sábado, 4 de julio de 2020

Para vos Mary sunshine...; qué cosa con esto del "derecho de expresión", ¿no?






Pero mientras eso pasa, tenemos una misión todos, no importa qué rol desempeñemos y es que en este país se respete la libertad de expresión. Que no sólo es de los diarios o de los periodistas sino de todos. Que no sólo incluye la posibilidad de decir lo que se piensa, sino además el derecho de toda la sociedad a estar informada. Porque sin libertad de expresión no hay sistema democrático posible. Y sin libertad de información tampoco hay Estado de Derecho.

Voy a recordar una vieja opinión consultiva de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la Opinión 5/85, que expresa: “31. En su dimensión individual, la libertad de expresión no se agota en el reconocimiento teórico del derecho a hablar o escribir, sino que comprende, además, inseparablemente, el derecho a utilizar cualquier medio apropiado para difundir el pensamiento y hacerlo llegar al mayor número de destinatarios. Cuando la Convención proclama que la libertad de pensamiento y expresión comprende el derecho de difundir informaciones e ideas ‘por cualquier…  procedimiento’, está subrayando que la expresión y la difusión del pensamiento y de la información son indivisibles, de modo que una restricción de las posibilidades de divulgación representa directamente, y en la misma medida, un límite al derecho de expresarse libremente. De allí la importancia del régimen legal aplicable a la prensa y al status de quienes se dediquen profesionalmente a ella».

Y también: «32. En su dimensión social la libertad de expresión es un medio para el intercambio de ideas e informaciones y para la comunicación masiva entre los seres humanos. Así como comprende el derecho de cada uno a tratar de comunicar a los otros sus propios puntos de vista, implica también el derecho de todos a conocer opiniones y noticias. Para el ciudadano común tiene tanta importancia el conocimiento de la opinión ajena o de la información de que disponen otros como el derecho a difundir la propia”.

https://www.elcohetealaluna.com/tirios-cristianos-moros-troyanos/


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Por David Torres
| 04/07/2020 |
Cultura
  

Fuentes: Público





La primera vez que comprendí que el progreso podía dar marcha atrás y el calendario dar una vuelta de campana fue en 1989, treinta y un años atrás, cuando el ayatolá Jomeini condenó a muerte a Salman Rushdie por haber escrito una novela en la que se burlaba del islam: Los versos satánicos. El Muro de Berlín estaba a punto de caer, lo que quería decir, entre otras cosas, que muchos escritores soviéticos censurados o arrinconados por razones ideológicas iban a encontrarse con la censura mucho más sutil y efectiva del libre mercado. Lo que parecía completamente inimaginable, en oriente y occidente, en el orbe comunista y en el capitalista, era lanzar una orden de exterminio contra un autor con validez para los cinco continentes, una fatwa que implicaba una recompensa celestial para el asesino y la condena eterna para el hereje.

Más extraño aun era escuchar sesudos debates televisivos donde se discutían los diversos aspectos del problema -religioso, moral, literario, filosófico, político, estético-: cada vez que aquellos profesores y especialistas descubrían un enfoque inesperado, yo tenía la sensación de estar cayendo de un siglo a otro siglo, derecho hacia el Medievo. ¿Cómo se le había ocurrido a Rushdie ofender a la comunidad musulmana? ¿Se podía utilizar a Mahoma como personaje literario ? ¿No estaban promoviendo los iraníes, en los albores del tercer milenio, la quema de libros y los autos de fe? En el momento en que oí a un conocido arabista señalar que Rushdie no había cometido el pecado de herejía, pero sí el de apostasía, tuve que frotarme los ojos y comprobar que los invitados al debate no llevaban jubón y gola.

Algo bueno salió de todo aquello: la idea de que un simple libro seguía asustando al poder, el viejo tópico medieval de que la pluma es más fuerte que la espada. Desde tiempo atrás, en la facultad de Filología habíamos perdido la fe en que la literatura sirviera para algo, no ya que pudiera cambiar el mundo del modo en que lo hizo, por ejemplo, la Declaración Universal de los Derechos Humanos. De repente, un novelista indio tenía que buscar refugio (gracias a Margaret Thatcher, paradójicamente, a quien había criticado hasta hartarse) mientras sus traductores eran perseguidos en una anacrónica caza del hombre: uno de ellos fue apuñalado hasta la muerte en Tokio, el editor noruego sobrevivió a tres balazos. Todo no sólo por haber sugerido en una obra de ficción que algunas suras del Corán pudieron no haber tenido un origen divino sino también por retratar al propio Jomeini como un anciano iracundo sin el menor sentido del humor. Tres décadas después, la lección de intolerancia académica del ayatolá se ha extendido a todos los ámbitos: por ejemplo, la ortodoxia feminista, transmutada de movimiento de liberación a nuevo dogma religioso, ha proclamado que Lolita, de Nabokov, es un libro execrable por promover la pederastia. Hace falta estar ciego y además leer con el culo.

Es una desbandada general hacia la Edad Media en la que también abundan los nostálgicos del nazismo y los modernos promotores de siervos de la gleba en motocicleta. Y en la marcha atrás no podían faltar los destructores de imágenes, los nuevos iconoclastas que juzgan figuras del pasado remoto en función de conceptos de hoy en día. Del mismo modo que la iglesia añadía velos y taparrabos a los frescos del Renacimiento que les incomodaban por mostrar al hombre y a la mujer tal y como Dios los trajo al mundo, ahora se pintarrajean o decapitan las estatuas de Colón o del emperador Constantino por haberse enriquecido mediante el tráfico de seres humanos. Los antirracistas de última generación luchan a toro pasado contra la esclavitud en el siglo XVI o en el IV a base de memes y chafarrinones, pero no mueven un dedo, ni siquiera virtual, para acabar con la injusticia que sufren cientos de miles de niños esclavos en Birmania, en Yemen, en Bolivia, en Perú o en las minas de coltán del Congo. Cómo van a hacerlo, si están muy ocupados cambiándole el nombre a los conguitos.

Fuente:


lunes, 15 de junio de 2020

Para vos MarySunshine...

Che

Yo tuve un hermano.

No nos vimos nunca
pero no importaba.

Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.
Lo quise a mi modo,
le tomé su voz
libre como el agua,
caminé de a ratos
cerca de su sombra.

No nos vimos nunca
pero no importaba,
mi hermano despierto
mientras yo dormía,
mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.

Ya nos escribiremos. Abraza mucho a Adelaida. Hasta siempre,
 Julio


domingo, 26 de abril de 2020

Para vos Mary Sunshine..., cuando el dinero pierde el poder.



