Pero mientras eso pasa,
tenemos una misión todos, no importa qué rol desempeñemos y es que en este país
se respete la libertad de expresión. Que no sólo es de los diarios o de los
periodistas sino de todos. Que no sólo incluye la posibilidad de decir lo que
se piensa, sino además el derecho de toda la sociedad a estar informada. Porque
sin libertad de expresión no hay sistema democrático posible. Y sin libertad de
información tampoco hay Estado de Derecho.
Voy a recordar una vieja
opinión consultiva de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la Opinión
5/85, que expresa: “31. En su dimensión individual, la libertad de expresión no
se agota en el reconocimiento teórico del derecho a hablar o escribir, sino que
comprende, además, inseparablemente, el derecho a utilizar cualquier medio
apropiado para difundir el pensamiento y hacerlo llegar al mayor número de
destinatarios. Cuando la Convención proclama que la libertad de pensamiento y
expresión comprende el derecho de difundir informaciones e ideas ‘por
cualquier… procedimiento’, está
subrayando que la expresión y la difusión del pensamiento y de la información
son indivisibles, de modo que una restricción de las posibilidades de
divulgación representa directamente, y en la misma medida, un límite al derecho
de expresarse libremente. De allí la importancia del régimen legal aplicable a
la prensa y al status de quienes se dediquen profesionalmente a ella».
Y también: «32. En su
dimensión social la libertad de expresión es un medio para el intercambio de
ideas e informaciones y para la comunicación masiva entre los seres humanos.
Así como comprende el derecho de cada uno a tratar de comunicar a los otros sus
propios puntos de vista, implica también el derecho de todos a conocer
opiniones y noticias. Para el ciudadano común tiene tanta importancia el
conocimiento de la opinión ajena o de la información de que disponen otros como
el derecho a difundir la propia”.
https://www.elcohetealaluna.com/tirios-cristianos-moros-troyanos/
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Por David Torres
| 04/07/2020 |
Cultura
Fuentes: Público
La primera vez que comprendí que el progreso
podía dar marcha atrás y el calendario dar una vuelta de campana fue en 1989,
treinta y un años atrás, cuando el ayatolá Jomeini condenó a muerte a Salman
Rushdie por haber escrito una novela en la que se burlaba del islam: Los versos
satánicos. El Muro de Berlín estaba a punto de caer, lo que quería decir, entre
otras cosas, que muchos escritores soviéticos censurados o arrinconados por
razones ideológicas iban a encontrarse con la censura mucho más sutil y
efectiva del libre mercado. Lo que parecía completamente inimaginable, en
oriente y occidente, en el orbe comunista y en el capitalista, era lanzar una
orden de exterminio contra un autor con validez para los cinco continentes, una
fatwa que implicaba una recompensa celestial para el asesino y la condena
eterna para el hereje.
Más extraño aun era escuchar sesudos debates
televisivos donde se discutían los diversos aspectos del problema -religioso,
moral, literario, filosófico, político, estético-: cada vez que aquellos
profesores y especialistas descubrían un enfoque inesperado, yo tenía la
sensación de estar cayendo de un siglo a otro siglo, derecho hacia el Medievo.
¿Cómo se le había ocurrido a Rushdie ofender a la comunidad musulmana? ¿Se
podía utilizar a Mahoma como personaje literario ? ¿No estaban promoviendo los
iraníes, en los albores del tercer milenio, la quema de libros y los autos de
fe? En el momento en que oí a un conocido arabista señalar que Rushdie no había
cometido el pecado de herejía, pero sí el de apostasía, tuve que frotarme los
ojos y comprobar que los invitados al debate no llevaban jubón y gola.
Algo bueno salió de todo aquello: la idea de
que un simple libro seguía asustando al poder, el viejo tópico medieval de que
la pluma es más fuerte que la espada. Desde tiempo atrás, en la facultad de
Filología habíamos perdido la fe en que la literatura sirviera para algo, no ya
que pudiera cambiar el mundo del modo en que lo hizo, por ejemplo, la
Declaración Universal de los Derechos Humanos. De repente, un novelista indio
tenía que buscar refugio (gracias a Margaret Thatcher, paradójicamente, a quien
había criticado hasta hartarse) mientras sus traductores eran perseguidos en
una anacrónica caza del hombre: uno de ellos fue apuñalado hasta la muerte en
Tokio, el editor noruego sobrevivió a tres balazos. Todo no sólo por haber
sugerido en una obra de ficción que algunas suras del Corán pudieron no haber
tenido un origen divino sino también por retratar al propio Jomeini como un
anciano iracundo sin el menor sentido del humor. Tres décadas después, la
lección de intolerancia académica del ayatolá se ha extendido a todos los
ámbitos: por ejemplo, la ortodoxia feminista, transmutada de movimiento de
liberación a nuevo dogma religioso, ha proclamado que Lolita, de Nabokov, es un
libro execrable por promover la pederastia. Hace falta estar ciego y además
leer con el culo.
Es una desbandada general hacia la Edad Media
en la que también abundan los nostálgicos del nazismo y los modernos promotores
de siervos de la gleba en motocicleta. Y en la marcha atrás no podían faltar
los destructores de imágenes, los nuevos iconoclastas que juzgan figuras del
pasado remoto en función de conceptos de hoy en día. Del mismo modo que la
iglesia añadía velos y taparrabos a los frescos del Renacimiento que les
incomodaban por mostrar al hombre y a la mujer tal y como Dios los trajo al
mundo, ahora se pintarrajean o decapitan las estatuas de Colón o del emperador
Constantino por haberse enriquecido mediante el tráfico de seres humanos. Los
antirracistas de última generación luchan a toro pasado contra la esclavitud en
el siglo XVI o en el IV a base de memes y chafarrinones, pero no mueven un
dedo, ni siquiera virtual, para acabar con la injusticia que sufren cientos de
miles de niños esclavos en Birmania, en Yemen, en Bolivia, en Perú o en las
minas de coltán del Congo. Cómo van a hacerlo, si están muy ocupados
cambiándole el nombre a los conguitos.
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