de Stephanie se había agravado
            y mis padres fueron a donar sangre al hospital. Cuando regresaron,
            mi padre estaba llorando y mi madre se arrodilló junto a mí para
            decirme que Stephanie había muerto. Su dolor enseguida se trocó en
            preocupación cuando me tocó la frente. Yo tenía muchísima fiebre.
            Pusieron nuestro piso en cuarentena. Había contraído la escarlatina.
            En los años cincuenta, era una enfermedad muy temida porque a menudo
            evolucionaba en una forma mortal de fiebre reumática. Pintaron de
            amarillo la puerta de nuestro piso. Confinada en la cama, no pude
            asistir al funeral de Stephanie. Su madre me trajo montones de
            tebeos y la caja de puros que contenía sus colgantes. Ahora que
            tenía todos sus tesoros, estaba demasiado enferma para mirarlos
            siquiera. Fue entonces cuando conocí el peso del pecado, incluso de
            un pecado tan nimio como robar un alfiler de una patinadora.
            Reflexioné sobre el hecho de que, por muy buena que ansiara ser,
            jamás obtendría el perdón de Stephanie. Pero, mientras estuve en
            cama noche tras noche, se me ocurrió que a lo mejor era posible
            hablar con ella rezándole o, al menos, pedir a Dios que intercediera
            por mí.
            A Robert le fascinaba aquella historia y, a veces, en un domingo
            frío y lánguido, me suplicaba que se la volviera a contar. «Quiero
            volver a escuchar la historia de Stephanie», decía. Yo no omitía
            ningún detalle en las largas mañanas que pasábamos bajo las mantas
            entreteniéndonos con las historias de mi infancia, con sus pesares y
            su magia, para intentar olvidar el hambre. Y siempre, cuando llegaba
            a la parte en que abría el joyero, él gritaba: «Patti, no.».
            Solíamos reírnos de cuando éramos pequeños. Decíamos que yo había
            sido una niña mala que intentaba ser buena y él un niño bueno que
            intentaba ser malo. A lo largo de los años, aquellos papeles se
            fueron invirtiendo hasta que terminamos aceptando nuestra doble
            naturaleza.
            Albergábamos principios opuestos, luz y oscuridad.
            Yo era una niña soñadora y sonámbula. Irritaba a mis profesores con
            mi precoz capacidad lectora unida a una incapacidad para aplicarla a
            nada que ellos consideraran práctico. Todos acababan diciendo que
            fantaseaba demasiado, que siempre tenía la cabeza en otro sitio. No
            sé dónde estaría ese sitio, pero yo a menudo terminaba en el rincón,
            sentada en una banqueta a la vista de todos con un sombrero cónico
            de papel.
            Más adelante, hice a Robert dibujos grandes y muy detallados de
            aquellos cómicos momentos de humillación. Él disfrutaba con ellos y
            parecía valorar todas las cualidades que repugnaban a otros o los
            alejaban de mí. A través de aquel diálogo visual, mis recuerdos de
            infancia se hicieron suyos.
            Me disgusté cuando nos echaron de La Parcela y nos vimos obligados a
            hacer las maletas para comenzar una nueva vida en el sur de Nueva
            Jersey.
            Mi madre tuvo su cuarto hijo, una niñita enfermiza pero alegre
            llamada Kimberly a cuya crianza contribuimos todos. Yo me sentía
            aislada y desconectada en los humedales, melocotonares y granjas
            porcinas circundantes. Me sumergí en los libros y en el proyecto de
            una enciclopedia de la que solo redacté la entrada para Simón
            Bolívar. Mi padre me inició en la ciencia ficción y, durante un
            tiempo, lo acompañé al salón de baile country local, desde donde
            buscaba ovnis en el cielo mientras se cuestionaba el origen de
            nuestra existencia.
            Cuando tenía apenas once años, nada me complacía más que dar largos
            paseos con mi perro por el bosque circundante. Había arísaros,
            mirtos y col fétida por doquier, brotando de la roja tierra
            arcillosa. Yo buscaba un buen sitio para estar un poco en soledad,
            para detenerme y apoyar la cabeza en un tronco caído junto a un
            arroyo repleto de renacuajos.
            En verano, con mi hermano y leal teniente Todd, reptábamos por los
            polvorientos campos próximos a las canteras. Mi obediente hermana
            estaba en su puesto, lista para vendarnos las heridas y darnos de
            beber con la cantimplora del ejército de mi padre.
            En un día así, cuando regresaba renqueando a la retaguardia bajo un
            sol de justicia, mi madre me abordó.
            -¡Patricia -me reprendió-, ponte una camiseta!
            -Hace demasiado calor -me quejé-. Nadie más lleva camiseta.
            -Haga o no calor, ya es hora de que empieces a ponerte camiseta.
            Estás a punto de convertirte en una señorita.
            Yo protesté con vehemencia y anuncié que no iba a convertirme nunca
            en nada salvo en mí misma, que pertenecía al clan de Peter Pan y
            nosotros no nos hacíamos adultos.
            Mi madre ganó la discusión y me puse la camiseta, pero no puedo ni
            decir lo traidora que me sentí en aquel momento. Observé tristemente