En agosto nos vemos


Gabriel García Márquez





Volvió a la isla el viernes 16 de agosto en el transbordador de las dos de la tarde. Llevaba una camisa de cuadros escoceses, pantalones de vaquero, zapatos sencillos de tacón bajo y sin medias, una sombrilla de raso y, como único equipaje, un maletín de playa. En la fila de taxis del muelle fue directo a un modelo antiguo carcomido por el salitre. El chófer la recibió con un saludo de antiguo conocido y la llevó dando tumbos a través del pueblo indigente, con casas de bahareque y techos de palma, y calles de arenas blancas frente a un mar ardiente. Tuvo que hacer cabriolas para sortear los cerdos impávidos y a los niños desnudos, que lo burlaban con pases de toreros. Al final del pueblo se enfiló por una avenida de palmeras reales, donde estaban las playas y los hoteles de turismo, entre el mar abierto y una laguna interior poblada de garzas azules. Por fin se detuvo en el hotel más viejo y desmerecido.
El conserje la esperaba con las llaves de la única habitación del segundo piso que daba a la laguna. Subió las escaleras con cuatro zancadas y entró en el cuarto pobre con un fuerte olor de insecticida y casi ocupado por completo con la enorme cama matrimonial. Sacó del maletín un neceser de cabritilla y un libro intenso que puso en la mesa de noche con una página marcada por el cortapapeles de marfil. Sacó una camisola de dormir de seda rosada y la puso debajo de la almohada. Sacó una pañoleta de seda con estampados de pájaros ecuatoriales, una camisa blanca de manga corta y unos zapatos de tenis muy usados, y los llevó al baño con el neceser.
Antes de arreglarse se quitó la camisa escocesa, el anillo de casada y el reloj de hombre que usaba en el brazo derecho, y se hizo abluciones rápidas en la cara para lavarse el polvo del viaje y espantar el sueño de la siesta. Cuando acabó de secarse sopesó en el espejo sus senos redondos y altivos a pesar de sus dos partos, y ya en las vísperas de la tercera edad. Se estiró las mejillas hacia atrás con los cantos de las manos para verse como había sido de joven, y vio su propia máscara con los ojos chinos, la nariz aplastada, los labios intensos. Pasó por alto las primeras arrugas del cuello, que no tenían remedio, y se mostró los dientes perfectos y bien cepillados después del almuerzo en el transbordador. Se frotó con el pomo del desodorante las axilas recién afeitadas y se puso la camisa de algodón fresco con las iniciales AMB bordadas a mano en el bolsillo. Se desenredó con el cepillo el cabello indio, largo hasta los hombros, y se hizo la cola de caballo con la pañoleta de pájaros. Para terminar, se suavizó los labios con el lápiz labial de vaselina simple, se humedeció los índices en la lengua para alisarse las cejas lineales, se dio un toque de su perfume amargo detrás de cada oreja y se enfrentó por fin al espejo con su rostro de madre otoñal. La piel, sin un rastro de cosméticos, se defendía con su color original, y los ojos de topacio no tenían edad en los oscuros párpados portugueses. Se trituró a fondo, se juzgó sin piedad y se encontró casi tan bien como se sentía. Sólo cuando se puso el anillo y el reloj se dio cuenta de su retraso: faltaban seis para las cinco. Pero se concedió un minuto de nostalgia para contemplar las garzas que planeaban inmóviles en el vapor ardiente de la laguna. Los nubarrones negros del lado del mar le aconsejaron la prudencia de llevar la sombrilla.
El taxi la esperaba bajo los platanales del portal. Se alejó por la avenida de palmeras hasta un claro de los hoteles donde había un mercado popular al aire libre, y se detuvo en un puesto de flores. Una negra grande que hacía la siesta en una silla de playa despertó sobresaltada, reconoció a la mujer en el asiento posterior del automóvil y le dio, entre risas y chácharas, el ramo de gladiolos que había encargado para ella desde la mañana. Unas cuadras más adelante el taxi torció por un sendero apenas transitable que subía por una cornisa de piedras afiladas. A través del aire enrarecido por el calor se veían los yates de placer alineados en la dársena del turismo, el trasbordador que se iba, el perfil remoto de la ciudad en la bruma del horizonte, el Caribe abierto.
En la cumbre de la colina estaba el cementerio triste de los pobres. Empujó sin esfuerzo el portón oxidado, y entró con el ramo de flores en el sendero de túmulos tragados por la maleza, con escombros de ataúdes y saldos de huesos calcinados por el sol. Las tumbas parecían iguales en el cementerio desamparado con una ceiba de grandes ramas en el centro. Las piedras afiladas hacían daño aun a través de las suelas de caucho recalentado, y el sol duro se filtraba por el raso de la sombrilla. Una iguana surgió de los matorrales, se detuvo en seco frente a ella, la miró un instante y escapó en estampida.
Había acabado de limpiar tres tumbas, y estaba exahusta y empapada de sudor cuando logró reconocer la lápida de mármol amarillento con el nombre de la madre y la fecha de su muerte, veintinueve años antes. Solía darle las noticias de la casa, la había informado con datos confidenciales para que la ayudara a decidir si se casaba, y a los pocos días creyó recibir su respuesta en un sueño que le pareció inequívoco y sabio. Algo semejante le había ocurrido cuando el hijo estuvo dos semanas entre la vida y la muerte por un accidente de tránsito, sólo que la respuesta no le llegó en sueños, sino por la conversación casual con una mujer que se le acercó en el mercado sin ningún motivo. No era supersticiosa, pero tenía la certeza racional de que la identificación perfecta con su madre continuaba después de su muerte. Así que le hizo las preguntas del año, puso las flores en la tumba, y se fue convencida de recibir las respuestas el día menos pensado.
Misión cumplida: había repetido aquel viaje por veintiocho años consecutivos cada 16 de agosto a la misma hora, en el mismo cuarto del mismo hotel, con el mismo taxi y la misma florista bajo el sol de fuego del mismo cementerio indigente, para poner un ramo de gladiolos frescos en la tumba de su madre. A partir de ese momento no tenía nada que hacer hasta las nueve de la mañana del día siguiente, cuando salía el transbordador de regreso.
Se llamaba Ana Magdalena Bach, había cumplido cincuenta y dos años de nacida y veintitrés de un matrimonio bien avenido con un hombre que la amaba, y con el cual se casó sin terminar la carrera de letras, todavía virgen y sin noviazgos anteriores. Su padre fue un maestro de música que seguía siendo director del Conservatorio Provincial a los ochenta y dos años, y su madre había sido una célebre maestra de primaria montesoriana que, a pesar de sus méritos, no quiso ser nada más hasta su último aliento.
Ana Magdalena heredó de ella la esbeltez de los ojos amarillos, la virtud de las pocas palabras y la inteligencia para disimular el temple de su carácter. La voluntad de ser enterrada en la isla la había expresado tres días antes de morir. Ana Magdalena quiso acompañarla, desde el primer viaje, pero a nadie le pareció prudente, porque ella misma no creyó que pudiera sobrevivir a su congoja. Al primer aniversario, sin embargo, su padre la llevó a la isla para poner la lápida de mármol que estaban debiéndole a la tumba. La asustó la travesía en una canoa con motor fuera de borda que demoró casi cuatro horas sin un instante de buena mar. Admiró las playas de harina dorada al borde mismo de la selva virgen, el alboroto atronador de los pájaros y el vuelo fantasmal de las garzas en el remanso de la laguna interior. Pero la deprimió la miseria de la aldea, donde tuvieron que dormir a la intemperie en una hamaca colgada entre dos cocoteros, y la cantidad de pescadores negros con el brazo mutilado por la explosión prematura de los tacos de dinamita. Por encima de todo, sin embargo, entendió la voluntad de su madre cuando vio el esplendor del mundo desde la cumbre del cementerio. Fue entonces cuando se impuso el deber de llevarle un ramo de flores todos los años mientras tuviera vida.
Agosto era el mes más caluroso del año y la estación de los aguaceros grandes, pero ella lo entendió como una obligación de su vida privada que debía cumplir sin falta y siempre sola. Fue la única condición que le impuso a su hombre antes de casarse, y él tuvo la inteligencia de admitir que era algo ajeno a su poder.
Así que Ana Magdalena había visto crecer año tras año los acantilados de cristal de los hoteles de turismo, había pasado de las canoas de indios a las lanchas de motor, y de éstas al transbordador, y creía tener motivos para sentirse como el nativo más antiguo de la aldea.
Aquella tarde, cuando volvió al hotel, se tendió en la cama sin más ropas que las bragas de encajes y reanudó la lectura del libro que había empezado durante el viaje. Era el Drácula original de Bram Stoker. Siempre fue una buena lectora. Había leído con rigor lo que más le gustaba, que eran las novelas cortas de cualquier género, como el Lazarillo de Tormes, El viejo y el mar, El extranjero. En los últimos años, al borde de los cincuenta, se había sumergido a fondo en las novelas sobrenaturales.
Drácula le había fascinado desde el principio, pero aquella tarde sucumbió al trueno continuo del ventilador colgado del cielo raso, y se quedó dormida con el libro en el pecho. Despertó dos horas después en las tinieblas, sudando a mares, de mal humor y sorda de hambre.
No era una excepción en su rutina de años. El bar del hotel estaba abierto hasta las diez de la noche, y varias veces había bajado a comer cualquier cosa antes de dormir. Notó que había más clientes que de costumbre a esa hora, y el mesero no le pareció el mismo de antes. Ordenó para no equivocarse un sánduiche de jamón y queso con pan tostado, y café con leche. Mientras se lo llevaban se dio cuenta de que estaba rodeada por los mismos clientes mayores de cuando el hotel era el único, o de escasos recursos, como ella. Una niña mulata cantaba boleros de moda, y el mismo Agustín Romero, ya viejo y ciego, la acompañaba bien y con amor en el mismo piano de media cola de la fiesta inaugural.
Terminó de prisa, abrumada por la humillación de comer sola, pero se sintió bien con la música, que era suave y tierna, y la niña sabía cantar. Cuando volvió en sí sólo quedaban tres parejas en mesas dispersas, y justo frente a ella, un hombre distinto que no había visto entrar. Vestía de lino blanco, como en los tiempos de su padre, con el cabello metálico y el bigote de mosquetero terminado en puntas. Tenía en la mesa una botella de aguardiente y una copa a la mitad, y parecía estar solo en el mundo.
El piano inició el Claro de Luna de Debussy en un buen arreglo para bolero, y la niña mulata la cantó con amor. Conmovida, Ana Magdalena pidió una ginebra con hielo y soda, el único alcohol que se permitía de vez en cuando, y lo sobrellevaba bien. Había aprendido a disfrutarlo a solas con su esposo, un alegre bebedor social que la trataba con la cortesía y la complicidad de un amante secreto.
El mundo cambió desde el primer sorbo. Se sintió bien, pícara, alegre, capaz de todo, y embellecida por la mezcla sagrada de la música con el alcohol. Pensaba que el hombre de la mesa de enfrente no la había mirado, pero cuando ella lo miró por segunda vez después del primer sorbo de ginebra, lo sorprendió mirándola. Él se ruborizó. Ella, en cambio, le sostuvo la mirada mientras él miró el reloj de leontina, lo guardó impaciente, miró hacia la puerta, se sirvió otro vaso, ofuscado, porque ya era consciente de que ella lo miraba sin clemencia. Entonces la miró de frente. Ella le sonrió sin reservas, y él la saludó con una leve inclinación de cabeza. Entonces ella se levantó, fue hasta su mesa y lo asaltó con una estocada de hombre.
—¿Puedo invitarlo a un trago?
El hombre se resquebrajó.
—Sería un honor —dijo.
—Me bastaría con que fuera un placer —dijo ella.
No había terminado cuando ya estaba sentada a la mesa, y sirvió un trago en la copa de él, y otro para ella. Lo hizo con tanta habilidad, y tan buen estilo, que él no acertó a quitarle la botella para impedir que se sirviera ella misma. Salud, dijo ella. Él se puso a tono, y ambos se tomaron la copa de un golpe. Él se atragantó, tosió con sobresaltos de todo el cuerpo y quedó bañado en lágrimas. Sacó el pañuelo intachable con un vaho de agua de lavanda, y la miró a través del llanto. Ambos guardaron un largo silencio hasta que él se secó con el pañuelo y recobró la voz. Ella se atrevió a sentar plaza con una pregunta:
—¿Está seguro que no vendrá nadie?
—No —dijo él sin ninguna lógica—. Era un asunto de negocios, pero ya no llegará.
Ella preguntó con una expresión de incredulidad calculada: ¿Negocios? Él le respondió como hombre para que no le creyera: Ya no estoy para nada más. Y ella, con una vulgaridad que no era suya, pero bien calculada, lo remató:
—Será en su casa.
Siguió pastoreándolo con su tacto fino. Jugó a adivinarle la edad, y se equivocó por un año de más: cuarenta y seis. Jugó a descubrir su país de origen por el acento, pero no acertó en tres tentativas. Probó a adivinar la profesión, pero él se apresuró a decirle que era ingeniero civil, y ella sospechó que era una artimaña para impedir que llegara a la verdad.
Hablaron sobre la audacia de convertir en bolero una pieza sagrada de Debussy, pero él no lo había advertido. Sin duda, se dio cuenta de que ella sabía de música y él no había pasado del Danubio azul. Ella le contó que estaba leyendo Drácula. Él sólo lo había leído de niño en una versión infantil, y seguía impresionado con la idea de que el conde desembarcara en Londres transformado en perro. En el segundo trago ella sintió que el aguardiente se había encontrado con la ginebra en alguna parte de su corazón, y tuvo que concentrarse para no perder la cabeza. La música se acabó a las once, y sólo esperaban que ellos se fueran para cerrar.
A esa hora ella lo conocía ya como si hubiera vivido con él desde siempre. Sabía que era aseado, impecable en el vestir, con unas manos mudas agravadas por el esmalte natural de las uñas. Se dio cuenta de que estaba cohibido por los grandes ojos amarillos que ella no apartó de los suyos, y que era un hombre bueno y cobarde. Se sintió con el dominio suficiente para dar el paso que no se le había ocurrido ni en sueños en toda su vida, y lo dio sin misterios:
—¿Subimos?
Él dijo con una humildad ambigua:
—No vivo aquí.
Pero ella no esperó siquiera que terminara de decirlo. Se levantó, sacudió apenas la cabeza para dominar el alcohol, y sus ojos radiantes resplandecieron.
—Yo subo primero mientras usted paga, le dijo. Segundo piso, número 203, a la derecha de la escalera. No toque, empuje nada más.
Subió a la habitación arrastrada por un dulce desasosiego que no había vuelto a sentir desde su última noche de virgen. Encendió el ventilador del techo, pero no la luz; se desnudó en la oscuridad sin detenerse, y dejó el reguero de ropa en el suelo desde la puerta hasta el baño. Cuando encendió la lámpara del tocador tuvo que cerrar los ojos y aspirar hondo con un esfuerzo para regular la respiración y controlar el temblor de las manos. Se lavó a toda prisa: el sexo, las axilas, los dedos de los pies macerados por el caucho de los zapatos, pues, a pesar de los terribles sudores de la tarde, no había pensado bañarse hasta la hora de dormir. Sin tiempo de cepillarse los dientes, se puso en la lengua una pizca de pasta dentífrica, y volvió al cuarto, iluminado apenas por la luz oblicua del tocador.
No esperó a que su invitado empujara la puerta, sino que la abrió desde dentro cuando lo sintió llegar. Él se asustó: ¡Ay, mi madre! Pero ella no le dio tiempo de más en la oscuridad. Le quitó la chaqueta a zarpazos enérgicos, le quitó la corbata, la camisa, y fue tirando todo en el suelo por encima de su hombro. A medida que lo hacía, el aire se iba impregnando de un fuerte olor de agua de lavanda. Él trató de ayudarla al principio, pero ella se lo impidió con su audacia y su autoridad. Cuando lo tuvo desnudo hasta la cintura, lo sentó en la cama y se arrodilló para quitarle los zapatos y las medias. Él se soltó al mismo tiempo la hebilla del cinturón de modo que a ella le bastó con jalar los pantalones para quitárselos, sin que ninguno de los dos se preocupara por el reguero de llaves y el puñado de billetes y monedas que cayeron en el suelo. Por último, lo ayudó a sacarse el calzoncillo a lo largo de las piernas, y se dio cuenta de que no era tan bien servido como su esposo, que era el único que ella conocía, pero estaba sereno y enarbolado.
No le dejó ninguna iniciativa. Se acaballó sobre él hasta el alma y lo devoró para ella y sin pensar en él, hasta que ambos quedaron exhaustos en un caldo de sudor. Permaneció encima, luchando a solas contra las primeras dudas de su conciencia bajo el chorro caliente y el ruido sofocante del ventilador, hasta que se dio cuenta de que él no respiraba bien, abierto en cruz bajo el peso de su cuerpo. Entonces descabalgó y se tendió bocarriba a su lado. Él permaneció inmóvil hasta que pudo preguntar con el primer aliento:
—¿Por qué yo?
—Me pareció muy hombre —dijo ella.
—Viniendo de una mujer como usted —dijo él— es un honor.
—Ah —bromeó ella—. ¿No fue un placer?
Él no contestó y ambos yacieron pendientes de los ruidos de la noche. El cuarto era sedante en la penumbra de la laguna. Se oyó un aleteo cercano. Él preguntó: ¿Qué es eso? Ella le habló de los hábitos de las garzas en la noche. Al cabo de una hora larga de susurros banales, ella empezó a explorar con los dedos, muy despacio, desde el pecho hasta el bajo vientre. Lo exploró después con el tacto de sus pies a lo largo de las piernas, y comprobó que todo él estaba cubierto por un vello rizado y tierno que le recordó la hierba en abril. Luego empezó a provocarlo con besos tiernos en las orejas y en el cuello, y se besaron por primera vez en los labios. Entonces él se le reveló como un amante exquisito que la elevó sin prisa hasta el más alto grado de ebullición. Ella se sorprendió de que unas manos tan primarias fueran capaces de tanta ternura. Pero cuando él trató de inducirla al modo convencional del misionero, ella se resistió, temerosa de que se estropeara el prodigio de la primera vez. Sin embargo, él se le impuso con firmeza, la manejó a su gusto y manera, y la hizo feliz.
Habían dado las dos cuando la despertó un trueno que sacudió los estribos de la casa, y el viento forzó el pestillo de la ventana. Se apresuró a cerrarla, y en el mediodía instantáneo de otro relámpago vio la laguna encrespada, y a través de la lluvia vio la luna inmensa en el horizonte y las garzas azules aleteando sin aire en la borrasca.
De regreso a la cama se le enredaron los pies en la ropa de ambos. Dejó la suya en el suelo para recogerla después, y colgó la chaqueta de él en la silla, colgó encima la camisa y la corbata, dobló los pantalones con cuidado para no arrugarles la línea, y le puso encima las llaves, la navaja y el dinero que se le habían caído de los bolsillos. El aire del cuarto se refrescaba por la tormenta, así que se puso el camisón rosado de una seda tan pura que le erizó la piel. El hombre, dormido de costado y con las piernas encogidas, le pareció un huérfano enorme, y no pudo resistir una ráfaga de compasión. Se acostó a sus espaldas, lo abrazó por la cintura, y el vaho amoniacal de su cuerpo ensopado de sudor le llegó al alma. Él soltó un resuello áspero y empezó a roncar. Ella se adurmió apenas, y despertó en el vacío del ventilador eléctrico cuando se fue la luz y el cuarto quedó en la fosforescencia verde de la laguna. Él roncaba entonces con un silbido continuo. Ella empezó a teclear en sus espaldas con la punta de los dedos por simple travesura. Él dejó de roncar con un sobresalto abrupto y su animal exhausto empezó a revivir. Ella lo abandonó por un instante y se quitó de un tirón la camisa de noche. Pero cuando volvió a él fueron inútiles sus artes, pues se dio cuenta de que se hacía el dormido para no arriesgarse por tercera vez. Así que se apartó hasta el otro lado de la cama, volvió a ponerse la camisa y se durmió a fondo de espaldas al mundo.
Su horario natural la despertó al amanecer. Yació un instante divagando con los ojos cerrados, sin atreverse a admitir el latido de dolor de sus sienes ni el mal sabor de cobre en la boca, por el desasosiego de que algo ignoto la esperaba en la vida real. Por el ruido del ventilador se dio cuenta de que había vuelto la luz y la alcoba era ya visible por el alba de la laguna.
De pronto, como el rayo de la muerte, la fulminó la conciencia brutal de que había fornicado y dormido por la primera vez en su vida con un hombre que no era el suyo. Se volvió a mirarlo asustada por encima del hombro, y no estaba. Tampoco estaba en el baño. Encendió las luces generales y vio que no estaba la ropa de él, y en cambio la suya, que había tirado por el suelo, estaba doblada y puesta casi con amor en la silla. Hasta entonces no se había dado cuenta de que no sabía nada de él, ni siquiera el nombre, y lo único que le quedaba de su noche loca era un tenue olor de lavanda en el aire purificado por la borrasca. Sólo cuando cogió el libro de la mesa de noche para guardarlo en el maletín se dio cuenta de que él le había dejado entre sus páginas de horror un billete de a veinte dólares.