            a mi madre mientras realizaba sus tareas femeninas, fijándome
            en su voluptuoso cuerpo de mujer. Todo parecía ser contrario a mi
            naturaleza.
            El penetrante olor de su perfume y el color rojo de su barra de
            labios, tan fuerte en los años cincuenta, me repugnaban. Ella era la
            mensajera y también el mensaje. Aturdida y altiva, con mi perro al
            lado, soñé con viajar. Con huir y alistarme en la Legión Extranjera,
            con ser ascendida y atravesar el desierto con mis hombres.
            Hallé consuelo en los libros. Curiosamente, fue Louisa May Alcott
            quien me procuró una perspectiva positiva de mi destino como mujer.
            Jo, la chicazo de las cuatro hermanas March en Mujercitas , escribe
            para contribuir al sostén de su familia, que está pasando graves
            apuros económicos durante la guerra de Secesión. Llena páginas
            enteras de sus desordenados garabatos, más adelante publicados en la
            sección literaria del periódico local. Ella me dio valor para
            fijarme una nueva meta y pronto estaba ideando cuentecitos y
            contando largos relatos a mis hermanos.
            A partir de entonces, acaricié la idea de que un día escribiría un
            libro.
            Al año siguiente, mi padre hizo la excepción de llevarnos al Museo
            de Arte de Filadelfia. Mis padres trabajaban mucho, y llevar a
            cuatro niños a Filadelfia en autobús resultó caro y agotador. Fue la
            única salida de aquella clase que hicimos en familia y la primera
            vez que me encontré cara a cara con el arte. Sentí cierta
            identificación física con los largos y lánguidos Modiglianis; me
            conmovieron los elegantes bodegones de Sargent y Thomas Eakins; me
            deslumbró la luz que emanaba de los impresionistas. Pero fueron las
            obras de una sala dedicada a Picasso, de sus arlequines a su
            cubismo, lo que más hondo me caló. Su confianza brutal me dejó sin
            respiración.
            Mi padre admiraba la calidad técnica y el simbolismo de la obra de
            Salvador Dalí, pero no veía ningún mérito en Picasso, lo cual motivó
            nuestro primer desacuerdo serio. Mi madre se ocupó de reunir a mis
            hermanos, que estaban deslizándose por los impecables suelos de
            mármol.
            Sé que, mientras bajábamos la suntuosa escalera en fila india, yo
            parecía la misma de siempre, una niña de doce años carilarga y
            desgarbada.
            Pero, en mi fuero interno, sabía que me había transformado,
            conmovida por la revelación de que los seres humanos crean arte, de
            que ser artista era ver lo que otros no podían ver.
            Pese a mi deseo, nada me indicaba que tuviera vocación de artista.
            Me imaginaba que sentía la llamada y rezaba para que así fuera. Pero
            una noche, mientras veía La canción de Bernadette protagonizada por
            Jennifer Jones, me fijé en que la joven santa no pedía tener
            vocación religiosa.
            Era la madre superiora quien ansiaba la santidad, aunque la elegida
            fuera Bernadette, una humilde campesina. Aquello me preocupó.
            Me planteé si estaba destinada a ser artista. No me importaban los
            sufrimientos de tener vocación, sino carecer de ella.
            Di un estirón. Medía casi un metro setenta y pesaba poco más de
            cuarenta y cinco kilos. A los catorce años, ya no era comandante de
            un ejército reducido pero leal, sino una adolescente delgaducha
            marginada y ridiculizada por sus compañeros. Me sumergí en los
            libros y el rock and roll, la salvación de los adolescentes en 1961.
            Mis padres trabajaban de noche. Cuando terminábamos nuestras tareas
            y deberes, Toddy, Linda y yo bailábamos al ritmo de músicos como
            James Brown, The Shirelles y Hank Ballard & The Midnighters. Con
            toda modestia puedo decir que éramos tan buenos en la pista de baile
            como lo habíamos sido en el campo de batalla.
            Yo dibujaba, bailaba y escribía poemas. No tenía talento, pero era
            imaginativa y mis profesores me animaban. Cuando gané un concurso
            patrocinado por la tienda de pinturas local Sherwin-Williams, mi
            obra se expuso en el escaparate y con el dinero del premio me compré
            una caja de pinturas al óleo. Arrasé bibliotecas y bazares en busca
            de libros de arte. Por aquel entonces se podían encontrar volúmenes
            bonitos por una miseria, y yo era feliz habitando en el mundo de
            Modigliani, Dubuffet, Picasso, Fra Angelico y Albert Ryder.
            Cuando cumplí dieciséis años, mi madre me regaló La fabulosa vida de
            Diego Rivera. Me quedé extasiada con el tamaño de sus murales, las
            descripciones de sus viajes y tribulaciones, sus amores y fatigas.
            Ese verano, conseguí un empleo en una fábrica no sindicada que
            consistía en inspeccionar manillares de triciclos. Era un lugar
            espantoso.

            




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http://www.youtube.com/watch?v=xxygqSTO1lQ 


http://www.youtube.com/watch?v=JA4gdljQg-w&list=PL740A349AE77435AE
 
http://www.youtube.com/watch?v=4Dp3KvKou9I