sábado, 28 de marzo de 2020

Para vos Mary Sunshine, una insumisa melancolía otoñal...



LO VICIADO DE LO AUSENTE

HOJA SIN FECHA


Lo mejor sería escribir los acontecimientos cotidianamente. Llevar un diario para comprenderlos. No dejar escapar los matices, los hechos menudos, aunque parezcan fruslerías, y sobre todo clasificarlos. Es preciso decir cómo veo esta mesa, la calle, la gente, mi paquete de tabaco, ya que es esto lo que ha cambiado. Es preciso determinar exactamente el alcance y la naturaleza de este cambio.
Por ejemplo, ésta es una caja de cartón que contiene la botella de tinta. Habría que tratar de decir cómo la veía antes y cómo la veo ahora. ¡Bueno! Es un paralelepípedo rectángulo; se recorta sobre...  es estúpido, no hay nada que decir. *


Inútil día pasional. ¿De qué sirve la ilusión de la conciencia, sin el atuowxámen? Si la desesperación pulveriza a la esperanza convencional. Nadie se inmola en los eternos fuegos de la pasión, para salvar a nadie. “Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo”. * Si respiramos sobre la superficie y no obramos, la disipación de la materia, irrumpe en escena. No son verificables las certezas en el único océano compartido de las ambigüedades, en el cual, hundidos, respiramos sin crear destino cierto, ético.

El sol se apagó. El cielo celeste ennegreció sus alas. El paisaje tanático que nos acorrala desde hace millones de años. En cierto lapso cronológico, la espada verduga es blandida por tres o cuatro gorras entorchadas, tres o cuatro sotanas con cruces en la cabeza (en vez de ella) o tres o cuatros financistas que gobiernan el mundo todo desde su somier preferido: la tumba de las presurosas ganancias extraordinarias.

Estuviste en la puerta y de pronto, ya no estabas más. La lluvia otoñal, en silencio y voluntariosa, se volcaba por sobre la mortificante sombra de la soledad. En el desierto de cemento, los pájaros ni vuelan, ni cantan (¿Cómo en Vietnam?). Solo a veces, pen las horas del ocaso, sus vidas aladas, presagian, nos notifican qué vislumbran desde las alturas de su vuelo, el mañana que habremos de transitar, aun no lo querramos. En el desierto urbano, tampoco hay más perros paseando como burgueses aletargados, con sus amos latosos, ni gatos correteando tras rechonchos ratones voraces. Algún que otro individuo canino, enclenque , flacucho, husmea las baldosas inundadas, en la seguridad que va a volver a encontrar el feliz camino de vuelta a casa. La tristeza se hace infinita, inalterable, de solo evocar el brillo sonoro de las copas, de nuestro tantos brindis. ¿Volverá la luz del sol de esos días? ¿Recuperarán las alas del cielo su vuelo turquesa? No lo se. Los pájaros, desde su elevación, no arriesgan repuesta. Algún amanecer cualquiera, ¿observará tu corazón, junto al sol rojo, acerca de nuestro fugaz encuentro en esta dimensión azarosa?

El nihilista acopio de ingentes cifras dinerarias, de por sí, no es el escudo invencible para salvaguardarnos de las oscuridades intoxicadas de la eternidad. Las pandemias terrenales son las evidencias probatorias incontrobersiales. Las locuaces imputaciones para justificar, exusar las propias acciones disipadas, poseen un precio prefijado. El daño moral, físico, no es una conceción graciosa, filantrópica de los condenados de este mundo, para que las túnicas del oro, se emorrachen en su rutinario rito orgiástico, bebiendo la sangre de los derrotados. Vencidos, en medio de las sombras de los colores, continuamos aquí, más leales que nunca, a la alborozada albañilería de la libertad. No se registran en los documentos públicos, ni en los reservados y oscurísimos archivos de la memoria estatal, vuestro rictus de aguafiestas marchitados, por las pérdidas de lo que no pudimos alcanzar, debido a su oficialista mala fe de creyentes victoriosos.

Te veo en el cristal humedecido por la llovizna, de mi fantasía. Tu brillante paragüas negro, escurriendo el agua de lluvia sobre las puntas de tus cabellos sobre la espalda. Tus pasos son normales, no huyen de la precipitación otoñal. La congoja gris en mi, se agrega imperceptible al agua del cielo que humedece tus manos ocupadas. En vez de tu sombra, va una silueta difusa, hosca, tal vez, el egoísmo. La resolución de mi visión esencial, carece por completo de certeza. El perfil de la cima recargada de la duda, es lo más distinguible. Lo real, es que caminás bajo el albur otoñal, con la mirada atenta, bajo la vigilancia imperceptible de los antiguos eucaliptus, un poco más allá de la calzada que atavían tus pasos.

Se, con alto grado de corrección, en qué plaza de mi interior, quedaron fijados los sueños enardecidos, honrosos, esos que no filtraron por el albañal del quebranto, ni transigieron con el nuevo orden encomendado a torturas y desapariciones masivas, que nunca terminaban, por el monetarismo global. Sin embargo, el autorescate se corresponde simétrico, con aquella percepción indisoluble, que es la imperecedera infalibilidad, que hubo, al menos en gran medida, un mundo mejor, más respirable, más justo, que merecimos haberlo habitado y vivido, de habérnoslo propuesto con sangre más caliente y con orientado intelecto. , Ahora, una vez que el otoño vuelve a su poder de siempre, una vez más, demuestra, sin intermediaciones mediáticas interesadas, la posición en la que nos encontramos, inermes, ahí de sucumbir, fijando en detalle, sobre un plasma sideral en blanco y negro, el sin sentido, la sin salida posible nuestra y solo a algunos viciosos, alienados, minoritarios, con claridad retorcida, que están relacionados materialmente con el sótano umbroso del consumismo patológico y que nos conducen, apremiantes, en masa boquiabierta, hacia el fondo del mismo, sellado, bloqueado a cal y canto.

Pánico, es todo lo que hay en la proximidad. Sufro indeciblemente, por el asalto a traición sobre mi desesperada visión esencial, que tus pasos, tus zapatos, subidos a esa indiferente, indolente aparición egoísta, te lleve, inconciente, hacia el fondo de aquél túnel de la quietud, en donde la vida nuestra, nada advierta.


= = = = = =

*El Evangelio según Jesucristo (O Evangelho Segundo Jesus Cristo) Jose Saramago.
Editorial: Caminho. 1991.
Traducido por: Basilio Losada Castro. Alfaguara. 1998.
https://es.wikipedia.org/wiki/El_Evangelio_seg%C3%BA        n_Jesucristo

*LA NÁUSEA

9a. EDICIÓN
EDITORIAL ÉPOCA, S. A.
Emperadores No. 185  México 13, D. F.
Título original francés
La Nausée
Traducción de
AURORA BERNÁRDEZ
Impreso en México             Printed in México.

martes, 24 de marzo de 2020

Para vos Mary Sunshine que no lo viviste...

RAQUEL


“de acuerdo con el contexto de la victoria, cabe el estilo de la derrota"
Rodolfo Walsh.


En  Córdoba,  9  de  Julio  de  1978.
A Raquel *

Los preceptos que se van a leer son fruto de la experiencia; la  experiencia implica  una  cierta  suma  de  disparates;  y  como  cada  cual  los  ha  cometido  –todos  o  poco  menos-,  espero  que  mi  experiencia  será  verificada  por  la  de  cada cual.
Charles Baudelaire

A  través  de  la  velada  ventana  de  los  días  voy  observando  el  paisaje desordenado  de  mi  casual  sobrevivencia.  Siento  el  viento  que  se  lleva  la protectora esperanza,  que  me  trae  y  me deja  la  angustia  de  vivir  entre los  árboles secos,  entre  paredes,  entre  las  agujas  del  reloj,  entre  las  sombras.  «¿Hay esperanza aun? Mi  esperanza  se  expatría  de  tierras  doctorales de coloniales campanario  sin  armonías.  Se  desbanda  hacia  el  exilio  donde  giran  y  giran  las Golondrinas  de  aquella Plaza  de  Mayo,  alejándose  de  inherentes  países  donde  su gobernante  es  la Lobreguez  y  el  Silencio  su  Secuestrador.  Camino  mi  vivir  y  de vez  en  cuando  me  encuentro  con  seres  como  vos;  seres  ceñidos  por  una sensación  a  poesías  emancipadoras,  como  si  escaparan  por  algún parisino  boulevard  de  Rayuela  o  de  algún  jardín  fuliginoso,  donde  Baudelaire  laboraba  sus Flores  del Mal;  y  confieso aquí,  que  toda  tu  persona  me  inspira  a  sustraerte de  tu  elemento humano,  algo  que  se  entienda  como  un  ulterior  escrito,  un pensamiento  decisivo  o  simplemente  la  regia  festividad  de  la  visión  de  ser  salvaje ráfaga,  para  satisfacerse  con  tus  propias  manos  o  para  hamaquearse  achicado  en tu  cintura.
A  mi tiempo  lo  desperdicio  escribiendo  papeles  que  encuentro  en  el suelo, bajo  hojas  muertas  de  ilusorias  canciones protestonas,  andando  por  una  y  mil veredas oscuras, desiertas;  voy  recogiendo  los  requiebros  desaparecidos de  sus  nombres  y  del tuyo. Mientras colecciono en  papeles  expuestos,  toda  esas  miserias  que  mis semejantes son  capaces  de  propulsar  hacia  el  ambiente  exterior  de  su  espectro. No me queda otra que asumir con  una  cierta  buena  voluntad,  todas  las  cosas  que  hacen  y mueven  la  vida,  y  que  van  esfumándose  de  nuestros  sentidos  alertas, vigilantes,  como  si  nunca  hubieran  existido.  Hasta  recorro  navegando  los  ríos  metafísicos,  que  se  desbordan incontrolables  a  nuestro  alrededor.  En  ciertos  días  de  aparente  normalidad, cuando  la  mente  se  opone  intransigente  al  corazón, que  sí  vislumbra la  recalcitrante  realidad  precisa,  te  encuentro  entre  mis  cosas  cotidianas;  te  hallo  en  mi  guitarra  o  en  aquel  país  del  Mutismo,  donde  me  siento  apropiadamente poseedor  de  los  ininteligibles  e  ignorados  prodigios  universales,  donde  soy  amo señorial  de  mi  propia  presencia  y  me  observo  deslumbrado:  mis  manos  que coronan  tu  cabeza  etérea,  intangible,  con  tu  cabello  color  independencia.  ¿A quién  le  importa   si  estás  o  desapareciste?  ¿No  recordás  que  siempre  es  y  será lo  mismo?  La  castigadora zozobra a  la  que  nos arrojó  el Estado,  que  veda  los pensamientos,  los  actos  agrupados  continuamente  y  vos  ahí,  queriendo otra política, con  tus  posturas objetivas,  altaneras,  ineluctables, rojizas y  orgullosamente cuerdas.  Me  mirás desde  un  punto  sombrío,  muy  por  encima  de  la  bulla  política partidaria.  Me  siento  tan   categórico entonces,  al  darme  cuenta  que  me  tenés,  que  me  pensás,  aunque  lo  ciertamente  concreto,  es  que  es  a  tu  modo,  con  tu estilo tabicado,  siguiendo  con los ojos bien abiertos, la conveniente  línea  de  la naturaleza  del  juego  de  ellos.  Si  en  todo  este  tiempo  que  ha  transcurrido  y además,  nosotros  dentro  de  él,  se  que a  ciencia  cierta,  se ha magnetizado  contra los  negros  agujeros  institucionales, debido  a  esa  trayectoria  ignara sin  retorno.
¿Por  qué  se  nos imputa  entonces, a  vivir  horriblemente  juiciosos  en  una  realidad  sin puerta  trasera,  que  se  perpetúa  hincada  en  la  privación  y  el  engaño?  Pero  la  verdad  es ineludiblemente  una  sola:  nuestra  (la  de  todos)  no  es  más  que  una  mera  condición  fugaz. Se marchará  el  spleen  de  cualquier  otoño  plúmbeo  hasta  el  delirio,  más  adelante tornará. Palidecerá  el  invierno  nacional con  su  inhumana  verdad  deslucida  y  forasteramente reaparecerá.  Pero,  ¿nos  acertará  más, más al  vicio  de  la  soledad  multitudinaria,  a  la  apatridía   u otra  vez  a  la  alborada  de  la  liberación?

Eco de botas  se  reparten  entre  las futboleras  galimatías  populares  y  nacionales.  Cínicas, institucionales, creyentes. Atrás de  todos  nosotros, pero bien presentes,  permanecieron  las  flores horizontales  y su perpleja sombra. ¿Es  de efectiva utilidad saber   y  conocer  la  verdad?

* * * * *


*Supe  de  ella  en  1973.  Vivía  en  la  calle  Independencia  al  500  del  barrio  Nueva Córdoba,  Córdoba  Capital y a cuya dirección, nunca arribó esta carta,  borroneada  en  un  par  de  hojas  de  un  deshilachado  cuaderno  Rivadavia  del  primer  año  de  la  secundaria  en  Villa  Cabrera, ya  que  simplemente  no  fue  enviada.  El  fragor  de  la  victoria  mundialista,  teñía  de  opacidades  atroces  a  la  verdad  nocturnal,  de  nuestro  país  alambrado  con  púas  de  acero.  “Ayer  no  más”.

https://www.youtube.com/watch?v=bXIq_hdHpPk

domingo, 15 de marzo de 2020

Siempre para vos Mary Sunshine...

CONSTITUCIÓN ARGENTINA

Artículo 18 Ningún habitante de la Nación puede ser penado sin juicio previo fundado en ley anterior al hecho del proceso, ni juzgado por comisiones especiales, o sacado de los jueces designados por la ley antes del hecho de la causa. Nadie puede ser obligado a declarar contra sí mismo; ni arrestado sino en virtud de orden escrita de autoridad competente. Es inviolable la defensa en juicio de la persona y de los derechos. El domicilio es inviolable, como también la correspondencia epistolar y los papeles privados; y una ley determinará en qué casos y con qué justificativos podrá procederse a su allanamiento y ocupación. Quedan abolidos para siempre la pena de muerte por causas políticas, toda especie de tormento y los azotes. Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que aquélla exija, hará responsable al juez que la autorice.


Pena de muerte en los hechos
https://www.elcohetealaluna.com/pena-de-muerte-en-los-hechos/

Siempre para vos, Mary Sunshine

Enterate Mary Sunshine...

Con funcionarios como este: ¡PAREN EL MUNDO YAAA!

Https://www.elcohetealaluna.com/paren-el-mundo/

sábado, 14 de marzo de 2020

Para vos Mary Sunshine que en algún sitio del planeta o del universo, estarás.

Mya Queen Dear (I)

¿cómo podría escribir lo que pasó?

Aquel día en Mayo-san reflexionaba yo sobre la manera en que se escriben los cuentos.
Sí, ¿cómo se escriben los cuentos?
Aquella misma mañana saqué el expediente en que Sofía Vasilievna Gniedij-Tagaki desarrollaba su biografía desde el momento de su nacimiento, pues no había comprendido bien el instructivo según el cual todo repatriado debe proporcionar sus datos biográficos. Para mí, la biografía de esta mujer comienza en el momento en que el barco llegaba al puerto de Suruga; era una biografía extraña y breve, muy diferente a la de millares y millares de mujeres rusas de provincia, cuyas vidas podrían perfectamente escribirse con un método estadístico —monográfico— de conducta, porque se parecen como una cesta a otra: la cesta del primer amor, los sufrimientos y alegrías, el marido, los pequeños engendrados para bien de la patria, y tantas otras cosas...*

Boris Pilniak (quien no se las vio del todo bien con Stalin) cuenta cómo conoció al escritor japonés y a su mujer rusa, unidos mediante un original e infrecuente matrimonio, simplemente poraquellos fieros antecedentes históricos de ámbas naciones. Además, de llevarnos (con su relato) a un inesperado, imprevisible e impredecible final. La extravagante sensación a la que uno es conducido por la narración de Pilniak, cuando nos es revelado los profundos motivos del escritor japonés al insistir impenitente, desde que lo licenciaron (no tan sorpresivamente) de las Fuerzas Armadas japonesas, conduciéndolo a una baja temporal del servicio, para concretar, lo que por tradición y por ley, le estaba realmente impedido: casarse con la rusa.

El punto es que, en el mismo momento que escuchaba Diggin’ That Harmolody (sabio y honrado tributo a Ornette Coleman) de la banda turca KONSTRUKT + el saxofonista tenor y barítono norteamericano KEN VANDERMARK, del álbum Kozmik Bazaar (2019), se me agolpó en la pantalla de la memoria, la increíble y sorprendente narración del ruso Boris Pilniak, en el cual, con alta pedagogía competente, nos pone por delante, los incontrastables e incontroversiales dundamentos (subrepticios, en este caso) que pueden llegar a elaborar diversos seres humanos, con el único y definitivo objeto, de alcanzar, más tarde o más temprano, cosa perfectamente entendible, pero no aceptada del todo bien, sus irrenunciables objetivos.

Cabría, por ahora, situarse lo más cómodo posible, en la perspectiva de Camus, razonando si todo fin justo, es posible alcanzarlo a través de medios injustos.

Se conociero en una biblioteca popular en 1971. Ella tenía treinta y él, diecisiete. Ella era hija única de una madre extranjera, la que llegó embarazada de Europa, precisamente treinta años atrás.

Ella leía y hablaba perfecta y correctamente en francés y en alemán. Ella encandilaba mágicamente a casi todos, con su metro setenta de altura, con su agraciadísimo cabello ondulado, rubio rojizo y sus profundos ojos verdes aceituna, guarnecidos naturalmente por unas increíbles pestañas castaño oscuro, que de tan destacadas, rozaban el arco superfiliar con el parpadeo. Nunca supo con certeza plena, a qué se dedicaba.

—¿A quién leés por estos días? — —En tu carta me contás que te gustan mucho los autores franceses... — —Aquí dice que leíste La condición Humana de Andre Malraux, La Caída de Camus, Los Monederos Falsos de Andre Gide, La Náusea de Sartre, y Crimen y Castigo del ruso  Dostoiewski... — —La verdad che, ¡que cabecita la tuya! —

—Bueno, no es para tanto, hay cosas más interesantes, creo, por un lado y por el otro, también he leído los cuentos y poemas de Poe, Justine y Juliette de Sade, además, Los 120 días... —

—¡Vaya, vaya con el joven!— —¿Qué sabés del sexo? —

—Que los hombres no podemos embarazarnos, que no tenemos tetas, pero que tenemos una pija..., que las mujeres se embarazan, tienen tetas, pero no tienen pija... y por esos solo, nos quieren o nos odian—

—Sos un hijo de puta ... —

—¿Te parece, che? ¿No será mucho? ¿A qué mujer le podría interesar, hoy o mañana, que un pendejo como yo se la pase leyendo fragosidades de todo tipo y que ni le importe la música bailable...? — —...me parece que a vos, sí te gusta ir a bailar... —

—¿Te parece que ir a bailar sea una cosa pelotuda? —

—Por supuesto, che—

—¿Leíste Memorias de una Princesa rusa? —

—Sí—

—Por lo menos, ¿hojeaste el Kamasutra? —

—Sí—

—¿Y cuál te gusta? —

—La que vos elijas—

—¡Papito! ¡Que reaccionario que sos! —

—No tengo la culpa. Vos me lo dejás servidito ... —

La penumbrosa mirada verde, mutaba torva, inquieta, fuera de control. Sus pechos, pequeños, preciosos, ascendían y descendían con ritmo y melodía femenina, sugiriendo altiva, que ella era la gobernanta de la escena y de sus posibles salidas y entradas.

Él presentía el insoportable tedio de todo aquello, un aburrimiento atroz, por esa ridícula batalla, en búsqueda, rayano el estupor de verse envuelto sin solución a la vista, del superdominio de uno sobre el otro. Puntualmente anhelado con absoluta naturalidad por ella, sobre él.

Julio de 1971. El invierno en Córdoba de aquellos años, era feroz, de una inusitada crueldad atmosférica. “Así mata a los bichos”, decían las comadres del barrio céntrico.

La cafetería y cervecería de la esquina de Dean Funes y Belgrano, uno de los pocos sitios mejor considerados en la ciudad, por esos momentos, y donde, desde muy pequeño, desayunaba con su madre, los tenía por parroquianos, con la mesa abarrotada de paquetes de cigarrillos, encendedores, cajita japonesas de fósforos, pocillos de café vacíos con colillas de cigarrillos en su interior, , otros olvidados a medio terminar, y una montaña de libros.

—Amo los libros, me son más transcendentes que el dinero de los bancos o que los ejércitos o que los curas y sus catedrales... —

Compartían una acendrada posición atea, por momentos y por otros, agnóstica particular, singular.

—Puede que Jesuscristo haya sido revelado (o no) por María Magdalena en su evangelización (buenas nuevas), aunque tengo la impresión que por aquellas épocas, algún sector de la burguesía ilustrada, no hacía otra cosa que patrocinar o autopatrocinarse como evangelizador y si no, fijate acá:—

* Evangelio secreto de Marcos
* Evangelio de Pedro
* Evangelio del Pseudo-Santiago
* Evangelio cátaro del pseudo-Juan
* Evangelio de los hebreos
* Evangelio de los ebionitas
* Evangelio de Bernabé
* Evangelio Taciano
* Evangelio de los nazarenos
* Evangelio de Ammonio
* Evangelio de la Venganza del Salvador
* Evangelio de la muerte de Pilato
* Evangelio apócrifo de Galilea

—A mi me encanta el de María Magdalena. Su rótulo de apócrifo impuesto a sangre y fuego por las fuerzas armadas inquisitoriales del poder canónigo mundial, connota subversión emancipadora de las voces silenciadas por el terror oficialista. Escuchá te leo un fragmentito final—

La ascensión del alma
15 [...] a él, y la Concupiscencia dijo: «No te he visto bajar y ahora te veo
subir. ¿Por qué mientes, si me perteneces?». El alma respondió diciendo:
«Yo te he visto, pero tú no me has visto ni me has reconocido. Por la
vestimenta, que era tuya, y no me reconociste». Una vez dicho esto, (el
alma) se apartó con gran alegría y seguidamente cayó en manos de la
tercera potestad, la llamada Ignorancia. Esta interrogó al alma diciendo:
«¿A dónde vas? En maldad estás atenazada; puesto que estás dominada,
no juzgues». El alma dijo: «¿Por qué me juzgas tú a mí, si yo no te he
5
juzgado? Yo he sido dominada, pero no he dominado. No he sido
reconocida, pero be sabido que el universo está siendo disuelto, tanto en
las cosas terrenales 16 como en las cosas celestiales».
Una vez el alma hubo sobrepasado la tercera potestad, continuó
ascendiendo y divisó la cuarta potestad, la de siete formas. La primera
forma es la tiniebla; la segunda, la concupiscencia; la tercera, la
ignorancia; la cuarta, la envidia de muerte; la quinta, el reino de la carne;
la sexta, la loca inteligencia de la carne; la séptima, la sabiduría irascible.
Estas son las siete potestades de la ira, las cuales preguntan al alma: «¿De
dónde vienes, homicida? ¿A dónde vas, dueña del espacio?». El alma
respondió diciendo: «Lo que me ata ha sido matado y lo que me atenaza
ha sido aniquilado, y mi concupiscencia se ha disipado y mi ignorancia ha
perecido. A un mundo he sido precipitada 17 desde un mundo, y a una
imagen desde una imagen celestial. La ligadura del olvido dura un
instante. En adelante alcanzaré el reposo del tiempo (kairós), del tiempo
(chrónos), (el reposo) de la eternidad, en silencio».
EPÍLOGO
María Magdalena reveladora de Jesús
Después de decir todo esto, Mariam permaneció en silencio, dado que el
Salvador había hablado con ella hasta aquí. Entonces, Andrés habló y dijo
a los hermanos: «Decid lo que os parece acerca de lo que ha dicho. Yo, por
mi parte, no creo que el Salvador haya dicho estas cosas. Estas doctrinas
son bien extrañas». Pedro respondió hablando de los mismos temas y les
interrogó acerca del Salvador: «¿Ha hablado con una mujer sin que lo
sepamos, y no manifiestamente, de modo que todos debamos volvernos y
escucharla? ¿Es que la ha preferido a nosotros. 18 Entonces Mariam se
6
echó a llorar y dijo a Pedro: «Pedro, hermano mío, ¿qué piensas?
¿Supones acaso que yo he reflexionado estas cosas por mí misma o que
miento respecto al Salvador?
Entonces Leví habló y dijo a Pedro: «Pedro, siempre fuiste impulsivo.
Ahora te veo ejercitándote contra una mujer como si fuera un adversario.
Sin embargo, si el Salvador la hizo digna, ¿quién eres tú para rechazarla?
Bien cierto es que el Salvador la conoce perfectamente; por esto la amó
más que a nosotros. Más bien, pues, avergoncémonos y revistámonos del
hombre perfecto, partamos tal como nos lo ordenó y prediquemos el
evangelio, sin establecer otro precepto ni otra ley fuera de lo que dijo el
Salvador».
Luego que 19 [Leví hubo dicho estas palabras], se pusieron en camino
para anunciar y predicar. *

—En realidad, no sabría cómo explicártelo, Joni. Pero esa cosa, ni me importa. En este mundo, ahora mismo, ocurren otras cosas un tanto más importantes. Saqueo imperial, europeo, norteamericano, japonés, etc, expolio, explotación de los bancos, de las multinacionales, hambrunas, enfermedades evitables, ignorancia a escala de las masas extraviadas, etc etc y ¿qué hacemos con estas calamidades defecadas por un puñado hijos de puta contra el resto de la humanidad? —

—Precisamente joven rebelde, si no ‘evangelizamos’ acerca del ‘hombre nuevo’, no podremos jamás reconstruir este mundo, esta sociedad sumida en una inaudita jungla de cemento, mucho menos pensar en generar otro mundo posible mejor o en el último de los casos, pensar en hacer otro mundo, diametralmente opuesto a éste. Entonces, ¿qué buscás jovencito contumaz?—

—Nada de lo que persigue la gran manada. Busco, aunque no tenga ni idea si existe o si lo conseguiré, la última mujer, seria, amable, musical, como Tamara Bunke—



*El evangelio según Mariam.
Fuente: Textos Gnósticos - Biblioteca Nag Hammadi II, por Antonio Piñero. Editorial Trotta www.trotta.es
Nota: la numeración del fragmento copto corresponde a las páginas del Manuscrito.

domingo, 8 de marzo de 2020

PARA MI NO OLVIDADA Mary Sunshine

Good morning My Friend Dear.

Aquí estoy en casa, haciendo lo que siempre deseé hacer: escribir. Escribir todo acerca de lo que ocurre en mi “valle interior”, referenciando a todo aquello que se mueve entre las tinieblas del crimen de la mediocridad y de la cegadora luz solar, que todo lo disimula y confunde. Ya es domingo 8 de marzo. Muchos nombres femininos se me agolpan en la memoria. Solo uno se eleva, con vuelo propio, por encima de todxs: Rosa de Luxemburg. Era pequeñita, desfavorecida, según y conforme los “patrones” estéticos de belleza femenina, impuestos en occidente por los griegos y los romanos. Era pequeñita, desvalida, pero su cerebro era universal. Fue solo por eso, por su cerebro supra natural, por lo que le aplastaron el cráneo de un culatazo de fusil, las bandas policiales de la social democracia alemana, que detenta el poder hasta el presente. Sí, ciertos cerebros representan alto riesgo para los amos del mundo libre: puro capitalismo avaro, codicioso, rapaz.

¿Qué busco, entonces? Una mujer seria, concentrada en lo importante y con un cerebro indomado, al cual, los tiranuelos genocidas del mundo, tiemblen de odio. Al igual que su servidumbre voluntaria.

Sabés, no persigo otra cosa, menos los constructos y transferencias mediocres que imponen los psicólogos de baja escala, para sobrevivir en esta jungla real, de cazadores furtivos, que asolan con su armamento oficialista, bancado por los miserables de toda miseria y enfermedades evitable con buena y sana comida, en este zoológico social, consumista, enrejado, donde gobiernan los orangutanes.

Rockface moves to press my skin
White liquids turn sour within
Turn fast-turn sour
Turn sweat-turn sour.
Must tell myself that I'm not here.
I'm drowning in a liquid fear.
Bottled in a strong compression,
My distortion shows obsession
In the cave.
Get me out of this cave!
(In The Cage. Peter Gabriel. Genesis: The Lamb Lies Down On Broadway) (1974)*

¡Cuántos cerebros maravillosos han sucumbido bajo las botas pútridas del sistema!

“He visto los mejores cerebros de mi generación destruidos por la
locura, famélicos, histéricos, desnudos,
arrastrándose de madrugada por las calles de los negros en busca de
un colérico picotazo,
pasotas de cabeza de ángel consumiéndose por la primigenia conexión
celestial con la estrellada dinamo de la maquinaria de la
noche,
que, encarnación de la pobreza envuelta en harapos, drogados y con
vacías miradas,  velaban fumando en la sobrenatural
oscuridad de los pisos de agua fría flotando sobre las
crestas de la ciudad en contemplación del jazz,
que desnudaron sus cerebros ante el Cielo bajo el El* y vieron
tambalearse iluminados ángeles mahometanos sobre los
tejados de las casas de alquiler,
que atravesaron las universidades con radiantes ojos tranquilos,
alucinando Arkansas y tragedias de luz-Blake entre los
escolásticos de la guerra,
que fueron expulsados de las academias por dementes & por publicar
odas obscenas sobre las ventanas de la calavera,
que se acurrucaban amedrentados en ropa interior en habitaciones sin afeitar, quemando su dinero en papeleras y escuchando el sonido del Terror a través de la pared,
que fueron aferrados por sus barbas púbicas al regresar por Laredo a Nueva York con un cinturón de marihuana,
que devoraron fuego en hoteluchos o bebieron trementina en Paradise Alley, muerte, o hacían sufrir a sus torsos los tormentos del purgatorio noche tras noche por medio de sueños, drogas, pesadillas de la consciencia, alcohol y verga y juergas continuas...”.
(Aullido —Frag.— Allen Ginsberg) (1956)

¿Horror! ¿Qué les pasa ahora? El ‘sistema’ no descansa. La vigilancia es perpetua. Está alojada subrepticia en las conciencias resignadas. Lo veo, es tangible, casi que lo alcanzo con las manos. Sin embargo, no puedo demostrar tal comrobación. El Código Penal de la locura, herramienta preferida  de la Gendarmería de la Moral, que por otra parte, lobotomizaron con sus ‘incisiones’ químicas, a otra de mis mujeres favoritas: Alejandra Pizarnik. Continúan con el acoso de atribirme todo tipo de intenciones paganas, profanas. ¡Candados acerados para el corazón! ¡Humanidad del Bien! ¡Apunten! ¿Fuego, carajo! ¡Subversivos hijos de puta! ¡No confiesen nada que nadie les pregunta! ¿De qué vale una vida destacada, si cualquier mediocre te pone sus pezuñas encima? “El dolor lo callan quienes lo hacen”. “De los burros, solo coces se puede esperar”. La negación de la dimensión espiritual e intelectual de la poesía material, por parte de los parásitos, es verdad incontrastable, incontroversial para el sistema del Big Brother, Jefe total e incomprensible de la arrastrada masa de babosas. Volverían, una y otra vez, a descuartizar, desmembrar a Hipatia, parrojarla, junto a su Biblioteca, a los fuegos eternos de los dioses caídos al fango fétido de la humanidad.

Día de la Mujer. De la que dio vida, de la que está por dar y de la que nunca va a poder hacerlo. Día de la Mujer, a la que hay que adorar en infinito silencio.

Nobody feels any pain
 Tonight as I stand inside the rain
 Ev'rybody knows
 That Baby's got new clothes
 But lately I see her ribbons and her bows
 Have fallen from her curls.
 She takes just like a woman, yes, she does
 She makes love just like a woman,yes,she does
 And she aches just like a woman
 But she breaks just like a little girl.
(Just Like A Woman. Blonde On Blonde, Bob Dylan. 1966)*

*In The Cage (Genesis)
https://www.youtube.com/watch?v=v4tDKF_uwRI

*Just Like A Woman. Bob Dylan.
https://www.youtube.com/watch?v=dRLXZVojdhQ


viernes, 6 de marzo de 2020

LOS MARTES ELLA PRACTICABA YOGA



Los martes ella practicaba yoga
(On Tuesday She Used To Do To) Yoga
(Álbum: Over, 1977)

Los martes ella practicaba yoga
Mientras yo miraba tele
Como un vegetal
Pero siempre convencido
De que yo era un artista
Y ella no.
Resulta gracioso comprobar
Hasta qué punto la autocompasión
Puede sustituir a la autoestima
De alguna manera yo era
El príncipe del orgullo
Y aunque simulara, nunca mentía
Como si eso bastara para hacerla feliz
Como si eso alcanzara para satisfacer sus sueños.
Ahora es demasiado tarde para lamentarse
Muy tarde para corregir las cosas hirientes;
Ella siempre lo tuvo muy claro
Siempre supo que yo terminaría así.
Ahora soy yo quien se contorsiona,
Ni idea si el yoga me puede ayudar en algo,
Pero ya era hora de intentarlo
Aunque estaría mejor en casa a salvo del frío
Metido en el tranta,
Aunque no lo hice cuando podía.
Nunca me concentré en las cosas importantes
Nunca encontré la llave para desbloquearme,
Podría haber aprovechado su ayuda
Pero siempre estaba metido en mi obsesión
Y ahora no se bien en qué estaba metido.
A veces divagaba, todo el día colgado.
Los martes ella practicaba yoga.
Un martes se fue.
https://www.youtube.com/watch?v=tfr9ndkWxpA